El ruido y el silencio de Osvaldo Garbuyo

Hay una escena que no está en ningún archivo, pero sobrevive en versiones deformadas, como esas cintas que alguien grabó arriba de otra cosa: Bufón debutando, finales de los noventa, poca plata, un público que todavía no sabe bien qué está viendo, una mezcla de funk, metal con letras entre corrosión y poesía. Al costado —literalmente al costado— y entre el público, unos pibes que después van a ser un poco más conocidos y se hacen llamar “La Vela Puerca”, oficiando de teloneros.

Nadie ahí está pensando en la inversión futura de roles. Nadie imaginó que, unos años después, en un momento casi simétrico, Bufón iba a estar abriendo en Obras, Buenos Aires, para La Vela, como si la historia tuviera un sentido que no tuvo.

La utopía más hermosa

En 1998 un aviso en los clasificados termina de armar la banda. Sin épica ni romanticismo, con una practicidad casi desesperada, ensayaron durante meses creando un híbrido de géneros sin bordes claros en el cual se podía pasar del metal al bolero atravesando murgas o cataratas frenéticas de Garbuyo en las que más que un rockstar parecía un rapero. Zapadas largas, caóticas y con esa lógica medio adolescente de creer que el desorden es profundidad y, a veces, acertar.

Tatuaje de un fan argentino

Antes de eso, Ossie Garbuyo y Aníbal Pereda (bajo) venían de tocar en La Yuyera, el germen seminal de Bufón, en el que nada presagiaba lo que vendría. Hay que ponerse en situación; Uruguay a principios de los 2000 era un país desestabilizado saliendo de una crisis que no terminaba de irse, con una escena musical autóctona que crecía traccionada por el precio del dólar, que hacía difícil traer bandas extranjeras a los festivales. Bufón aparece en esa camada de bandas, como una especie de error interesante… demasiado eclécticos para encajar, demasiado intensos para ser “una bandita, ahí”, demasiado irónicos para ser tomados en serio.

En 2002 tocaron por primera vez en Buenos Aires. Ese día también abrieron para sus amigos de La Vela, detonando la cabeza de sus fans porteños en ese mítico templo del under llamado Cemento, hoy devenido en garaje municipal.

El detalle es tentador, pero engañoso ya que no es una historia de revanchas sino más bien de desajustes. Y es que incluso cuando las cosas parecían ordenarse —, notas en radios, giras, el podio entre más seiscientas bandas en un popular concurso de bandas promocionado por una bebida cola— había algo en Bufón que no terminaba de alinearse con la idea de “éxito”.

Grabaron –o intentaron grabar- Nérpola en 2003, un disco referido a un universo utópico creado en la cabeza de Osvaldo. Tan profundo como terrenal (“Nérpola” significa “ponerla” al revés…) y con su creador totalmente encendido, a punto tal que abandonó la banda tres o cuatro veces durante la grabación del álbum. Y no como un gesto dramático sino casi como reflejo: Como si intuyera algo sobre la duración de las cosas.
Casi metafóricamente, cuando terminaron de grabar el disco la máquina donde estaban todas las tomas explotó, el disco duro se quemó, dijo “no doy más”. Literalmente lo único que les quedó fue una copia con material preliminar que se habían hecho para escuchar la mezcla en sus casas. Ese CD fue lo que se masterizó y hoy conocemos como uno de los discos más representativos del rock uruguayo de comienzos de siglo. Hay algo casi obsceno en esa anécdota: como si la versión definitiva de una obra fuera, en realidad, un accidente sobreviviente. Este problema técnico puede escucharse, en “El Viaje del botija” —quizá la canción más representativa de Ossie — hay una marcada opacidad en la melodía, que suena encerrada, como sonando adentro de una olla. Y sin embargo, o justamente por eso, funciona. Ahí Ossie se recuerda a sí mismo “sentado en la roca más alta del Cabo –Polonio- fumando y pulseando con su soledad”, poesía que dejó de serlo para convertirse en una actitud frente a la vida.

Y quieren que yo me mate y lo que mata es la humedad

Nadie quiere hablar del Ossie. O mejor dicho: muchos quieren hacerlo, pero nadie puede, las palabras no es que se atragantan sino que se diluyen, son cooptadas por un silencio incómodo que las demora.

Uruguay hace décadas está entre los países con mayor tasa de suicidios del mundo. Y sin embargo hay una especie de pacto implícito: no mirar demasiado, no tocar el tema. Si nos guiamos por estos resultados, parece que esa fórmula que reza que de los suicidios no se puede hablar en los medios masivos de comunicación no estaría funcionando. Mirar para otra parte no sólo no ha detenido el contagio sino que generó una epidemia, tal vez haya que darle otro enfoque al tema...

Osvaldo Garbuyo quedó atrapado en una doble invisibilidad, la del under, esa cosa medio orgullosa de no ser masivo con la que él mismo rezongaba a la vez que se golpeaba el pecho, y la otra ausencia, el suicidio, que convierte cualquier relato sobre él en un campo minado en el que nadie quiere meterse para no lastimar ninguna sensibilidad. Como resultado, el tipo que escribió algunas de las estrofas más filosas del rock uruguayo queda, más que olvidado, tapado, o peor: desdibujado. Y es que es bastante probable que el mismo caracter que lo hacía virtualmente indómito y creativo en iguales medidas, sea el que hizo que su vida esté marcada por las mudanzas, la pobreza y los conflictos. 

En vivo, el Ossie podía parecer dos personas separadas por segundos de distancia. De incendiar la escena a quedarse quieto, demasiado quieto. De saltar con la multitud a analizar el lugar. No tenía la lógica del frontman expansivo, tensaba el ambiente. Y en medio de eso, aparecía el humor pero no como chiste sino como corte abrupto. Siempre encontraba una frase que desarmaba el clima, una mirada que parecía decir: “No se ve muy bien qué es lo que pesan o está trucada la balanza”, incluso cuando él mismo formaba parte de eso, ahí es donde la situación pone a todos incómodos. No era solo una cuestión de intensidad sino también de inconformismo, y eso no es monetizable, no perdonar a nadie te vuelve irreverente pero difícil de promover.

Botija viaja enfermo

Decir que el Ossie tenía una patología psiquiátrica no debería ser escandaloso, pero en cierto modo lo es. Queda en el aire la sensación de que se lo está insultando o reduciendo su legado y (no tengo pruebas pero tampoco dudas) esto es el principal elemento que invita al silencio cuando alguien trata de ordenar las palabras para recordarlo.

Como si todavía necesitáramos separar la parte de artista por un lado y la de enfermo por otro, cuando en realidad la línea la trazamos nosotros y la persona es una sola cosa que convive (o eso intenta) que todo. ¿Quién puede decir que está completamente sano? Y si no le toco al lector –o escritor- en cuestión, hablo por todos cuando digo que todos tenemos por lo menos a un ser querido en ese horno que es una patología psiquiátrica.

El problema no es la situación en sí sino el silencio que le rodea. Es el mismo movimiento que ocurre con los suicidios. Actuamos como si hacer silencio fuese la solución para algo que no podemos entender. Y el silencio no es neutro: borra. Borra matices, contradicciones, aciertos, errores, fragilidad e incluso el humor, que se vuelve broma sórdida, comentario que visto con el diario del lunes resulta paradójico. Porque es más fácil recordar a alguien como “trágico” que aceptar que también podía ser irónico, lascivo, sincero, crudo, absurdo e incluso gracioso, en su peor momento.

Bueno es llegar al fondo y resurgir

Osvaldo Garbuyo no se consideraba músico, decía que era escritor. Tuvo una vida nómade y pobre, que lo llevó a vivir en la casa de muchos de sus amigos. Su salud mental estuvo atravesada por convivencias complicadas cuando no tuvo ese apoyo, sin el cual difícilmente hubiésemos sabido de su existencia. Hay algo extremadamente vivo ahí en sus canciones, porque no buscaban cerrar o encajar con algo sino que se abrían para empujar al sentido y pincharlo. Hablaban de libertad sin pedir permiso, de cuerpos sin moral prestada, dramas de su vida cotidiana camuflados en una poesía intensa, caracoles que siguen su ritmo mientras todo alrededor revienta y viajes internos que no siempre tuvieron buen destino. También hablaban de morir, coger, y llorar, pero sin la solemnidad de un académico. Permitiéndose un humor bobo por momentos, incluso. Y es que seguramente aprender a vivir tenga que ver con cierta elasticidad para entrar y salir de eventos traumáticos.

Ese es, quizás, el detalle más difícil de sostener hoy: la posibilidad de que alguien que terminó (¿terminó?) así no haya vivido todo como una tragedia lineal sino como un pibe que se volvió grande –y de culto- sin tener ganas de integrarse a esa picadora de carne que llaman “industria” pero tratando de sobrevivir manteniendo su integridad artística inmaculada. Que haya habido placer, ironía, deseo, momentos de lucidez incómoda y vida, en su más amplia expresión, es lo que no queremos aceptar de Osvaldo; que era uno más de nosotros, atravesado por las mismas mierdas que podemos estar vos y yo, pero con la habilidad de poner toda esa complejidad en palabras.

Hay una tentación constante de convertirlo en mito – la resistí durante todo el texto- pero eso lo ordena todo demasiado, y Ossie —como sus canciones mal grabadas, como ese disco que sobrevivió por accidente, como el músico invitado en un tributo a Legiâo urbana en la Trastienda, como el amigo volátil que está en todas, como el loco de mierda que si le das la mano te agarra el brazo, como esa voz que podía quebrar y reírse en la misma frase, como ese tipo que quería formar parte de aquello contra lo que despotricaba— no parece haber sido alguien particularmente interesado en el orden. Quizá lo más honesto que podemos hacer por su memoria sea dejarlo ahí: incompleto, contradictorio, a veces brillante, a veces insoportable, y todavía de alguna manera, sin terminar de encajar en ningún relato cómodo.

Comentarios

También podés leer