El ruido y el silencio de Osvaldo Garbuyo
Nadie ahí está pensando en la inversión futura de roles. Nadie imaginó que, unos años después, en un momento casi simétrico, Bufón iba a estar abriendo en Obras, Buenos Aires, para La Vela, como si la historia tuviera un sentido que no tuvo.
La utopía más hermosa
En 1998 un aviso en los clasificados termina de
armar la banda. Sin épica ni romanticismo, con una practicidad casi
desesperada, ensayaron durante meses creando un híbrido de géneros sin bordes
claros en el cual se podía pasar del metal al bolero atravesando murgas o
cataratas frenéticas de Garbuyo en las que más que un rockstar parecía un
rapero. Zapadas largas, caóticas y con esa lógica medio adolescente de creer
que el desorden es profundidad y, a veces, acertar.
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| Tatuaje de un fan argentino |
Antes de eso, Ossie Garbuyo y Aníbal Pereda (bajo) venían
de tocar en La Yuyera, el germen seminal de Bufón, en el que nada presagiaba lo
que vendría. Hay que ponerse en situación; Uruguay a principios de los 2000 era
un país desestabilizado saliendo de una crisis que no terminaba de irse, con una
escena musical autóctona que crecía traccionada por el precio del dólar, que
hacía difícil traer bandas extranjeras a los festivales. Bufón aparece en esa
camada de bandas, como una especie de error interesante… demasiado eclécticos
para encajar, demasiado intensos para ser “una
bandita, ahí”, demasiado irónicos para ser tomados en serio.
En 2002 tocaron por primera vez en Buenos Aires.
Ese día también abrieron para sus amigos de La Vela, detonando la cabeza de sus
fans porteños en ese mítico templo del under llamado Cemento, hoy devenido en garaje
municipal.
El detalle es tentador, pero engañoso ya que no es
una historia de revanchas sino más bien de desajustes. Y es que incluso cuando
las cosas parecían ordenarse —, notas en radios, giras, el podio entre más seiscientas
bandas en un popular concurso de bandas promocionado por una bebida cola— había
algo en Bufón que no terminaba de alinearse con la idea de “éxito”.
Grabaron –o intentaron grabar- Nérpola en
2003, un disco referido a un universo utópico creado en la cabeza de Osvaldo.
Tan profundo como terrenal (“Nérpola” significa “ponerla” al revés…) y con su
creador totalmente encendido, a punto tal que abandonó la banda tres o cuatro
veces durante la grabación del álbum. Y no como un gesto dramático sino casi
como reflejo: Como si intuyera algo sobre la duración de las cosas.
Casi metafóricamente, cuando terminaron de grabar el disco la máquina donde
estaban todas las tomas explotó, el disco duro se quemó, dijo “no doy más”. Literalmente
lo único que les quedó fue una copia con material preliminar que se habían
hecho para escuchar la mezcla en sus casas. Ese CD fue lo que se masterizó y
hoy conocemos como uno de los discos más representativos del rock uruguayo de
comienzos de siglo. Hay algo casi obsceno en esa anécdota: como si la versión
definitiva de una obra fuera, en realidad, un accidente sobreviviente. Este
problema técnico puede escucharse, en “El Viaje del botija” —quizá la canción
más representativa de Ossie — hay una marcada opacidad en la melodía, que suena
encerrada, como sonando adentro de una olla. Y sin embargo, o justamente por
eso, funciona. Ahí Ossie se recuerda a sí mismo “sentado en la roca más alta del Cabo –Polonio- fumando y pulseando con su soledad”, poesía que dejó de serlo
para convertirse en una actitud frente a la vida.
Y quieren que yo me mate y lo que mata es la humedad
Nadie quiere hablar del Ossie. O mejor dicho: muchos
quieren hacerlo, pero nadie puede, las palabras no es que se atragantan sino
que se diluyen, son cooptadas por un silencio incómodo que las demora.
Uruguay hace décadas está entre los países con
mayor tasa de suicidios del mundo. Y sin embargo hay una especie de pacto
implícito: no mirar demasiado, no tocar el tema. Si nos guiamos por estos resultados,
parece que esa fórmula que reza que de los suicidios no se puede hablar en los
medios masivos de comunicación no estaría funcionando. Mirar para otra parte no
sólo no ha detenido el contagio sino que generó una epidemia, tal vez haya que
darle otro enfoque al tema...
Osvaldo Garbuyo quedó atrapado en una doble
invisibilidad, la del under, esa cosa medio orgullosa de no ser masivo con la
que él mismo rezongaba a la vez que se golpeaba el pecho, y la otra ausencia, el
suicidio, que convierte cualquier relato sobre él en un campo minado en el que
nadie quiere meterse para no lastimar ninguna sensibilidad. Como resultado, el tipo
que escribió algunas de las estrofas más filosas del rock uruguayo queda, más
que olvidado, tapado, o peor: desdibujado. Y es que es bastante probable que el mismo caracter que lo hacía virtualmente indómito y creativo en iguales medidas, sea el que hizo que su vida esté marcada por las mudanzas, la pobreza y los conflictos.
En vivo, el Ossie podía parecer dos personas
separadas por segundos de distancia. De incendiar la escena a quedarse quieto, demasiado
quieto. De saltar con la multitud a analizar el lugar. No tenía la lógica del
frontman expansivo, tensaba el ambiente. Y en medio de eso, aparecía el humor
pero no como chiste sino como corte abrupto. Siempre encontraba una frase que
desarmaba el clima, una mirada que parecía decir: “No se ve muy bien qué es
lo que pesan o está trucada la balanza”, incluso cuando él mismo formaba parte de eso, ahí es
donde la situación pone a todos incómodos. No era solo una cuestión de intensidad
sino también de inconformismo, y eso no es monetizable, no perdonar a nadie te
vuelve irreverente pero difícil de promover.
Botija viaja enfermo
Decir que el Ossie tenía una patología psiquiátrica
no debería ser escandaloso, pero en cierto modo lo es. Queda en el aire la
sensación de que se lo está insultando o reduciendo su legado y (no tengo
pruebas pero tampoco dudas) esto es el principal elemento que invita al
silencio cuando alguien trata de ordenar las palabras para recordarlo.
Como si todavía necesitáramos separar la parte de
artista por un lado y la de enfermo por otro, cuando en realidad la línea la
trazamos nosotros y la persona es una sola cosa que convive (o eso intenta) que
todo. ¿Quién puede decir que está completamente sano? Y si no le toco al lector
–o escritor- en cuestión, hablo por todos cuando digo que todos tenemos por lo
menos a un ser querido en ese horno que es una patología psiquiátrica.
El problema no es la situación en sí sino el
silencio que le rodea. Es el mismo movimiento que ocurre con los suicidios.
Actuamos como si hacer silencio fuese la solución para algo que no podemos
entender. Y el silencio no es neutro: borra. Borra matices, contradicciones,
aciertos, errores, fragilidad e incluso el humor, que se vuelve broma sórdida,
comentario que visto con el diario del lunes resulta paradójico. Porque es más
fácil recordar a alguien como “trágico” que aceptar que también podía ser
irónico, lascivo, sincero, crudo, absurdo e incluso gracioso, en su peor
momento.
Bueno es llegar al fondo y resurgir
Osvaldo
Garbuyo no se consideraba músico, decía que era escritor. Tuvo una vida nómade y
pobre, que lo llevó a vivir en la casa de muchos de sus amigos. Su salud mental
estuvo atravesada por convivencias complicadas cuando no tuvo ese apoyo, sin el
cual difícilmente hubiésemos sabido de su existencia. Hay algo extremadamente
vivo ahí en sus canciones, porque no buscaban cerrar o encajar con algo sino
que se abrían para empujar al sentido y pincharlo. Hablaban de libertad sin pedir
permiso, de cuerpos sin moral prestada, dramas de su vida cotidiana camuflados en una poesía intensa, caracoles que siguen su ritmo mientras
todo alrededor revienta y viajes internos que no siempre tuvieron buen destino.
También hablaban de morir, coger, y llorar, pero sin la solemnidad de un académico.
Permitiéndose un humor bobo por momentos, incluso. Y es que seguramente aprender a vivir tenga que ver con cierta elasticidad
para entrar y salir de eventos traumáticos.
Ese
es, quizás, el detalle más difícil de sostener hoy: la posibilidad de que
alguien que terminó (¿terminó?) así no haya vivido todo como una tragedia
lineal sino como un pibe que se volvió grande –y de culto- sin tener ganas de
integrarse a esa picadora de carne que llaman “industria” pero tratando de
sobrevivir manteniendo su integridad artística inmaculada. Que haya habido
placer, ironía, deseo, momentos de lucidez incómoda y vida, en su más amplia
expresión, es lo que no queremos aceptar de Osvaldo; que era uno más de
nosotros, atravesado por las mismas mierdas que podemos estar vos y yo, pero
con la habilidad de poner toda esa complejidad en palabras.
Hay una tentación constante de convertirlo en mito –
la resistí durante todo el texto- pero eso lo ordena todo demasiado, y Ossie
—como sus canciones mal grabadas, como ese disco que sobrevivió por accidente, como el músico invitado en un tributo a Legiâo urbana en la Trastienda, como el amigo volátil que está en todas, como el loco de mierda que si le das la mano te agarra el brazo, como esa voz que podía quebrar
y reírse en la misma frase, como ese tipo que quería formar parte de aquello
contra lo que despotricaba— no parece haber sido alguien particularmente
interesado en el orden. Quizá lo más honesto que podemos hacer por su memoria sea
dejarlo ahí: incompleto, contradictorio, a veces brillante, a veces
insoportable, y todavía de alguna manera, sin terminar de encajar en ningún
relato cómodo.






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