Ecosistema reciclable
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En medio de todo eso, cuidar a alguien se volvió un acto casi subversivo. Escuchar sin mirar una pantalla. Permanecer. Recordar y preguntar queriendo escuchar la respuesta. Hay personas que aún no entienden que el regalo más valioso que podés darle a alguien es tu tiempo, que no vuelve, ni se acumula, ni se recupera. Pasar un momento con vos es entregar un pedacito de la vida que no volverán a vivir. Por ahí no tiene semejante significado cuando sucede, porque no todos están pensando eso cuando te dedican su tiempo, a veces sólo andan por la vuelta pero no es necesario vivir re manija para darse cuenta
Tal vez por eso son hermosas (y necesarias) las personas que no buscan apagar tu emoción cuando contás algo que te entusiasma. Son poquitas y saben estar en las buenas, porque acompañar el dolor suele ser un deber social pero acompañar la felicidad ajena, sin competencia, ironía o minimizarla, exige una generosidad distinta.
Mientras tanto, la mediocridad encontró la fórmula perfecta para perpetuarse: hacer que el talento parezca arrogancia y la ignorancia parezca autenticidad. De algún modo aprendimos a desconfiar de la ternura para que parezca una suerte de hipercontrol, a la vez que enarbolamos el difuso valor de la desidia emocional interpretándola como diversión. Como si ahora todo tuviera que ser rápido, simple, ruidoso y digerible. Como si la intensidad fuese el problema y la indiferencia una señal de madurez.
Aburrirse es necesario. Estar en silencio hace bien. Hay silencios devastadores y luego está éste: una ausencia que no duele sino que ordena, deja que algo vuelva a acomodarse adentro. El problema es que vivimos tan aterrados de quedarnos a solas con nosotros mismos que llenamos cada espacio vacío con ruido, consumimos vínculos.
Y aunque todo quiera explicarlo con conceptos, diagnósticos y etiquetas, no todo es terapia; a veces hay que alcoholizarse y emocionarse un rato con alguien con quien te cuides mutuamente para crear un bunker frente a un mundo al que le vas a importar una mierda. A veces una conversación larga en la cocina, una madrugada absurda medio cansados o una risa compartida mientras te hago masajes en la planta del pie reparan cosas que no tenían nombre.
Pero hay una fantasía que produce bastante sufrimiento: creer que si uno da lo más que puede existe la garantía de que el otro lo elegirá plenamente. Y no funciona así. El amor, la amistad, la permanencia, no son máquinas expendedoras donde uno introduce sacrificio y recibe certezas. A veces das mucho y no sirve para nada. A veces das poco y justo es lo que el otro busca. Hay una parte del vínculo humano que jamás será controlable, oh novedad...
Quizá por eso la gente honesta suele estar sola. Habitar personajes suele tener más éxito inmediato, porque un personaje es más fácil de entender que un humano. Después llega la adultez, que básicamente consiste en aguantar veinte problemas serios en silencio para luego colapsar en posición fetal porque se te cayó un tenedor. Y uno se ríe, porque entiende que nunca fue el tenedor sino el peso desgastado de todo lo demás.
Pero incluso ahí, en medio del cansancio, las pérdidas, los vínculos rotos y el ruido constante, sigue habiendo algo que resiste, y me voy a repetir: la ternura. El cuidado. La gente que todavía abraza con intención, escucha con paciencia y se queda sin especular. La gente que te acompaña en cada cambio de piel que hacés, que abraza tu exoesqueleto con delicadeza cuando recién se está endureciendo la queratina. Elijo ser de ese grupo de personas, elijo mirar atrás para recordar cómo llegué hasta esto. Elijo reírme sin entender bien. Porque haber llegado hasta acá, sin haberte convertido en un hijo de puta por completo, quizá ya sea la más grande de las revoluciones que hoy tenemos a mano.
* La foto no tiene caras y quizá por eso me gusta. Un día una casa se había convertido en una selva y nos pasamos horas arrancándole el abandono. Terminamos cansados, llenos de tierra y con dolor de piernas. A veces pienso que gran parte del amor se parece más a eso que a las grandes declaraciones o a las personas que nos seducen: alguien agarrando una pala y quedándose al lado, arrancando plantas de raíz, cultivando una planta de zapallos en una casa que pronto será de alguien más, alguien a tu lado mientras ordenás lo que te dolía mirar.






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