Pedro Torrijos sobre Dubái, distopía y bombas
Hablando de Dubái, al parecer, ha caído un misil iraní en el Palm Jumeirah, la isla artificial con forma de palmera gigante. Y esto es tan narrativamente coherente que parece escrito por un escritor de ciencia ficción de los 70.
Porque Dubái es esencialmente una distopía escrita hace 50 años. Como Super-Cannes o High Rise, de Ballard. Que yo las leí en los 90 y dije molan las novelas, pero es imposible que nadie construya nunca algo así. Y no solo la construyeron, sino que millones de personas se han ido allí de vacaciones o a trabajar haciendo como que están de vacaciones y a subir stories y TikToks.
Lo que me flipa es que haya tanta, tantísima gente, que no lo ve a la primera, porque Dubái nunca ha ocultado su condición distópica, de hecho la exhibe, la pone en el escaparate, la ilumina con LEDs, le añade una pista de esquí interior y te cobra entrada. Gente que, teóricamente, está capacitada para entender que una monarquía petrolera sin libertad de prensa, sin derechos laborales, sin derecho a la disidencia, con temperaturas de 48 grados que obligan a climatizar las paradas de autobús, representa un modelo civilizatorio tan obtuso —además de inmoral, pero no voy a entrar en eso ahora— que viene con la fecha de caducidad impresa en la frente. Pero el hotel tiene un acuario en el vestíbulo y el acuario es enorme y las suites tienen ventanas que dan directamente a ese acuario.
Dubái es una ciudad que te dice mira, aquí tenemos esclavitud laboral con vistas al mar y la gente respondía qué fuerte, ¿y el brunch del viernes a cuánto sale? Una isla artificial con forma de palmera —con forma de palmera, por favor, que no la han hecho con forma de dinosaurio porque todavía les daba un poco de vergüenza— construida por trabajadores nepalíes, indios, bangladesíes, pakistaníes, filipinos, etíopes, ugandeses y/o kenianos a los que les confiscaban el pasaporte, para que luego un influencer británico o estadounidense o alemán o español pudiera grabarse en bañador diciendo living my best life. El arco narrativo está ahí, a la vista, sin metáfora posible porque la realidad ya era la metáfora.
Y ahora un misil iraní ha atravesado la burbuja, la real y la metafórica. Igual el yogur ya estaba caducado y la distopía solo está cumpliendo su propio guion.
Porque Dubái es esencialmente una distopía escrita hace 50 años. Como Super-Cannes o High Rise, de Ballard. Que yo las leí en los 90 y dije molan las novelas, pero es imposible que nadie construya nunca algo así. Y no solo la construyeron, sino que millones de personas se han ido allí de vacaciones o a trabajar haciendo como que están de vacaciones y a subir stories y TikToks.
Lo que me flipa es que haya tanta, tantísima gente, que no lo ve a la primera, porque Dubái nunca ha ocultado su condición distópica, de hecho la exhibe, la pone en el escaparate, la ilumina con LEDs, le añade una pista de esquí interior y te cobra entrada. Gente que, teóricamente, está capacitada para entender que una monarquía petrolera sin libertad de prensa, sin derechos laborales, sin derecho a la disidencia, con temperaturas de 48 grados que obligan a climatizar las paradas de autobús, representa un modelo civilizatorio tan obtuso —además de inmoral, pero no voy a entrar en eso ahora— que viene con la fecha de caducidad impresa en la frente. Pero el hotel tiene un acuario en el vestíbulo y el acuario es enorme y las suites tienen ventanas que dan directamente a ese acuario.
Dubái es una ciudad que te dice mira, aquí tenemos esclavitud laboral con vistas al mar y la gente respondía qué fuerte, ¿y el brunch del viernes a cuánto sale? Una isla artificial con forma de palmera —con forma de palmera, por favor, que no la han hecho con forma de dinosaurio porque todavía les daba un poco de vergüenza— construida por trabajadores nepalíes, indios, bangladesíes, pakistaníes, filipinos, etíopes, ugandeses y/o kenianos a los que les confiscaban el pasaporte, para que luego un influencer británico o estadounidense o alemán o español pudiera grabarse en bañador diciendo living my best life. El arco narrativo está ahí, a la vista, sin metáfora posible porque la realidad ya era la metáfora.
Y ahora un misil iraní ha atravesado la burbuja, la real y la metafórica. Igual el yogur ya estaba caducado y la distopía solo está cumpliendo su propio guion.
Pedro Torrijos






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