Quiroga y el oficio de criar monstruos


Hay cuentos que llegás al punto final y ya olvidaste algunos de sus elementos principales, y aparte están la estirpe de historias de La gallina degollada (de Horacio Quiroga), relatos que no funcionan con las leyes del olvido. Quedan dando vueltas con una sensación incómoda, como una imagen que uno vio apenas un segundo y no puede sacar de la cabeza. El cuento fue publicado por primera vez en 1909 en la revista Caras y Caretas y más tarde integró el libro Cuentos de amor, de locura y de muerte.

En apariencia estamos frente a una tragedia familiar bastante simple: el matrimonio Mazzini-Ferraz con cuatro hijos que, después de sufrir convulsiones, quedan con graves discapacidades cognitivas. Más adelante nace Bertita, sana y querida por todos, y presentada por el autor con lenguaje directo y casi cruel, propio de una época donde la discapacidad era vista como una monstruosidad y no como parte del espectro mental humano. Lo que en el cuento parece una revancha otorgada por el destino, termina convirtiéndose en otra cosa. Pero resumirlo así es como decir que una tormenta es solamente agua que va de arriba para abajo, la obra horada sobre algo más profundo y bastante más desagradable: el abandono.

Durante mucho tiempo La gallina degollada fue leída principalmente desde el naturalismo, esa corriente que veía al ser humano condicionado por la herencia biológica y por el ambiente, con un clima de época que ayudaba a que este tipo de lecturas proliferen. A comienzos del siglo XX esas ideas tenían un peso enorme en el marco conceptual de la sociedad. Existía una especie de fascinación social por las teorías médicas, las enfermedades hereditarias, la degeneración y la posibilidad de que el cuerpo cargara culpas familiares invisibles. Quiroga creó un collage de médicos, sospechas genéticas, culpas transmitidas y padres que buscan responsables casi desesperadamente (como si todo tuviese una explicación y un culpable en esta vida, hasta la vida misma…), pero quedarse solo con esa lectura deja afuera que en el relato también hay exceso emocional, melodrama y una enorme presencia del despojos afectivos.

Los cuatro hijos no son únicamente víctimas de una enfermedad; son expulsados lentamente del mundo humano, investido en su familia. Siguen respirando, existiendo y sintiendo pero dejan de ser observados, se convierten en entes pasivos que hacen fotosíntesis. Quiroga los describe casi como cuerpos movidos de un rincón de la casa para otro. Están ahí, pero socialmente ya no cuentan, desaparecieron, y quizá la parte más brutal es que el lector termina aceptándolo medio de bobera como quien no quiere la cosa, sin darse cuenta. Pasan las oraciones y lentamente también dejamos de mirarlos.

Ahí aparece algo interesante desde lo sintáctico y narrativo, Quiroga utiliza oraciones que alternan entre descripciones secas, casi clínicas, y momentos de enorme intensidad emocional. El efecto es raro: parece que alguien estuviera relatando una tragedia con una voz fría y distante, y justamente por eso duele más. Es de reseñar la abundancia de enumeraciones y acumulaciones, como el  alma del Padre de la familia, " destrozada de remordimiento..." o descripciones de movimientos en loop de los hijos, que "Pasaban todo el día sentados frente al cerco...". También llama la atención la abundancia de imágenes que creaba el autor al tejer su relato, que por momentos parece más un guion cinematográfico (¡escrito hace más de 100 años!) que un cuento.

Otro elemento que hace más épica aún la narración es que a pesar de esa abundancia de imágenes no hay exceso de adornos en la poética quiroguiana, desprovista de ornamentos innecesarios. Las frases son relativamente cortas y avanzan empujando la historia hacia adelante y no dando vueltas en círculo. De hecho, está es una característica muy propia de Quiroga: narrar como si estuviera apretando una cuerda cada vez más. Dignos de mención también los recursos literarios a los que se hecha mano, hago un breve racconto:

Anticipación o presagio:
La escena de la gallina degollada funciona como un aviso escondido. El lector todavía no entiende su importancia, pero la tragedia ya empezó ahí. Lo terrible es que el final ocurre antes del final y aparece como una iteración de algo que hacemos todos los días sin reflexionar.

Contraste:
Los cuatro hermanos y Bertita forman dos mundos opuestos: existe una parcela de inmovilidad frente a vitalidad, oscuridad frente a esperanza que eso que llamamos “salud” otorga. Lo humano y lo inhumano aparecen en una puesta en abismo que nos permite dar visibilidad a la pregunta ontológica de qué es lo que hace que seamos humanos.

Campo semántico de la violencia y la enfermedad:
El cuento está lleno de palabras relacionadas con deterioro físico, sangre, convulsiones, sufrimiento, agonía y muerte. Aunque no suceda algo violento en cada página, la atmósfera está filtrada por un aura contaminada y nefasta que hace presagiar lo inevitable.

Focalización variable:
A veces la narración parece mirar desde los padres; otras veces observa desde afuera, casi con una distancia científica. Quiroga parece conocer a la perfección desde donde enfocar cada escena de su obra. El formato acompaña al contenido.

Las influencias literarias que tuvo también aparecen bastante claras: Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant y Antón Chéjov, autores que incluso menciona indirectamente en su famoso "Decálogo del perfecto cuentista". De Poe parece haber absorbido la obsesión por el horror psicológico y la construcción de una tensión que avanza inevitablemente; de Maupassant, la economía narrativa que acelera los pulsos; y de Chéjov cierta capacidad para encontrar tragedias enormes dentro de escenas aparentemente pequeñas, familiares, cotidianas.

Pero hay algo que vuelve a Quiroga especial: Poe imaginaba monstruos. Quiroga iba por ahí caminando y se los cruzaba. Su biografía es tan absurda que a veces parece escrita por él mismo. Su padre murió accidentalmente cuando Horacio era apenas bebé; su padrastro se suicidó al poco tiempo con Horacio en la misma casa; años después él mismo mató accidentalmente a un amigo mientras manipulaba un arma. Además, su primera esposa se suicidó; y finalmente él terminaría quitándose la vida al enterarse de que tenía cáncer. Cabe también mencionar que se obsesionó con jóvenes que tenían la mitad de su edad y a la cuales les hizo la vida un calvario.

Y acá aparece una lectura que me parece más interesante que la típica idea de "escribía sobre la muerte porque sufrió mucho", demasiado complaciente y edulcorada. Tal vez Quiroga no escribía sobre monstruos porque los imaginaba, sino porque sospechaba que la monstruosidad estaba mezclada con lo cotidiano. En La gallina degollada no hay fantasmas ni criaturas sobrenaturales, los monstruos son una familia común tomando decisiones comunes sobre niños con problemas genéticos. Son padres cansados, frustrados, heridos. Son chicos sentados contra una pared mirando el patio sin poder hacer pasar las horas. Son personas que dejan de mirar a otras personas y las someten al más insulso abandono, cual venganza.

Lo terrible del cuento es que nadie nace monstruo ahí; los personajes se van convirtiendo lentamente –o ya completaron su transformación- como si la indiferencia fuera una peste más contagiosa que cualquier otra.

Y quizá por eso el final termina siendo tan incómodo: porque después de leerlo uno no piensa "qué horror esos personajes", sino cuánto tarda una persona en dejar de ver a otra como alguien. Resulta difícil no acordarse del final de la vida de Horacio Quiroga. En sus últimas horas en el hospital compartió espacio con un paciente que padecía elefantiasis y cuya presencia impresionaba a quienes lo rodeaban. La anécdota quedó dando vueltas alrededor de su muerte como si fuera un detalle salido de otro de sus cuentos, como casi toda su vida. Parece un cierre inventado, demasiado literario para ser verdad. Pero con Quiroga pasa eso: vivió entre accidentes, locura, suicidios, selvas, enfermedades, miserias humanas y sombras. Siempre anduvo entre alimañas, lo inquietante es que pasó la vida intentando explicar que algunos tenían colmillos y otros simplemente los gestos desidiosos de personas que responden a eso que llamamos “normalidad”.

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