La Sociedad del Esfuerzo Malgastado
Vivimos en una época que idolatra el esfuerzo… pero desperdicia su dirección.
Desde pequeños, nos enseñan que esforzarse es sinónimo de virtud, como si fuera una brújula moral.
"Trabajá duro, dale con todo, no aflojes"
Una sociedad que no cuestiona los fines convierte el esfuerzo en un mecanismo ciego, casi absurdo. Un borracho al mando de un Scania en una cristalería.
Gente quemándose la cabeza laburando para empresas que no les interesan, para comprar cosas que no necesitan, para impresionar a personas que ni siquiera respetan pero a las que por alguna razón le quieren caer en gracia. Ingenieros diseñando algoritmos para que las personas pasen más tiempo distraídas, para que ni duerman o suspendan sus capacidad crítica. Niños a los que no educamos pero les pedimos que sean críticos y piensen por sí mismos, con qué herramientas nadie sabe... Artistas talentosos adaptando su obra al algoritmo de turno, a la minita que quieren empernar, a la foto que necesitan tener. Horas de esfuerzo para adaptarnos a ideales que no compartimos ni nos interesan realmente... Docentes brillantes midiendo su éxito en función de la burocracia educativa y jóvenes que, en vez de preguntarse qué quieren aportar al mundo, aprenden a venderse como si fueran un producto. Estamos ante la generación de preadolescentes más hipercontrolada de toda la historia de la humanidad. Jamás tuvimos tanto registro de lo que hacen nuestros hijos.
El problema no es que seamos vagos, es que estamos cansados por las razones equivocadas. La tragedia no es el ocio ni la inacción. La verdadera tragedia es el esfuerzo bienintencionado puesto al servicio de fines vacíos.
El sistema no te pide que pienses: te pide que te mantengas ocupado.
Y así seguimos corriendo como hámsters en la rueda, mientras los pocos que se detienen a pensar parecen los verdaderos locos.
Pero si nadie se detiene, si nadie pregunta "¿por qué hago lo que hago?", entonces todo ese sudor es apenas una coreografía del ejercicio.
Quizás la verdadera cuestión no sea cambiar el sistema. Tal vez sea algo más silencioso: Aprender a redirigir el esfuerzo hacia fines con sentido. Aunque eso implique trabajar menos, aunque implique ser menos "exitoso". Aunque implique parecer improductivo o un ogro casi antisocial en un mundo que confunde velocidad con valor y microfama con validación.
Porque la integridad no está en cuánto hacés, sino en cuánto de vos hay en lo que hacés.
.jpeg)





Comentarios