Las catacumbas de París
París, la ciudad de la luz, es también la ciudad de las sombras. Bajo sus avenidas, cafés y boulevares late un mundo silencioso y mineral: las catacumbas, un laberinto de túneles que guarda los restos de más de seis millones de personas. Allí, entre calaveras y fémures alineados con geometría casi artística, se despliega una historia que mezcla necesidad práctica, reflexión filosófica, transgresión y mito.
No era solo un depósito. Inspirados por el espíritu ilustrado y barroco del “memento mori”, los responsables de la obra decidieron que las catacumbas serían también un espacio filosófico. Placas de mármol con frases latinas, bíblicas o moralizantes recuerdan a cada visitante que la muerte es el destino común de todos. Una de las más célebres reza:
“Quocumque ingrederis, sequitur mors corporis umbra”
De canteras a osario
Todo comenzó en el siglo XVIII. El cementerio de los Santos Inocentes, saturado y convertido en foco de pestilencia, fue clausurado en 1780. La solución fue tan ingeniosa como inquietante: trasladar los restos a las antiguas canteras de piedra caliza que se habían excavado desde la Edad Media para construir París. Así nació, en 1786, el mayor osario del mundo.![]() |
| “A donde vayas, la sombra de la muerte del cuerpo te seguirá” |
“Quocumque ingrederis, sequitur mors corporis umbra”
“A dondequiera que vayas, la sombra de la muerte del cuerpo te sigue”.
El entramado subterráneo es inmenso: más de 300 kilómetros de túneles, equivalentes a casi un tercio de la superficie de París. Solo una fracción mínima está abierta al público; el resto permanece prohibida, aunque no por eso desierta.
Con el paso de los siglos, las catacumbas se convirtieron en escenario de lo inesperado:
· Siglo XIX: guarida de ladrones, criminales y ocultistas que aprovechaban la oscuridad para sus rituales.
· Segunda Guerra Mundial: la Resistencia francesa usó los túneles como escondite, mientras que los nazis instalaron un cuartel en una de sus secciones.
· 2004: la policía descubrió un cine clandestino con butacas, pantalla, un bar y electricidad robada. Tres días después, al volver, solo hallaron un mensaje: “Ne cherchez pas” (“No intenten encontrarnos”).
Incluso el rock tuvo su guiño: aunque no hay registros oficiales de grandes conciertos, grupos de la escena underground parisina aprovecharon la clandestinidad para tocar en las profundidades, con la acústica mineral de un osario como telón.
Una ciudad bajo la ciudad
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Con el paso de los siglos, las catacumbas se convirtieron en escenario de lo inesperado:
· Siglo XIX: guarida de ladrones, criminales y ocultistas que aprovechaban la oscuridad para sus rituales.
· Segunda Guerra Mundial: la Resistencia francesa usó los túneles como escondite, mientras que los nazis instalaron un cuartel en una de sus secciones.
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· 2004: la policía descubrió un cine clandestino con butacas, pantalla, un bar y electricidad robada. Tres días después, al volver, solo hallaron un mensaje: “Ne cherchez pas” (“No intenten encontrarnos”).
El eco del arte y la cultura
La atracción de las catacumbas ha fascinado a escritores, artistas y músicos. Baudelaire y Victor Hugo encontraron inspiración en esos corredores de muerte. El surrealista Georges Bataille organizaba allí recorridas secretas en los años 30.Incluso el rock tuvo su guiño: aunque no hay registros oficiales de grandes conciertos, grupos de la escena underground parisina aprovecharon la clandestinidad para tocar en las profundidades, con la acústica mineral de un osario como telón.
El magnetismo del tabú
Hoy, las catacumbas abiertas al público son un atractivo turístico de primer![]() |
orden. Millones de visitantes descienden cada año para experimentar ese contacto brutal con la mortalidad. Pero en paralelo, los llamados “cataphiles” —exploradores urbanos— siguen recorriendo los túneles cerrados, pintando murales, organizando fiestas o simplemente perdiéndose en un laberinto que respira humedad, silencio y huesos.
En ese universo, los delitos, los ritos secretos y las leyendas conviven con la arqueología y el turismo oficial. Las catacumbas condensan el costado más oscuro de París, una ciudad que nunca dejó de mirarse en el espejo de su propia muerte.
En ese universo, los delitos, los ritos secretos y las leyendas conviven con la arqueología y el turismo oficial. Las catacumbas condensan el costado más oscuro de París, una ciudad que nunca dejó de mirarse en el espejo de su propia muerte.










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