La tiranía del progreso

En silencio, sin necesidad de gritar, el progreso se volvió nuestro nuevo dios.
No el dinero. No el poder. No la fama.
El progreso: esa fe ciega en que todo lo que viene después es mejor. Mejores dispositivos, mejores ideas, mejores valores. Lo nuevo desplaza a lo viejo, que ni se mosquea.  
Porque asumimos —casi con reflejo condicionado— que lo nuevo debe ser superior.
Pero, ¿y si no lo es?
¿Y si no estamos avanzando, sino simplemente cambiando… y adorando el cambio como si fuera virtud?
La historia no es una escalera. No subimos. Nos movemos. Y a veces, en nombre del progreso, hemos destruido sabidurías que costaron siglos. Culturas enteras se han desarmado como un reloj desguazado, pieza por pieza, sin saber cómo volver a armarlo. Nos burlamos de la religión, del mito, de la tradición.
Y al hacerlo, perdimos lenguajes simbólicos para hablar del dolor, del misterio, del silencio.

Hoy sabemos más, pero entendemos menos. Tenemos más datos, pero menos criterio.
Más derechos, pero menos vínculos. Más libertad, pero menos dirección.
Y si alguien duda del progreso, lo miran como a un hereje:
"¿Cómo vas a cuestionar el avance?"

Pero tal vez la verdadera madurez no sea moverse siempre hacia adelante. Sino saber cuándo detenerse. Cuándo volver. Cuándo perder velocidad para ganar conciencia.

No todo lo viejo es sabio. Pero no todo lo nuevo es mejor.
El futuro no nos necesita obedientes: nos necesita lúcidos.

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