Mark Fisher y el fin de la fé
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| Capital is an abstract parasite, an insatiable vampire and zombie maker; but the living flesh it converts into dead labor is ours, and the zombies it makes are us. |
Hay días en que el futuro parece haber sido cancelado. El teléfono devuelve una secuencia infinita de noticias que iteran en una planicie digital, la playlist recomienda canciones que suenan como recuerdos de algo que nunca vivimos, los algoritmos reciclan el pasado y el trabajo se experimenta menos como una vocación que como administración del agotamiento. Hace años, antes de que todo esto se volviera lenguaje cotidiano, Mark Fisher ya había descrito esa atmósfera, y su obra sostiene una vigencia casi oracular. Fisher fue una especie de traductor emocional de época. Tomó teoría marxista, depresión, música pop, burocracia neoliberal, internet, cine, rave, pospunk y la vida cotidiana para mostrar que todo eso hablaba del mismo clima histórico. Sus libros no analizaron objetos culturales, hicieron una autopsia de la atmósfera.
En
Capitalist Realism -corto, feroz, intenso- Fisher desarrolló una idea que
terminaría volviéndose un mantra actual: el capitalismo dejó de percibirse como
un sistema político entre otros y pasó a sentirse como la única realidad
posible. Aquella observación, repetida hasta el desgaste, de que “resulta más
fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, ni siquiera
escandaliza, ya es como el ruido de una heladera, está ahí sin que lo notemos.
Universidades
gestionadas como empresas, ansiedad administrada farmacológicamente, trabajo y
vínculos precarizados, la profesión convertida en identidad y una cultura
atrapada en un loop de nostalgia permanente son ejemplos de cómo el capitalismo
ya no convence, directamente lo administra todo.
Gran
parte de la potencia de Fisher aparece también en su lectura de la depresión,
diagnostico con el que vivió varios años y que lo llevó a rechazar la idea de
pensar el sufrimiento únicamente como un problema individual. Si millones de
personas se sienten destruidas bajo el mismo sistema quizá el problema exceda
lo químico. Sin negar la dimensión médica de la depresión; Mark Fisher denunció
la manera en que el neoliberalismo privatiza el sufrimiento y transforma la
alienación en patología individual y no en un problema social.
En
Ghosts of My Life, probablemente su libro más cautivante, Fisher trabajó además
sobre la “hauntología”, concepto tomado de Jacques Derrida. La cultura
contemporánea embrujada por futuros que nunca llegaron. Como un palimpsesto se
van montando referencias culturales que lo llevaron a afirmar que, después de
los años noventa, la cultura dejó de avanzar: el S XXI ya no imagina futuros,
recicla estilos.
Su
obra quedaría incompleto sin recordar su blog, K-punk, una bitácora intelectual
que terminó de convertirlo en un autor de culto. Y aunque su suicidio en 2017
reforzó cierta lectura melancólica de su figura, reducirlo a eso sería injusto.
Fisher sigue siendo leído porque todavía describe con la precisión de un
cirujano la textura emocional del presente. Porque el futuro, de algún modo,
todavía no apareció.






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