Campione d'Italia, el país donde el vecino era otro
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Hay exclaves que nacieron por culpa de una guerra. Otros son el resultado de tratados mal redactados o herencias medievales imposibles de desenredar. Campione d'Italia pertenece a una categoría distinta: la geografía como cero a la izquierda de la economía.
Apenas uno cruza el
cartel de entrada, todo parece suizo. Los automóviles llevan matrículas
helvéticas, durante décadas los teléfonos utilizaron el prefijo internacional
de dicho país, el correo circuló por el sistema postal suizo y el franco fue la
moneda corriente, mucho antes de que existiera el euro. Sin embargo, geográfica
y culturalmente el pueblo pertenece a Italia. Y no es una metáfora.
Campione d'Italia
es un pequeño municipio italiano completamente rodeado por el cantón suizo del
Tesino, apoyado sobre las orillas del lago de Lugano. Para llegar al resto de
Italia hay que atravesar territorio suizo. En el mapa el terreno funciona como
un experimento involuntario acerca de la identidad y su historia comenzó bastante
antes de que existieran Italia y Suiza.
En el año 777, un
noble lombardo llamado Totón legó aquellas tierras a la basílica de San
Ambrosio, en Milán. El monasterio conservó la propiedad durante siglos, incluso
cuando el territorio circundante fue cambiando de manos. Cuando en el siglo
XVIII comenzaron a fijarse con mayor precisión las fronteras entre los dominios
suizos y los estados italianos, Campione permaneció vinculada
administrativamente a Milán.
Cuando a
comienzos del siglo XIX los antiguos territorios italianófonos bajo dominio
suizo terminaron reunidos en el nuevo cantón del Tesino, Campione quedó afuera.
Su vínculo secular con Milán la mantuvo del lado lombardo. Así, mientras el
territorio circundante consolidaba su pertenencia a Suiza, aquella pequeña
comunidad siguió otro camino y terminó incorporada al futuro Estado italiano. Y esa influencia
era enorme.
La geografía suele
imponer sus propias reglas: Comprar, trabajar, estudiar o simplemente tomar un
autobús resultaba mucho más sencillo mirando hacia Lugano que hacia Milán. Las
montañas acercaban a Suiza y alejaban al resto de Italia. Poco a poco la vida
diaria comenzó a organizarse siguiendo una lógica distinta de la política.
Los habitantes
hablaban italiano —también en el Tesino se habla italiano—, pero utilizaban
servicios públicos suizos, creando una especie de pueblo fantasma en Suiza. La
electricidad, el correo, la telefonía, parte de la asistencia sanitaria y buena
parte de la actividad comercial dependían del país vecino. De hecho, durante
décadas el franco suizo circuló con absoluta naturalidad y los salarios solían
calcularse en esa moneda. Era un pueblo italiano que funcionaba como si
estuviera en Suiza.
La contradicción nunca pareció incomodar demasiado
a sus habitantes
Quizás porque la
identidad rara vez depende exclusivamente de las instituciones. Uno puede
sentirse parte de una comunidad sin utilizar su moneda, sin cruzar
habitualmente su territorio o sin compartir la misma administración cotidiana.
Campione demuestra que pertenecer y vivir no siempre significan lo mismo.
Hubo, sin embargo,
un elemento que terminó definiendo la personalidad económica del lugar, el
casino.
Fundado en 1917, el
Casino di Campione llegó a convertirse en uno de los más grandes de Europa y durante
décadas alimentó la economía local con una prosperidad difícil de imaginar para
un pueblo de apenas unos pocos miles de habitantes. Sus ingresos financiaban
servicios municipales, infraestructura y un nivel de bienestar excepcional.
Parecía una fórmula
perfecta, hasta que dejó de serlo en 2018, cuando quebró después de años de
mala administración y problemas financieros. El golpe fue devastador ya que miles
de empleos directos e indirectos desaparecieron casi de un día para otro y un
municipio acostumbrado a vivir con abundancia descubrió la fragilidad de
depender casi exclusivamente de una sola actividad económica.
La geografía había
creado un exclave que la economía terminó definiendo. Poco después llegó otro
cambio silencioso pero profundo. En 2020 Campione ingresó formalmente en el
territorio aduanero de la Unión Europea. Muchas de las excepciones fiscales que
habían caracterizado al municipio durante décadas comenzaron a desaparecer. La
integración administrativa con Italia avanzó mientras la vida cotidiana seguía
mirando, inevitablemente, hacia Suiza.
Hay algo
profundamente contemporáneo en esa paradoja, ya que durante siglos los Estados
imaginaron que las fronteras organizaban la vida de las personas. Hoy ocurre
con frecuencia lo contrario; el trabajo, el transporte, los mercados y las
redes económicas son los que terminan moldeando el territorio, muchas veces
ignorando las líneas dibujadas sobre los mapas. Campione parece condensar esa
transformación.
El pueblo no
cuestiona la existencia de las fronteras ni propone abolirlas. Simplemente
recuerda que la realidad suele negociar con ellas todos los días. Y quizás por
eso resulte un lugar tan fascinante. Porque allí la identidad nunca necesitó
elegir entre Italia y Suiza. Aprendió a convivir con ambas. Como quien habla
dos idiomas sin sentir que traiciona ninguno o como quien descubre que
pertenecer también puede consistir en habitar una contradicción.
Los exclaves suelen parecernos anomalías cartográficas pero Campione sugiere otra posibilidad: Que las verdaderas anomalías no estén en los mapas sino en nuestra costumbre de creer que una frontera alcanza para explicar la vida de quienes la cruzan todos los días.




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