El cambio de anaquel de Oliver Sacks
Durante décadas, los libros de Oliver Sacks ocuparon un lugar privilegiado en las góndolas de divulgación científica, en las bibliotecas de miles de familias, en mi acervo más personal y valorado... Se los recomendaba como puertas de entrada a la neurología, ejemplos de cómo la ciencia podía narrarse con belleza y humanidad, de cómo un tipo puede curar y emocionar gente con la misma efectividad. Sin embargo, en los últimos años se consolidó una revisión crítica de su obra que propone mover esos libros de anaquel: ya no como divulgación estricta, sino como no ficción creativa con amplias licencias narrativas, e incluso —para algunos lectores— más cerca de la ficción o de la superchería literaria que de la ciencia.
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En bolas
El debate no apareció de la nada. Surgió a partir de la relectura crítica de sus casos más famosos, del contraste entre los relatos publicados y los registros clínicos disponibles, y de la difusión de materiales personales del propio Sacks (diarios, cartas y entrevistas) en los que reconocía haber embellecido, condensado o directamente inventado detalles para lograr un mayor impacto narrativo. Medios culturales y académicos retomaron observaciones que ya existían desde los años noventa —cuando algunos colegas cuestionaron la verificabilidad de ciertos episodios— y las pusieron en primer plano. El foco no estuvo en acusarlo de fraude experimental clásico, sino en señalar que sus libros fueron leídos durante mucho tiempo como ciencia popular, cuando en realidad respondían a reglas literarias: personajes compuestos, escenas dramatizadas y una verdad más simbólica que empírica.
Las fuentes de esta revisión incluyen artículos periodísticos de largo aliento, análisis historiográficos de la divulgación científica y ediciones críticas de su obra, además de entrevistas tardías del propio autor donde defendía su derecho a “contar verdades humanas” aun a costa de la precisión factual. Esa combinación es la que impulsa hoy el cambio de etiqueta.
Las fuentes de esta revisión incluyen artículos periodísticos de largo aliento, análisis historiográficos de la divulgación científica y ediciones críticas de su obra, además de entrevistas tardías del propio autor donde defendía su derecho a “contar verdades humanas” aun a costa de la precisión factual. Esa combinación es la que impulsa hoy el cambio de etiqueta.
Un engaño peligroso
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Mover un libro de anaquel no es un gesto inocente. La literatura de ficción no debe ser tomada como literatura científica, labura distinto y responde a otros criterios de validación. Aquello que es considerado "un 10" en una obra de ficción poco y nada tiene que ver con un buen libro de divulgación científica. El problema es cuando el lector cree estar aprendiendo cómo funciona el cerebro humano a partir de relatos que, en realidad, tiene fuente Courier 12 interlineado simple.
En ciencia, la anécdota es apenas el comienzo; lo central es la reproducibilidad, la precisión y el método. La ficción —incluso la mejor— opera de otra manera: busca sentido, emoción y coherencia interna. Los libros de Sacks por lo menos conservan una plétora de referencias médicas que, como mínimo, nos acercan a algunos principios neurológicos, nos entreabren la puerta a una disciplina en la que cualquier persona con experiencia te dice que sabemos poco y nada. Justamente eso era lo valioso de la supuesta divulgación de Sacks, pasar en limpio algunos casos para estar a menos cuadras de distancia de un conocimiento totalmente esquivo para nosotros, tanto como para que ya estemos estudiando la Inteligencia Artificial sin todavía tener clara la Inteligencia Natural. Confundir ciencia con ficción puede llevar a ideas erróneas sobre enfermedades, tratamientos o capacidades humanas, y a una confianza indebida en relatos carismáticos. Vendría a ser algo así como reinterpretar el Almohadón de Plumas de Quiroga para terminar buscando en manuales de parasitología al bicho infecto del cuento, o peor aún, cambiar la ropa de cama convencidos de que la literatura acaba de hacer un diagnóstico clínico que tenemos que tener en cuenta. Lewis Carroll rompía mucho las bolas con eso; creer algo porque suena razonable es un tentador error, un sesgo encantador: primero se decide la conclusión y luego se inventa el método. El resultado es una ciencia tan impecable como el Sombrerero Loco, rigurosa solo si uno acepta que el tiempo puede detenerse para tomar el té. El primer axioma que no podemos traicionar es hacernos un verso nosotros mismos, dudar de las cosas, pero da la casualidad de que nosotros mismos somos la persona más fácil de engañar que conocemos. No es fácil salir del autoengaño, y quizá esa sea la reflexión más interesante de toda esta basura que sucede con la, ahora desechable, obra de Oliver Sacks.... De hecho puse un venta 4 libros suyos. El riesgo no es en sí leer a Sacks como literatura, sino en leer literatura -así, en general- viendo que es ciencia.
Por eso, el cambio de góndola importa. Reubicar a Oliver Sacks en el estante adecuado no lo empequeñece como escritor; al contrario, lo aclara. Nos permite disfrutar de su prosa sin pedirle lo que no puede dar, y nos recuerda que la divulgación científica exige una responsabilidad distinta.
Leído como ensayo literario, Sacks sigue siendo fascinante. Leído como manual de neurología, resulta problemático. El nuevo rótulo no borra su influencia, pero protege al lector y al propio concepto de ciencia.
Leído como ensayo literario, Sacks sigue siendo fascinante. Leído como manual de neurología, resulta problemático. El nuevo rótulo no borra su influencia, pero protege al lector y al propio concepto de ciencia.








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