Tierras aparte: Nahwa, el pueblo atrapado dentro de un mapa imposible
Los mapas suelen presentarse como objetos racionales: una colección ordenada de fronteras, colores y nombres. Pero a veces conservan cicatrices. Un exclave es una de ellas: un fragmento de país separado de su territorio principal, una anomalía que parece desafiar la lógica. En esos accidentes del dibujo sobreviven historias de imperios desaparecidos, disputas diplomáticas, lenguas resistentes y comunidades que aprendieron a habitar la excepción. Esta columna toma a los exclaves como punto de partida para hablar de algo más amplio: identidad, memoria, pertenencia y la extraña costumbre humana de dividir el mundo en parcelas para después pasar generaciones intentando explicar por qué lo hicimos.
Tierras aparte: Nahwa, el pueblo atrapado dentro de un mapa imposible
Hay mapas que parecen escritos por la geografía y
otros que parecen redactados por abogados. Como vimos en otras columnas; montañas,
ríos y costas suelen ofrecer cierta lógica visual que hace más fácil entender
por qué una frontera corre por allí y no por otro lado. Y hay lugares como
Nahwa, donde la cartografía deja de parecer una disciplina y empieza a parecer
un chiste.
Para llegar ahí hay que atravesar varias capas de
soberanía. Primero estamos en los Emiratos Árabes Unidos. Luego ingresamos en
Madha, un territorio que pertenece a Omán pero que está completamente rodeado
por territorio emiratí. Hasta ahí ya tenemos un enclave. Pero dentro de Madha aparece
otro enclave: el pequeño pueblo de Nahwa, que vuelve a pertenecer a los
Emiratos Árabes Unidos.
Un enclave dentro de un enclave, una matrioshka
geopolítica.
Si un extraterrestre observara el mapa por primera vez probablemente concluya
que alguien cometió un error, sin embargo, la historia detrás de esta rareza es
bastante más interesante.
A diferencia de muchos exclaves europeos, que suelen
ser el resultado de tratados, guerras o herencias dinásticas, Nahwa nació de
una decisión comunitaria.
Durante los siglos XIX y XX, la región estaba
organizada alrededor de tribus, clanes y redes de lealtad mucho más importantes
que las futuras fronteras nacionales. En aquel entonces ni los Emiratos Árabes
Unidos existían como Estado ni Omán controlaba el territorio con los criterios
administrativos actuales.
Lo que importaba era a quién se juraba fidelidad y las
fuentes históricas señalan que las comunidades de la zona debieron decidir con
qué autoridad regional alinearse. Los habitantes de Madha optaron por vincularse
al sultanato de Omán mientras que los de Nahwa eligieron otro camino y
mantuvieron su lealtad a la tribu Al Qasimi, vinculada a los emiratos que más
tarde formarían parte de los Emiratos Árabes Unidos, independientes desde 1971.
Con el tiempo, aquellas decisiones terminaron
cristalizándose en fronteras y tuvieron como consecuencia el extraño paisaje
político que existe hoy. Este caso invierte una idea muy arraigada en nuestra
forma de pensar el territorio. Solemos imaginar que primero existe un país y
luego aparecen las comunidades que viven dentro de él. Nahwa parece contar
exactamente la historia contraria.
Cuando los Estados modernos comenzaron a dibujar
límites precisos sobre el mapa, descubrieron que las lealtades locales no
coincidían necesariamente con la geometría que pretendían imponer. Nahwa es una
prueba de resistencia comunitaria, una pequeña comunidad que logró conservar
una decisión tomada mucho antes de que existieran las burocracias
contemporáneas.
La vida cotidiana allí no tiene el dramatismo que
podría sugerir el mapa. No hay puestos fronterizos espectaculares ni soldados
vigilando. Los habitantes se desplazan por carreteras que atraviesan
territorios administrados por distintas autoridades y mantienen relaciones
económicas y familiares que muchas veces ignoran las divisiones políticas.
Los observadores externos suelen quedar fascinados
por la extravagancia cartográfica. Los vecinos, en cambio, viven la frontera como
parte del paisaje, del mismo modo que una montaña o un arroyo forman parte de
la rutina de quienes nacieron junto a ellos.
Los Estados tienden a pensar el territorio como una
cuestión de líneas pero las personas suelen experimentarlo como una cuestión de
vínculos. Uno de los efectos más curiosos de Nahwa es precisamente ese. Nos
obliga a recordar que los mapas simplifican. Son herramientas extraordinarias,
pero también reducen la complejidad del mundo para volverlo legible. Allí donde
el cartógrafo dibuja una línea nítida, la realidad suele ofrecer parentescos, intercambios
comerciales, amistades, lenguas compartidas y memorias que atraviesan las
fronteras sin demasiadas dificultades.
No estamos ante una excepción moderna sino frente a un
vestigio de un orden más antiguo. Un tiempo en que la pertenencia no dependía
de un Estado nacional sino de redes de lealtad mucho más flexibles y cercanas.
Mientras Europa pasó siglos intentando simplificar
sus fronteras, Nahwa conservó la huella de una lógica diferente en la que la comunidad
precede a la administración y donde la identidad surge de acuerdos sociales, no
de decretos oficiales.
Al observar el mapa uno podría pensar que está
frente a una extravagancia geográfica pero tal vez ocurra exactamente lo
contrario. Quizás lo verdaderamente extraño sea nuestra costumbre de creer que
las fronteras pueden contener toda la complejidad humana dentro de unas pocas
líneas de tinta que se olvidan de que los dibujitos esos están habitados por
comunidades.
Nahwa nos recuerda que la historia rara vez cabe en
un mapa y que, a veces, una pequeña aldea perdida entre montañas puede
conservar mejor la memoria de una comunidad que los grandes Estados que la
rodean.






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