æ
Nos recuerdo caminando una noche tibia por la orilla de Mar del Tuyú. Cinco kilómetros, quizá más. Ella iba mirando de vez en cuando el reloj que le contaba la distancia, como si aquella caminata obedeciera a algún propósito mensurable. La ternura, en cambio, ya no parecía registrar ninguna clase de progreso. La playa estaba casi vacía. La marea había dejado al descubierto restos de otras derrotas. Primero atravesamos las ruinas de un bar que el mar había terminado por reclamar para sí. Más adelante apareció otro, enorme, retirado unos metros de la costa, todavía en pie. Resistía con una dignidad absurda, como si ignorara que el océano siempre termina cobrando sus deudas. Con el diario del lunes, me cuesta no vernos ahí. Dos edificios enfrentando el mismo mar. Uno ya derrumbado. El otro todavía convencido de que puede quedarse. Yo venía fumado. Lo recuerdo porque durante un instante pensé en ofrecerle. Años atrás habría sido natural. Una pequeña conspiración privada. Un gesto cómplice....




