Lucy Patané, instrucciones para quemar los GPS
Lucy Patané toca la guitarra como si en algún momento pudiera romperla, pero hay una pequeña trampa biográfica detrás de esa imagen: antes que guitarrista fue baterista. Mucho antes, de hecho. Tenía unos cinco años cuando empezó a sentarse detrás de los parches en una casa de Bernal donde había instrumentos, discos y músicos circulando con bastante naturalidad. A los nueve ya tocaba el bajo en Sangre Azul, una banda infantil que compartía con su hermana, y recién después apareció la guitarra, ese instrumento que terminaría quedándose con buena parte de la foto.
La aclaración no es anecdótica; Patané sigue diciendo que la batería es su
instrumento favorito y, más interesante todavía, que muchas veces piensa la
música desde ahí. El ritmo aparece antes que la armonía, como si una canción
tuviera primero que encontrar una manera de caminar y recién después pudiera
decidir hacia dónde va. Alguna vez explicó que incluso imagina la guitarra como
una batería: unas cuerdas funcionan como tambor, otras como bombo. De ahí quizá
venga esa manera tan física de tocar, llena de ataques, silencios, golpes y
pequeños accidentes. La guitarra no está solamente para construir acordes:
también es una cosa de madera a la que se le puede sacar ritmo.
Durante años esa forma de entender la música circuló por proyectos ajenos o
colectivos. Patané pasó por Panda Tweak, La Cosa Mostra, Las Taradas y El
Tronador; trabajó con Paula Maffía, Marina Fages, Diego Frenkel y Natalia
Oreiro, entre muchos otros, además de producir discos y componer música para
cine y documentales. Fue acumulando oficios hasta transformarse en algo más
difícil de clasificar que una guitarrista: productora, arregladora, técnica,
compositora, sesionista y persona-orquesta capaz de agarrar prácticamente
cualquier instrumento que haya quedado descuidado dentro de una habitación.
El esperado proyecto que finalmente fue homónimo apareció en 2019: Lucy Patané,
su debut solista, una especie de inventario artístico de todo lo que hasta
entonces no había encontrado lugar en otras bandas. Hay rock, folk, métricas
torcidas, poesía rutilante, vientos, ruido, momentos casi cinematográficos y
canciones que parecen construidas por alguien que no acepta del todo que una
canción tenga obligación de comportarse como tal. Ella misma hace una
distinción bastante reveladora: no se considera tanto cantautora como
compositora. Algunas piezas nacen de una guitarra, pero otras aparecen desde un
ritmo, una textura o directamente una idea.
Eso explica también por qué puede pasar de una guitarra eléctrica cargada de
distorsión a una acústica de doce cuerdas sin que parezca estar cambiando de
personaje. En el formato solista con el que ya visitó Montevideo, la de doce
adquiría por momentos un tamaño desproporcionado: un instrumento tradicional tratado
con una intensidad que lo alejaba bastante de la postal del fogón. La
afinación, la duplicación de las cuerdas y esa forma medio percusiva de
atacarlas producen una masa sonora donde por momentos parece haber más músicos
de los que realmente están tocando. En otras canciones vuelve a las seis
cuerdas y todo se achica nuevamente.
En 2024 apareció Hija de ruta,
segundo disco solista y una obra más directa, cruda y rockera que la anterior.
Si el debut tenía algo de laboratorio donde Patané tanteó con todos los tubos
de ensayo al mismo tiempo, acá se fue al hueso. Sigue habiendo desvíos, porque
evidentemente pedirle que no se desvíe sería pedirle otra música, pero las
canciones avanzan con una energía más cercana al punk, atravesadas por el hartazgo
cotidiano, la adultez, los trámites, la guita que no alcanza y esa sensación
contemporánea de estar haciendo cosas todo el día sin terminar de llegar a
ninguna parte.
Caminar también es componer. Pero uno de los proyectos más raros
que hizo Patané últimamente ni siquiera necesita un escenario convencional. Se
llamó Área Afectada y fue
desarrollado junto al polifacético Sebastián Verea. En lugar de poner la música
adentro de un disco, decidieron repartirla por algunas cuadras del microcentro
porteño en lo que terminó configurando una especie de acto de rebelión
artística en el lugar que más burócratas por metro cuadrado concentra en el
país.
La idea parece sencilla hasta que uno empieza a pensarla: el oyente camina con
auriculares y un teléfono mientras diferentes músicas, voces y sonidos aparecen
según su posición geográfica. Las composiciones no están distribuidas solamente
en el tiempo, como ocurre en un disco, sino en el espacio. Si alguien dobla en
una esquina escucha una cosa; si el semáforo está en verde y sigue derecho, escucha
otra. Puede acercarse o alejarse físicamente de los elementos de la composición
a medida que lo hace geográficamente. El proyecto se estrenó en diciembre de
2024 dentro del festival Microcentro Cuenta y tiene una duración, técnicamente,
indefinid: el disco termina cuando te cansás de recorrerlo.
La idea da vuelta una relación que ya podemos decir que es bastante antigua.
Desde que existen los auriculares portátiles usamos música para separarnos de
la ciudad: vivimos escuchando música, y muchas veces nos dejamos los
auriculares en silencio para que nadie nos hable. El auricular construye una
pequeña habitación privada alrededor de la cabeza, una especie de prótesis-párpado
que nos permite bloquear el oído y convierte el paisaje en un videoclip
involuntario. Área Afectada hizo casi lo contrario. Obligó a la música a mirar
dónde estamos, hizo que geografía y sonido se empantanen. Entonces una esquina
dejó de ser solamente una esquina, un edificio funcionó como un instrumento,
una cuadra como un compás y caminar veinte metros era como darle FF en un
radiograbador a tu cassette de cromo para adelantar una canción. Incluso
aparece una paradoja bastante linda: el oyente, que normalmente ocupa el lugar
más pasivo de la cadena musical, empieza a tomar decisiones compositivas sin
saber música. Elegir por dónde caminar modifica la obra. Perderse también.
Y quizá ahí haya una intuición más grande sobre nuestra relación actual con las
ciudades. Vivimos rodeados de sistemas de geolocalización que utilizan nuestra
posición para decirnos dónde comprar hasta falopa, cuánto falta para llegar a
no sé dónde o qué bondi tomar... hasta cuánto falta para que llegue sabemos
ahora, ni siquiera somos dueños de la angustia de no saber cuando llega el
bondi. El GPS convirtió el espacio urbano en información útil, cada punto del
mapa parece obligado a servir para algo y “Ud
está aquí” por momentos parece una amenaza más que una orientación. Área Afectada
utilizó exactamente esa tecnología para una actividad completamente
improductiva: escuchar arte. El mismo puntito azul que habitualmente sirve para
llegar más rápido ahora sirve para contemplar arte. Hay algo discretamente
político en recuperar de esa manera una tecnología diseñada para orientarnos.
Porque una ciudad no está hecha solamente de lugares sino de lo que nos pasó en
ellos. Todos tenemos esquinas insignificantes para los demás que funcionan como
monumentos privados: acá dimos un beso, acá nos llegó una noticia de mierda,
acá dejé un libro que disparó una relación romántica, acá caminamos una noche
sin saber demasiado qué hacer con nosotros mismos. Google Maps puede registrar
perfectamente las coordenadas pero no tiene la menor idea de todo eso. La
geografía humana siempre contiene información que el mapa pierde. Patané y
Verea filtraron música gota por gota justamente dentro de esa grieta entre lo
que pretenden que la tecnología haga y lo que puede hacer.
Esa es Lucy
Patané, y el próximo viernes 6 de noviembre vuelve a Montevideo. Ya había
estado de este lado del río en formato solista -en 2023 llegó por primera vez
con su arsenal de guitarras, y luego regresó para tocar en Sala Corchea-, pero
esta vez el asunto cambia de tamaño: viene con banda, a Sociedad Urbana de
Villa Dolores, un lugar que cada vez toma más épica en el circuito de escenario
montevideanos.
Tal vez sea el formato más adecuado para verla ahora. Después de tantos años
componiendo desde una batería aunque tenga una guitarra colgada, grabando
instrumentos ella misma y construyendo música incluso sobre las coordenadas de
una ciudad, Patané vuelve a algo bastante elemental: varias personas encerradas
en una misma canción, escuchándose y tratando de llegar juntas al final. Por
suerte, para algo tan hermoso todavía no inventaron un GPS.





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