Cecimonster vs Donka, la edad adulta también hace ruido
El nombre no ayuda. Cecimonster vs Donka parece el resultado de una conversación entre adolescentes que todavía no habían decidido si querían formar una banda de punk, diseñar personajes para un videojuego o bautizar a dos criaturas que se enfrentarían en una película de zombies clase Z. Hay algo simpáticamente aparatoso en esa combinación de palabras, una promesa de monstruos, rivalidades y dibujos animados que no termina de hacerle justicia a la música. Según explicaron alguna vez, tampoco había demasiado misterio detrás: simplemente les gustó cómo sonaban las palabras. Está bien. No todas las decisiones de la vida necesitan una justificación filosófica. Pero convengamos que el nombre podría llevarnos a esperar bastante menos de lo que finalmente encontramos.
Cecimonster
vs Donka es una de esas bandas que parecen haber entendido que crecer no
necesariamente implica abandonar las cosas que alguna vez nos hicieron felices.
Formados en Lima, Perú, en 2010, comenzaron transitando un territorio donde el
rock alternativo, el post-hardcore y cierta urgencia punk convivían sin
demasiadas preocupaciones taxonómicas. Había algo de la electricidad de las
bandas que uno descubre durante la adolescencia, cuando todavía cree que una
guitarra distorsionada puede resolver algunos problemas fundamentales de la
existencia. En sus primeros discos, Solara
y Adentro Afuera, podía encontrarse
esa energía inmediata, una relación bastante física con las canciones que,
salvando las distancias, tenía algo de aquellos primeros Blink-182: no tanto
por una semejanza estilística estricta como por esa capacidad de convertir la
ansiedad juvenil en una forma de movimiento, de hacer que las canciones
parecieran estar siempre a punto de desbordarse ansiosamente. Empty Beaches, de
2015, me parece el ejemplo más claro del calibre musical de la banda, donde
verdaderos himnos como “Not your friend”
invitan a ver la intimidad como un espacio resguardado celosamente.
Pero
el tiempo pasó y los peruanos empezaron a descubrir que también se podía hacer ruido
de otras maneras. Que una canción no necesariamente tenía que correr hacia un
estribillo, que una guitarra podía sostener una emoción sin necesidad de
ponerle palabras y que el silencio, cuando aparece en el momento adecuado,
puede resultar bastante más amenazante que una pared de amplificadores. La
transformación no fue repentina ni parece responder a una decisión estratégica.
Más bien da la impresión de que la banda fue encontrando, a medida que
avanzaba, nuevas maneras de habitar su propio sonido.
A Big House by the
Lake (2019) y el esperado Delilah (2024), ya mostraban ese desplazamiento,
donde las melodías empezaban a extenderse, a respirar entre guitarras que
encontraban otras grietas y canciones que parecían menos interesadas en
demostrar su potencia que en descubrir hasta dónde podían llevarla. Hay algo de
ese recorrido que permite pensar en bandas como
They Are Astronauts, Explosions in the Sky o Mogwai. No necesariamente como
influencias directas, ni como una lista de referencias que haya que identificar
con lupa, sino como parte de una misma generación de músicos que entendió que
el rock podía seguir siendo intenso incluso cuando dejaba de gritar. Que una
guitarra también puede funcionar como paisaje y una repetición convertirse en
una forma de insistencia emocional, ya que no todo lo importante necesita
suceder inmediatamente.
Tienen un tufillo
revolucionario que invita a recordar a Los Saicos, aquella anomalía peruana de
los años sesenta que, antes de que el punk tuviera siquiera un nombre, ya
estaba cantando “Demolición” y
proponiendo tirar abajo una invasora estación de tren a fuerza de guitarras. No
hacía falta elaborar demasiado el programa político, sólo se necesitaba una
estación, dinamita imaginaria y demoler,
demoler, demoler… En Cecimonster aparece algo de ese mismo impulso
destructor irreverente y atrevido, aunque desplazado hacia otro paisaje sonoro:
ya no se trata tanto de hacer estallar las vías como de desmontar las canciones
desde adentro, arrancarles las piezas, dejar que el ruido ocupe el terreno y
construir sobre los escombros algo que no estaba previsto en los planos.
Añejar. Adult
Violence, su más
reciente EP, de agosto de este año, parece recoger buena parte de ese
aprendizaje. Son apenas cuatro canciones y alrededor de nueve minutos, una
duración que podría interpretarse como una declaración de principios en tiempos
en que hasta la música parece obligada a justificar su existencia mediante
cantidades industriales de contenido. Los Cecimonster, en cambio, parecen haber
preferido cerrar un pequeño relato antes que estirar artificialmente sus
dimensiones. Y el título es bastante más revelador de lo que aparenta: la
violencia adulta no siempre necesita manifestarse mediante grandes explosiones
sino que a veces consiste en descubrir que las cosas no salieron como uno
esperaba y el tiempo pasó sin pedir permiso. todavía queda mucho por resolver.
“Precio
Rasta” abre el EP desde un lugar instrumental, con guitarras que construyen una
melodía sin necesidad de recurrir a la voz de Sergio Saba. Es una buena puerta
de entrada para entender hacia dónde se dirige la banda: hay movimiento, pero
también una voluntad de dejar que las canciones transiten. “Trash Talk”, en
cambio, recupera una electricidad más frontal, con una guitarra que parece
haber recordado de pronto todos los motivos por los que alguna vez pudo hacer
ruido. La transición entre ambas canciones es una de las pequeñas virtudes del
EP, no se trata de abandonar una identidad para adoptar otra, sino de descubrir
que ambas pueden convivir sin molestarse demasiado.
El
momento más vibrante llega con “Los Búhos no son lo que Aparentan”, donde
participa la cantante peruana Danitse y queda evidencia que estamos ante una
banda experimentada. La canción se mueve hacia un territorio más contemplativo,
con una sensibilidad que parece acercar definitivamente a Cecimonster a esa
tradición del post-rock en la que las guitarras dejan de funcionar como acompañamiento
para convertirse en protagonistas de una narración sin palabras. La
participación de Danitse introduce otra textura, una presencia vocal que no
necesita imponerse sobre la instrumentación. Hay algo muy atractivo en esa
decisión: la voz no llega para explicar lo que la música está diciendo, sino
para agregar una nueva forma de incertidumbre. Es una de esas canciones que
parecen abrir una ventana en medio de una habitación que hasta entonces estaba
demasiado cargada de electricidad.
“Little
Demon” devuelve las cosas a un terreno más familiar, aunque ya no suena
exactamente igual que las canciones de los primeros años. La energía permanece,
pero parece haber aprendido a convivir con otras inquietudes. Es como
encontrarse con alguien después de mucho tiempo y descubrir que conserva
algunos gestos, ciertas maneras de reírse o de caminar, aunque ahora haya
aprendido a quedarse callado durante algunos segundos más. No necesariamente es
una persona distinta. Simplemente tiene más cosas adentro.
Hay
algo especialmente saludable en la trayectoria de Cecimonster vs Donka: no
parecen demasiado interesados en convertirse en una versión mejorada de sí
mismos. En una época en la que cada lanzamiento suele presentarse como una
reinvención, una nueva etapa o una ruptura definitiva con el pasado, ellos
parecen haber elegido un camino menos espectacular y probablemente más difícil:
seguir explorando sin traicionar las razones por las que empezaron. En una
entrevista reciente, Sebastián Kouri resumió su sonido imaginando qué ocurriría
si se mezclaran Pixies y Explosions in the Sky. No es una mala manera de
describirlo, aunque la música tenga bastante más para ofrecer que la suma de
dos nombres propios.
Quizás
la adultez consista, entre otras cosas, en aprender que no hace falta elegir
entre la urgencia y la contemplación, entre la distorsión y la melodía, el
ruido que uno necesita producir y el silencio que finalmente consigue escuchar.
Cecimonster vs Donka parece haber llegado a un lugar donde esas contradicciones
dejaron de ser un problema para convertirse en una posibilidad.
Y
eso, considerando el nombre que eligieron, es bastante más sorprendente de lo
que cualquiera podría haber imaginado. Detrás de esa combinación de palabras
que parece salida de una historieta de monstruos hay una banda con una
sensibilidad y un oficio musical enormes, capaz de encontrar belleza tanto en
una implosión como en sus restos. Ojalá sigan haciéndolo durante mucho tiempo,
hay demasiadas bandas preocupadas por parecer algo como para no celebrar a las
que todavía se permiten descubrir qué quieren ser.






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