29 años de la muerte de Renato Russo, el santo laico del desencanto
Octubre vuelve siempre en loop con un aire de recuerdo en Brasil y buena parte de América Latina. Cada año revisitamos a Renato Russo, el poeta que hizo del rock una religión pagana de la que él mismo se negó a ocupar el altar.
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Nacido en Río de Janeiro en 1960, Renato Manfredini Júnior fue un niño enfermo, confinado al silencio por una dolencia que lo apartó del mundo y lo obligó a mirarse hacia adentro. A sus siete años vivió en Nueva York; más tarde conoció Brasília, esa ciudad prefabricada, sin esquinas y con una geometría de cemento y soledad, moldeada a golpe de compás. Renato fue un adolescente que intentó hablar en un lugar donde se valoraba más el silencio. De ese deseo nació Aborto Elétrico, y de su naufragio, Legião Urbana: la banda que transformó el desencanto en himno y la melancolía en resistencia.
Cuando
cantó “Que País É Ésse?”, el eco rebotó en cada rincón de un Brasil que
despertaba de la dictadura de Castelo Branco, con olor a pólvora y frustración.
Renato estaba tan peleado con su propio éxito que demoró más de diez años en
grabar la canción, que quedaría desde entonces pegada en la memoria colectiva,
envejeciendo sin una sola arruga y poniendo Legião en ese lugar que pocos
artistas llegan a ocupar; portavoces de una conciencia generacional, música
para quienes amaban sin planes y buscaban, entre ruinas, un lugar donde
respirar.
Pero
los dioses laicos también caen. En un concierto en el Estadio Mané Garrincha, decenas
de miles de personas desbordaron las gradas, arrancaron portones de cuajo y
lanzaron una lluvia de objetos al escenario que hicieron que, en medio del
caos, Renato desafíe a sus fans preguntándoles “¿Cuándo van a alcanzar la
mayoría de edad?”, para luego romper una guitarra y suspender el recital. Fue
su punto de quiebre. La idolatría lo devoraba, la multitud era el espejo
deformado de su propio dolor, y esa tensión entre arte y masividad lo fue
desdibujando hasta modificar su personalidad. Desde entonces, el escenario se
volvió un espacio cada vez más agorafóbico y su arte quedó atravesado por esa
sensación de extrañez.
Murió joven, en 1996, con apenas 36 años, víctima del SIDA, dejando un vacío que el tiempo no llenó. Quedo petrificado en la memoria colectiva, hasta hoy es joven, y como todo músico carismático que muere antes de volverse una parodia de sí mismo, su imagen se romantizó sin que muchos terminen de entender el tamaño de su cicatriz en la cultura brasileña. Su legado es más que un repertorio: es una forma de vulnerabilidad convertida en verdad, un modo de vivir con las heridas a la vista. Russo no quería morir, solamente no podía evitar hacerlo para luego renacer en cada canción suya que hoy revisitamos.
Montevideo, la grieta luminosa
Diez
años antes de morir, en noviembre de 1986, Legião Urbana estuvo en Uruguay para
participar en el primer Montevideo Rock, en la Rural del Prado. Eran días en
que la ciudad aún aprendía a nombrar una libertad recién recuperada y la música
se comportaba como una manera de decir lo que la política había silenciado.
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| Ph: Montevideo antiguo |
Pensar ese concierto hoy, a casi tres décadas de la muerte de Renato Russo, es volver a la imperfección del encuentro, a esa distancia entre la palabra y el sentido, donde está la verdadera comunión: la de un hombre que cantó su fragilidad y un público que, sin entenderlo del todo, sintió que algo también se movía.







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