La frontera y sus fantasmas; Sankovo-Medvezhye, el exclave sin gente

Hay fronteras que separan países, otras que separan pueblos y algunas que terminan separando a un territorio de todo aquello que alguna vez le dio sentido. Sankovo-Medvezhye pertenece a Rusia pero está rodeado por Bielorrusia, además, hace décadas que nadie vive allí. No es una ciudad fantasma, es más raro: un exclave fantasma.

La tierra comprada. Con apenas cuatro y medio kilómetros cuadrados en la región de Briansk, se trata de dos antiguas aldeas rusas rodeadas por territorio bielorruso y separadas de la frontera con Rusia por unos ochocientos metros de bosques y pantanos. A comienzos del siglo XX algunos habitantes de la cercana Dobrodeyevka se fueron hasta Estados Unidos para trabajar en las minas de Pensilvania para terminar volviendo antes de la Primera Guerra Mundial, con dinero suficiente para comprar tierras y formar nuevas explotaciones agrícolas, lo cual dio origen a las aldeas de Sankovo y Medvezhye.

En 1926 la burocracia soviética reformó hacia el este el límite entre la República Socialista Federativa Soviética de Rusia y la República Socialista Soviética de Bielorrusia, pero Sankovo y Medvezhye permanecieron dentro de la región rusa de Briansk. Como ya vimos en otros casos, mientras ambas repúblicas formaban parte de la misma Unión Soviética, aquello no era demasiado problemático. La frontera existía, pero no era realmente una frontera. Después vino la Segunda Guerra Mundial y los habitantes se sumaron a la resistencia partisana, por lo cual las dos aldeas fueron prácticamente destruidas por las fuerzas alemanas en 1943 para luego ser reconstruidas. Cuando la Unión Soviética empezó a desarmarse, las viejas líneas administrativas adquirieron de golpe un significado que nunca habían necesitado. Rusia y Bielorrusia dejaron de ser dos repúblicas dentro del mismo Estado y se convirtieron en países independientes, sin embargo Sankovo-Medvezhye quedó del lado equivocado del mapa, o del correcto, depende de quién lo mire.

Chernóbil. En 1986 tuvo lugar la famosa explosión en el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, a unos pocos cientos de kilómetros al sur, tan cerca como para que la nube radiactiva le falte el respeto a las fronteras soviéticas, haciendo que la contaminación alcance grandes zonas de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Sankovo-Medvezhye quedó dentro de una de las áreas más contaminadas y su población resultó evacuada y se prohibió regresar a vivir allí o desarrollar actividades económicas. Para comienzos de los años noventa quedaban menos de cien personas y en 1991 el gobierno ruso incluyó la zona de Sankovo entre los territorios sometidos a restricciones por contaminación radiactiva. La diferencia con otros lugares abandonados por Chernóbil es que acá había una rareza adicional: el territorio seguía perteneciendo a otro país, un exclave tóxico.

La gente se fue, pero la frontera se quedó. En 1989 Medvezhye tenía 49 habitantes y Sankovo 34. Después de la evacuación, las dos localidades dejaron de funcionar como comunidades y en 1999 fueron oficialmente suprimidas como asentamientos. Pero borrar una aldea del registro no significa necesariamente borrar el territorio del mapa. Sankovo-Medvezhye continúa formando parte administrativamente del distrito de Zlynka, en la región rusa de Briansk. Es decir, Rusia conserva jurisdicción sobre un lugar donde ya no existe una comunidad permanente que necesite esa jurisdicción. Es difícil encontrar una imagen más pura del poder territorial, quedó una superficie que, a priori, carece de utilidad. El Estado conserva el pedazo de tierra aunque haya dejado de tener habitantes, haciendo así que el mapa sobreviva a sus habitantes. El problema es que las fronteras no saben despoblarse.

Una frontera puede haber nacido para separar dos administraciones, dos comunidades o dos imperios. Puede mantenerse durante siglos aunque cambien las personas que viven alrededor, pero cuando no queda nadie dentro, aparece una especie de contradicción elemental: si nadie vive allí, ¿qué significa que ese lugar pertenezca a alguien?

Los Estados siguen necesitando saber dónde termina su territorio incluso cuando nadie lo habita. La soberanía no funciona como una etiqueta entre un gobierno y sus ciudadanos; también es una afirmación sobre el espacio.

Sankovo-Medvezhye es esa afirmación llevada hasta el absurdo, puesto que no hay casi nadie para discutir a quién pertenece, es un lugar radioactivo que a nadie le interesa. Chernóbil hizo algo que ningún tratado había conseguido: vació el problema humano de una frontera sin hacer desaparecer la frontera misma. Y la naturaleza, que suele ser bastante menos obediente que los Estados, empezó a ocupar el lugar de las personas. Los campos cultivados fueron cubiertos por vegetación (radioactiva), los caminos (radioactivos) dejaron de tener uso y las antiguas aldeas (radioactivas) fueron desapareciendo entre bosques y pantanos radioactivos. La zona pasó de ser una comunidad agrícola a convertirse en un territorio donde la ausencia humana es, paradójicamente, la principal característica.

En otras partes de esta serie, las fronteras sobreviven porque hay personas empeñadas en cruzarlas, defenderlas, discutirlas o vivir a pesar de ellas. Sankovo-Medvezhye plantea lo contrario. ¿Qué pasa cuando la frontera sigue existiendo pero ya no queda nadie para habitarla?

Quizás la respuesta sea bastante menos humana de lo que nos gustaría. Los habitantes se fueron, las casas desaparecieron y las aldeas dejaron de existir oficialmente. Rusia, en cambio, se quedó. Con un obcecación propia de un ruso, la fronteras es tan persistente que ni siquiera necesita gente para seguir siéndolo.

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