la generación Teletubbie

El otro día me crucé con un video que se volvió bastante viral. Un influencer ubicado estratégicamente cerca de un córner, logra que Messi le dedique una sonrisa fugaz antes de patear. Hasta ahí, nada demasiado extraño. El tema viene después: el tipo rompe en llanto, se agarra la cabeza, declara que es “el mejor video de su vida”, que no va a volver a vivir algo así, que está consagrado por ese instante mínimo en el que un famoso lo miró.
Lo pongo en itálicas antes de seguir, porque sé que hoy la comprensión lectora no abunda: no es una crítica al tipo en sí, ni mucho menos a Messi. Me cae bien Messi, eh. Y tampoco me parece mal pedir un autógrafo o sacarse una foto. Eso existe desde siempre. Lo que me genera ruido es toda la escena como síntoma. Algo ahí habla de cómo estamos viviendo, de qué cosas estamos tomando como hitos personales, de qué entendemos hoy por valor.
Hay una definición que me viene dando vueltas hace tiempo: pauperización cultural. Obvio que hay casos más graves, muchísimo más graves. Pero incluso en estas situaciones aparentemente inofensivas se cuela una idea inquietante: el solo hecho de que un tipo famoso te mire no es un mérito. No dice nada de vos, no construye nada, no te vuelve especial. Y sin embargo se vive como una consagración íntima, casi como una coronación.
Esto es muy propio de lo que, con poca simpatía de mi parte, llamo la generación Teletubbie. Nunca me cayeron bien los Teletubbies; siempre fui ambicioso con mis enemigos. En esa lógica, todo lo que te emociona o entretiene tiene una validación extra, una especie de aura inmanente que no se puede profanar. Si algo te hace llorar, entonces es intocable. Si algo te entusiasma, cuestionarlo es de mala persona. Resulta que criticar eso es como mínimo “ser amargo”. Y si insistís un poco más, directamente sos envidioso, nefasto, resentido o aburrido por osar cuestionar algunos de los valores sacralizados de la cultura actual.
Hay una contradicción interesante acá. Vivimos en una sociedad que se llena la boca hablando de meritocracia, pero al mismo tiempo parece necesitar cada vez menos mérito para destacar. Alcanzó con estar ahí, con captar una mirada ajena, con rozar la fama por ósmosis. Una cosa es admirar, otra muy distinta es construir la identidad a partir de esa admiración reflejada.
Tal vez el problema no sea el video, ni el influencer, ni siquiera el llanto. El problema es cuando ese tipo de escenas dejan de parecernos raras y pasan a ser aspiracionales. Cuando el pico emocional más alto es ser registrado por alguien famoso, aunque sea por error, aunque sea por un segundo. Ahí no hay épica, hay vacío. Y ese vacío, curiosamente, viene envuelto en sonrisas, lágrimas y likes.
No sé si esto es nuevo o solo más visible. Pero sí sé que vale la pena preguntarnos qué estamos celebrando, y por qué. Aunque nos bardeen por hacerlo.

Comentarios

También podés leer