Réquiem para nadie

Apenas unos sonidos arropados por las finas y largas hebras de la noche. Así comenzará este recital de Jhona Lemole en el Cementerio Central de Montevideo, cuando la ciudad ya se haya disuelto en su rumor eléctrico y sólo queden estatuas, testigos, cómplices, esos gatos raros que hay en los cementerios, la luna y una respiración antigua que nadie quiere conocer. 

Como horizontes difuminados que se funden en el cielo (o eso que creemos que el cielo es) las cruces y los ángeles parecen extender una bóveda que no protege: expone. Esta vez no hay escenario que nos separe de lo esencial; apenas una experiencia irrepetible.

Larga y envuelta sobre sí misma la cálida pantalla espera pacientemente para sumirnos en la consunción digital, el tuberculoso hoy se toma selfies. Pero también hoy, la música suena lejos de quienes secan su piel, distante de la caquexia emocional, casi como si dedicarle un rato al arte fuese una forma de subvertir una maquinaria, de no quedar atrapados en esa sala helada, llena de servidores zumbando, donde una red neuronal artificial que llora una muerte (cuyo concepto les es siquiera imaginable) y convive con un modelo matemático que se ríe de un chiste que no entiende. ¿Qué puede entender un robot sobre la muerte? Por eso estamos aquí, para buscar una respuesta en cada epitafio, en cada canción.

La luna es de mármol, y en el piso hay mucho mármol. El ojo rojo le anula la luna a fantasmas que no agitan cadenas teatrales, soplan un hálito frío detrás de tu oreja. Presencias que se agolpan a oír este réquiem para nadie, un concierto para presidentes comidos por gusanos, para bufones ignorados, tumbas NN, tesoros discutidos, putas disputadas y amantes sin temperatura. Porque ya sabemos que quien teme a un muerto, teme ante todo a su propia sombra, a sus propios labios. Hoy la música somete sombras a ramos mustios; sombra, te somos.

El disco de un apostata, que ya fue tocado en una iglesia, canciones que buscan restituir algo del valor del momento, una gota de emoción cuando menos. Una sutil forma de resistencia en un mercado donde todo es lo mismo, repetido. 

Ante el desafío de entender que la comodidad reduce la fricción y en lo incómodo nace el movimiento. Y que este recital, rodeado de nombres que ya no responden, se planta como incomodidad fértil.

Lo que recibís no te mata pero cuidado con lo que das porque el dolor siempre te está esperando. Tu cuerpo se apagará mientras el espíritu arda pero de todo incendio nace música después de cierto tiempo consumiéndose. Lemole lo sabe y por eso no anestesia la herida: la afina. Una resonancia oscura y circular, la simetría del reloj de arena volador, que se instala entre las tumbas como si el tiempo mismo decidiera escucharse.

Ser o no ser. 

Cero, no ser. 

La advertencia, vibrando entre mausoleos. En este recinto donde se amontona gente en paredes y se guardan historias para que nadie las cuente. Hoy el recital no es representación sino tránsito. Un animal que se alimenta del lugar. 

Lejos de la comodidad que todo lo aplana, Lemole nos enfrenta a esa pregunta que ninguna máquina puede procesar y ningún algoritmo consolar. En este cementerio, donde cada piedra es una biografía interrumpida, la música no intenta vencer a la muerte sino escucha. Y al hacerlo, nos devuelve —aunque sea por un instante— la fricción de estar vivos.

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