El mundo no mata: desgasta


Chinches, libélulas, moscas, puntos negros que a veces se agitan como niños y pequeños saltamontes; vivir es transitar por un cementerio gastado que ni detectamos. El suelo es una fosa común sin lápidas, y vamos sonámbulos sobre epitafios breves en lenguas ajenas, arrastrando la ilusión de que el tamaño nos absuelve. Hasta las manos. Cada insecto es un ensayo general de nuestra propia desaparición, una tragedia tan breve que ni el tiempo se molesta en recordarla. El mundo no mata: desgasta, y ese desgaste es su forma más perfecta de crueldad. Respiramos sobre restos, dormimos sobre restos, amamos sobre restos y los consumimos, y llamamos a esa acumulación de muertes invisibles “vida” y es bastante probable que existir no sea más que eso: aprender a ignorar el crujido bajo los pies para no oír el anuncio de nuestro turno. Una muerte tras otras que no generan ningún dato. 

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