Dos caras de una misma moneda: Cumbia villera y punk rock

Un sonido repetitivo y básico, casi como buscando seducir hipnóticamente con algo previsible a sus escuchas. Podemos detectarlo en la infausta cumbia villera que recuerda, más de lo que uno quisiera admitir, al punk rock clásico, igual de monótono. Tal vez no salte a simple vista por el artificio de la pose, ni por la rebeldía on demand que el punk en sí representa, sino por la manera en que ambos géneros construyen un mundo reducido a lo esencial: un patrón rítmico cuadrado, una lírica superflúa y hedonista y una vida narrada sin la más mínima complejidad.
Tomemos a los Ramones como ejemplo: tres acordes, un compás constante, voces planas y un mensaje de diversión. “Blitzkrieg Bop” y su icónico “Hey! Ho! Let’s go!” no es tan distinto de esos comienzos de cumbias villeras en los que se les pide a los vagos que levanten las manos y toda esa basura... Y no sólo son odas al escape de la rutina, lo cual de por sí no es cuestionable, sino también al desprecio por la autoridad y la convención social, que tampoco son cosas cuestionables, ciertamente. Y es que si eso lo disfrazás de punk rock tiene un aire rebelde y universitario, pero si lo pintás de cumbia villera pasa a convertirse en "un negro chorro y falopero justificándose". 
Las letras de ambos géneros son breves e infantiles: drogas, minas, joda, el mundo como un jardín de infantes donde los adultos sobran. Los Sex Pistols llevan la cosa un paso más allá: un caos calculado, un desdén explícito por la estructura social, pero siempre con la misma maquinaria musical que cualquiera puede reproducir con saber cuatro notas.
La cumbia villera, de Yerba Brava a Damas Gratis tiene la base de tambor y teclado que no es más que un compás repetido, un “tun tun pá" o un "chic chiqui chiz” se te instala en la cabeza con igual molestia que un mantra. Sobre ese molde suena cualquier voz, con poca técnica. Las letras, con un slang distinto, hablan de resistencia a la autoridad, falopa, alcohol, fiestas y sobrevivir a la precariedad. “La cumbia de los trapos” de Yerba Brava o “Los dueños del pabellón” de Damas Gratis no son himnos de sofisticación musical: son relatos de barrio, directos, sin filtros, donde cada verso es un testimonio y cada estribillo, un grito endogámico que sólo entre ellos escuchan.
Anarchy in the U.K.y Sos botón, básicamente hablan de lo mismo. 
Lo curioso es cómo la superficialidad técnica se convierte en estilo y resistencia. El punk es cuadrado, aburrido y repetitivo, y por eso mismo puede ser un arma de rebeldía: no hace falta ser virtuoso para subvertir el orden. La música villera funciona igual, no importa que los teclados sean simples y los acordes obvios; se bardea a los rati y la fiesta no termina. En ambos casos, el sonido es un molde sobre el que cualquiera puede proyectar su voz y su vida.

Porque al final, tanto en Queens como en Villa Fiorito, el mensaje es el mismo: no necesitamos virtuosismo, necesitamos gritar y que nos escuchen. 

Comentarios

También podés leer