Sobre la decadencia moral de Europa y el porvenir de las naciones industriales
Europa, fatigada de sí misma, camina hacia el porvenir con paso de sonámbulo. Las luces del progreso —esas lámparas que el siglo alza como si en ellas ardiera la redención del hombre— ciegan más que iluminan. Se habla con altivez de ferrocarriles, telégrafos y máquinas de vapor, como si en la multiplicación de los artefactos residiese el alma del mundo. Mas yo digo: el hombre europeo, que conquistó los mares y planifica los cielos del entendimiento, ha comenzado a extraviarse en las ciénagas de su propio artificio. El oro y la máquina, esos nuevos dioses de hierro y humo, han reemplazado al Espíritu. El burgués moderno —engordado de intereses y estadísticas— se cree dueño del porvenir, cuando apenas es su siervo. Los pueblos se mueven no ya por ideales sino por mercados; los ejércitos no marchan por la gloria, sino por el precio del carbón. Y los jóvenes, embriagados de promesas científicas, olvidan que el progreso material no eleva al alma, sino que la adormece con el opio de la comod...




