La tragedia de O.N.D.A.

Vamos a conocer el accidente que marcó la historia de una famosa compañía de transporte uruguaya, la O.N.D.A., que durante décadas fue una forma de conectar el país, más que una empresa de transporte.

CONTEXT

La Organización Nacional De Autobuses SA nació en 1935 cuando varias pequeñas compañías se fusionaron para cubrir un territorio difícil, plagado de rutas largas, muchas en mal estado, pueblos aislados y distancias propias del campo. Hasta 1946 funcionó como una cooperativa y tenía sede en el kilómetro cero, vereda sur de la Plaza Cagancha. Desde allí salía una especie de telaraña de rutas que, con el tiempo, terminaría cubriendo los 19 departamentos.

Los números todavía asombran

ONDA recorría cerca de 100.000 kilómetros por día. Sus ómnibus atravesaban el país de punta a punta y, más tarde, cruzaban fronteras: Buenos Aires, Porto Alegre, incluso servicios hacia Mar del Plata a través de su filial argentina.

El logo con el galgo corriendo se volvió extremadamente reconocible. De hecho, llegó a haber un litigio con la empresa estadounidense Greyhound Lines por la similitud en sus logos, el cual fue resuelto por los directivos de ONDA con un poco de viveza; a los galgos del logo les dibujaron un pito para diferenciarlos con los de la empresa yankee

La empresa también incursionó en todo lo que tocara la movilidad. Tuvo aliscafo entre Montevideo y Colonia, pequeñas operaciones aéreas y participó en obras turísticas: pabellones de pasajeros, estaciones termales, hoteles. Cuando en los años 40 se descubrieron aguas termales cerca del río Daymán, ONDA levantó un hotel que ayudó a fundar lo que hoy son las Termas del Daymán.
Para los años 70 era un imperio sobre ruedas: más de 240 ómnibus, 3400 funcionarios, rutas por todo el Cono Sur. 

Toda empresa grande tiene sombras

La historia de ONDA tiene una noche que todavía pesa en la memoria del país. 
El 18 de julio de 1955, durante un fin de semana largo lleno de lluvia, en medio de la profunda oscuridad cinco ómnibus avanzaban desde Rivera hacia el sur, cuando un un desvío cambió todo...
Un brazo del Río Santa Lucía había inundado la ruta en la zona de Paso Apache, por lo que los coches tomaron otro camino para continuar viaje, llegando al puente que une Chamizo, en Florida, con San Ramón.

Hoy muchos mapas lo marcan como Ruta 12, pero en 1955 era el kilómetro 81 de la Ruta 6. 
Esa noche de lluvia y apagón el agua cubría el puente y las cadenas que lo cerraban apenas se distinguían bajo la superficie. El coche 173 fue el primer ómnibus, dudó pero avanzó en línea recta, rompiendo las cadenas y lanzándose sobre el puente inundado. Detrás venía el coche 216, cuyo conductor vio que el primero había pasado y decidió seguirlo. A los pocos metros, una rueda del ómnibus quedó trabada contra el costado del puente, dejando al vehículo detenido, mientras el río seguía creciendo... Dentro viajaban 41 personas cuando el agua empezó a entrar. Dos vecinos de la zona, Héctor Ferres y Salvador Fierro, conocedores del río, salieron en una pequeña canoa, en la que lograron rescatar a dos pasajeras. Cuando a las tres de la madrugada llegaron bomberos, policías y  soldados, el agua ya estaba más de un metro por encima del piso del ómnibus. El sargento Cuello y el soldado López intentaron avanzar hacia el micro desde la orilla de Florida pero la corriente los venció. También se hizo un intento con un camión. La Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea Uruguaya participaron en el operativo poniendo en uso el primer helicóptero que tenía el país, que intervino esa noche para rescatar a uno de los bomberos. Hubo sendos intentos con una lancha, que en su tercer viaje chocó contra un pilar del puente, partiendo en dos la embarcación, de la que milagrosamente sobrevivieron sus ocupantes. Dentro del ómnibus algunos pasajeros se negaban a irse, lo cual más adelante generó la leyenda urbana de que varios pasajeros llevaban contrabando y temían perderlo.
Ya eran casi las 5 de la mañana cuando el río decidió por todos y la corriente arrancó el ómnibus del puente.


El coche cayó al fondo del Río Santa Lucía ahogando así a 27 pasajeros. Muchos relojes recuperados del agua quedaron detenidos en un mismo instante: 5:55. Este no fue el único accidente grave de la empresa. En 1940 un coche cayó al Río Negro cerca de Mercedes matando a nueve personas.
Décadas más tarde otro ómnibus sería partido al medio por un tren cerca de Young, sin embargo la tragedia del puente de San Ramón quedó como la más oscura. El país entero se vio reflejado allí: un ómnibus detenido en la noche, luchando contra el río. 

La ONDA siguió 

En 1957 la empresa firmó acuerdos con el Ministerio de Obras Públicas de Uruguay para colaborar en el mantenimiento de rutas y obras de infraestructura turística. Durante décadas fue prácticamente un monopolio del transporte carretero uruguayo. Si había un pueblo, llegaba ONDA, si había una ruta, la recorría. Muchos recuerdan ese sonido del motor rompiendo el silencio del campo. 
En La Palmita —rutas 8 y 11— había niños que corrían hacia la parada cuando escuchaban el rugido del Centella de Plata, uno de los coches más prestigiosos de la flota.
Pero los imperios también dependen de números, y los números empezaron a torcerse cuando en 1982 cayó el régimen cambiario conocido como “la tablita”. Ese mes el dólar pasó de 12 a 40 pesos, haciendo que las deudas de O.N.D.A., contraídas en dólares para comprar ómnibus, se multiplicaron de un día para el otro. De ahí en más todo fue caída libre: Los vehículos seguían siendo fuertes, casi interminables, pero mantenerlos era cada vez más caro. Durante los años 80 el gigante comenzó a agotarse. Rutas que antes eran dominio absoluto empezaron a fragmentarse hasta que en 1991, la ONDA cerró, dejando una deuda “monstruosa” sobre sus espaldas. Medio siglo de transporte terminaba ahogada por su propio tamaño. 

Quedaron historias

Las de los viajeros. Las de los pueblos que esperaban el ómnibus en la madrugada y ahora quedaban aislados. Las de quienes escuchaban su motor cruzando el campo. 
También quedó aquella noche de 1955 con el bondi en lo oscuro, detenido sobre un puente inundado, con el río creciendo y el silencio del país entero escuchando la corriente.

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