El Ferrari enterrado
“El esfuerzo por ser rico, por ser célebre o por ser feliz es ya una forma de pobreza”
Fernando Pessoa
A veces una historia delirante ilumina mejor la condición humana que cien tratados de filosofía. En 1974, un plomero californiano llamado Rosendo Cruz decidió comprarle - con dudoso gusto - a su esposa una Ferrari verde. El auto, signo de voluptuosidad, podía ser una suerte de templo del deseo: metal, velocidad, prestigio y grasa. En cierta forma, Cruz no compraba un coche y ta, compraba una versión de sí mismo que creía merecer, se proyectaba sobre un chásis para ofrecerse como obsequio.
Una noche el Ferrari desapareció. Se hizo la denuncia e intervino el seguro del vehículo, de forma tal que el sueño terraja se evaporó entre papeles y promesas. Cuatro años después, dos niños haciendo un agujero en su jardín - no me miren raro, qué, ¿no fueron niños? - descubrieron algo brillante ahí bajo la tierra: el Ferrari, intacto, hibernando, enterrado como si el lujo mismo hubiera querido esconderse de la vergüenza.
A partir de la investigación concluyó que el robo había sido planeado. Que Cruz había querido engañar al seguro fingiendo el robo para ganar el dinero. Lo que no previó fue la torpeza de sus cómplices, que enterraron el auto y olvidaron el lugar. Así terminó el símbolo de su ambición, devorado por la tierra, convertido en el fósil de un deseo mal calculado.
No hay moraleja moralista en esta historia. Hay, en cambio, una poesía involuntaria: la de un Ferrari bajo el suelo, como una ofrenda para Hades. Si bien es una historia del siglo pasado, es la imagen perfecta de nuestra época, donde la ambición se disfraza de picardía, la chantada de astucia y los problemas mentales de éxito.
Enterramos cosas para que no se vean: dinero, culpa, cagadas, amor, mascotas, recuerdos y autos. Pero todo lo que se entierra acaba carcomido, oxidado y triste. El tiempo, que no hace F5 nunca, nos expone con la misma calma con que un niño desentierra un juguete perdido. El Ferrari de Rosendo Cruz fue desenterrado, restaurado, y hoy circula con una matrícula que dice “DUG UP”. Una ironía precisa: lo que fue símbolo de lujo terminó siendo una reliquia del ridículo. Quizás todo lujo sea eso: un modo elegante de prepararse para el olvido.
Una noche el Ferrari desapareció. Se hizo la denuncia e intervino el seguro del vehículo, de forma tal que el sueño terraja se evaporó entre papeles y promesas. Cuatro años después, dos niños haciendo un agujero en su jardín - no me miren raro, qué, ¿no fueron niños? - descubrieron algo brillante ahí bajo la tierra: el Ferrari, intacto, hibernando, enterrado como si el lujo mismo hubiera querido esconderse de la vergüenza.
A partir de la investigación concluyó que el robo había sido planeado. Que Cruz había querido engañar al seguro fingiendo el robo para ganar el dinero. Lo que no previó fue la torpeza de sus cómplices, que enterraron el auto y olvidaron el lugar. Así terminó el símbolo de su ambición, devorado por la tierra, convertido en el fósil de un deseo mal calculado.
No hay moraleja moralista en esta historia. Hay, en cambio, una poesía involuntaria: la de un Ferrari bajo el suelo, como una ofrenda para Hades. Si bien es una historia del siglo pasado, es la imagen perfecta de nuestra época, donde la ambición se disfraza de picardía, la chantada de astucia y los problemas mentales de éxito.
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Enterramos cosas para que no se vean: dinero, culpa, cagadas, amor, mascotas, recuerdos y autos. Pero todo lo que se entierra acaba carcomido, oxidado y triste. El tiempo, que no hace F5 nunca, nos expone con la misma calma con que un niño desentierra un juguete perdido. El Ferrari de Rosendo Cruz fue desenterrado, restaurado, y hoy circula con una matrícula que dice “DUG UP”. Una ironía precisa: lo que fue símbolo de lujo terminó siendo una reliquia del ridículo. Quizás todo lujo sea eso: un modo elegante de prepararse para el olvido.





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