John Frusciante y el placer de escapar de John Frusciante
Maya es una obra instrumental, llena de samples, breaks y beats, que por momentos parece estar bastante más cerca del universo de Aphex Twin que de lo que históricamente entendimos por un disco solista de uno de los guitarristas más reconocibles de las últimas décadas. Pero quizá el error esté justamente ahí: en esperar de John Frusciante un disco de John Frusciante. Porque si existe algo parecido a una constante en su carrera no es un sonido, ni una formación, ni siquiera un instrumento. Es el placer de escapar del lugar en el que acaba de ser colocado. Nada se parece demasiado a sí mismo en el mundo de Frusciante, quien demostró hace tiempo que no iba a calzar con el cliché arquetípico del guitarrista atormentado que linda entre la sobredosis, la genialidad y la muerte prematura. Estuvo peligrosamente cerca de convertirse en ese personaje, y le picaron el boleto pero sobrevivió. Y desde entonces parece haberse dedicado a desmontarse a sí mismo pieza por pieza.
Maya vuelve a desconcertar a una industria que
lleva décadas dramatizando la creación artística, intentando convertir músicos
en mártires y tragedias personales en argumentos de venta. Como si detrás de
cada obra hubiese que encontrar necesariamente un trauma; como si el artista
tuviera que demostrar permanentemente que no es un robot mediante alguna forma
de chequeo de sufrimiento. Frusciante
hizo exactamente lo contrario y se convirtió voluntariamente en máquina: Secuenciadores,
sintetizadores, samples, cajas de ritmos. Esta vez la guitarra no ocupa el
centro de la habitación.
Si querían volver a colocar al Red Hot Chili Pepper
en alguna góndola reconocible, con Maya van a tener problemas. El disco se
nutre de jungle, breakbeat, hardcore y distintas vertientes de la música
electrónica que Frusciante lleva años investigando. También está dedicado a
Maya, la gata que lo acompañó durante casi quince años. Y hay algo curioso en
esa combinación: posiblemente uno de sus discos más mecánicos lleva el nombre
de uno de sus vínculos más íntimos, uno de sus gatos.
John también ha hablado de su progresiva pérdida de
interés por cantar y escribir letras de la manera en que lo hacía
anteriormente. Escuchado desde esa perspectiva, Maya no parece un capricho
lateral de un guitarrista famoso jugando con máquinas sino la consecuencia
lógica de un músico que lleva décadas preguntándose cuánto puede alejarse de
aquello que los demás esperan que haga. Y la pregunta resulta especialmente
interesante tratándose de alguien cuya identidad pública quedó inevitablemente
asociada a una guitarra.
El tipo
que rompió el ticket para entrar al club de los 27. Cuentan
que en 1988 Hillel Slovak, primer guitarrista y uno de los fundadores de Red
Hot Chili Peppers, le preguntó a un joven fan llamado John Frusciante si
seguiría queriendo a la banda en caso de que se volviera masivamente popular.
John respondió que no: según aquella historia, el éxito arruinaría aquello que
hacía especial al grupo. Cuestión que ese mismo año Slovak murió por una
sobredosis y poco después, el adolescente Frusciante pasó de fan a guitarrista
de Red Hot Chili Peppers. 18 años son pocos cuando la contradicción estaba servida.
Desde entonces, la tensión entre popularidad e
identidad atravesaría prácticamente toda su carrera. Sus discos solistas pueden
escucharse como el reverso necesario de su participación en una de las bandas
de rock más convocantes del planeta: el lugar donde podía hacer exactamente
aquello que no daba hacer frente a miles de personas.
Por eso quizá sea insuficiente llamar a esos discos
simplemente “proyectos paralelos”. Son el laboratorio donde Frusciante parece
haber intentado averiguar qué queda de un músico cuando desaparecen las
expectativas que existen sobre él.
Su producción fuera de Red Hot Chili Peppers es
enorme y estilísticamente difícil de reducir a una sola dirección, pasando de
grabaciones domésticas casi espectrales a vibrantes canciones de estructura
pop, guitarras acústicas, experimentación, ambient, sintetizadores, acid y
electrónica, que le permitieron atravesar varios de los años más oscuros de su
vida.
Después de abandonar por primera vez Red Hot Chili
Peppers en 1992, su consumo de sustancias se volvió cada vez más destructivo,
haciendo que la imagen del intenso guitarrista que había tocado en Blood Sugar
Sex Magik fuera sustituida durante años por la de un hombre físicamente
devastado. Heroína, cocaína, aislamiento y una salud deteriorada hasta extremos
difíciles de separar de la mitología que posteriormente se construiría
alrededor suyo.
La historia de Frusciante es tan extraordinaria que
resulta demasiado tentador convertirla en una historia sobre un falopero
romantizado pero la realidad es que lo interesante ocurrió después.
Y si algo
se desenvuelve, así se supone que sea. Nacido en 1970, tenía 27 años cuando inició el
proceso que terminaría alejándolo de aquella vida turbulenta. Su cuerpo ya
acumulaba las consecuencias: graves problemas dentales, cicatrices y lesiones
que requirieron tratamiento. Había sobrevivido, literalmente, a la edad que la
cultura popular había convertido en una profecía para los músicos, y una parte
importante de su obra posterior puede entenderse desde ahí.
John no hizo del sufrimiento una residencia
permanente sino que cambió la heroína por el sonido y se puso a grabar hasta
vaciarse. En determinados períodos pareció componer con la urgencia de alguien
que había descubierto que las horas del día no eran suficientes para todo lo
que quería crear. A comienzos de los 2000 empezó una etapa de productividad
casi absurda, que alcanzaría su punto más delirante en 2004, cuando publicó
Shadows Collide with People, The Will to Death, DC EP, Inside of Emptiness y A Sphere
in the Heart of Silence, con apenas algunos meses de diferencia... Cinco discos
en un solo año, y no eran descartes acumulados en un cajón sino posiblemente
las mejores obras de su carrera solista. En ellos hay rock, canciones
acústicas, experimentación, melodías pop, guitarras abrasivas y varias de sus
canciones más hermosas. Lo llamativo no era solamente la cantidad, sino la
sensación de estar escuchando a alguien para quien grabar se había convertido
en una forma de respirar, Frusciante parecía utilizar el estudio como otros
utilizan un cuaderno de apuntes.
Más tarde llegarían discos como The Empyrean,
probablemente uno de los puntos culminantes de esa etapa, pero también un
alejamiento cada vez más decidido de la identidad que el público había construido
alrededor suyo, porque después de demostrar hasta el cansancio que podía hacer
discos de guitarras, empezó a interesarse por no hacerlos y darle lugar a sintetizadores,
secuenciadores, acid house, jungle y drum machines.
Durante años, buena parte del público continuó
preguntándose cuándo volvería “el verdadero Frusciante”, porque cuando un
artista no se parece a lo que ya conocemos, su público comienza a preguntarse
qué viaje le pegó esta vez. Los fans suelen reclamarle a los músicos que toquen
cien veces la misma canción con distinta letra. Y es que hay una paradoja
bastante cruel en la carrera de John Frusciante: cuanto mejor cumplía el papel
que el mundo esperaba de él, menos parecía querer interpretarlo. Su guitarra
fue fundamental para transformar a Red Hot Chili Peppers en una máquina global
de canciones. Basta escuchar los espacios que deja entre las notas, la geografía
de algunos riffs o la capacidad para construir melodías que parecen inevitables
una vez que existen. Pero eso que para cualquier violero habría sido el sueño
definitivo - ser reconocido inmediatamente después de tocar tres notas -
terminó funcionando también como una jaula de sonido. John siempre tuvo una
relación problemática con la fama, durante su primera etapa en Red Hot Chili
Peppers esa tensión llegó a manifestarse sobre el escenario, cuando el éxito de
la banda empezó a crecer a una velocidad que parecía resultarle insoportable.
Aprendés
a conducir fuera de foco. Cuanto más incómodo estaba con el éxito, más
famoso se volvía. Cuanto más intentaba alejarse del personaje, más fascinación
generaba en sus seguidores. Y cuanto más intentaba desaparecer detrás de la
música, más gente quería saber dónde se había metido John Frusciante. En
2004, durante una visita a Buenos Aires junto a The Mars Volta, alguien
fotografió a Frusciante arrodillado en la puerta de un hotel, hablando con una
niña. Omar Rodríguez-López aparece detrás, esperando. John ya era una figura
mundial, pero en esa imagen no hay nada que recuerde a una estrella: no hay
guitarra, escenario ni distancia. Está simplemente ahí, a la altura de la niña,
conversando. Como si después de pasar tantos años intentando escapar de la
imagen que los demás habían construido de él, también hubiera aprendido a
desaparecer de ella en los lugares más pequeños.
Sus discos solistas fueron durante mucho tiempo una
manera de resolver esa contradicción haciendo canciones tiernas y furibundas sin
la obligación de escribir el próximo Under the Bridge. Podía tocar una guitarra
sin que necesariamente tuviera que aparecer un riff destinado a un estadio.
Maya lleva esa fuga un paso más lejos, porque aquí
Frusciante ya no necesita demostrar que es guitarrista sino que parece querer desaparecer
detrás de las máquinas.
Escuchado sin conocer quién firma el disco, Maya
difícilmente conduciría inmediatamente hacia Red Hot Chili Peppers. No hay una
voz reconocible que funcione como ancla, tampoco existe el virtuosismo de
guitarra que muchos podrían esperar de un álbum firmado por Frusciante, es todo
ritmo, texturas, repeticiones, capas que aparecen y desaparecen. Percusiones
programadas que se deforman y melodías electrónicas que parecen perseguirse la
cola en círculos.
El parentesco con Aphex Twin ayuda a ubicar
rápidamente el territorio, aunque utilizarlo como única referencia también
puede resultar engañoso. Frusciante no llegó accidentalmente a la electrónica
ni decidió un día guardar la Stratocaster para comprobar qué ocurría al
encender un sintetizador. Su relación con estas músicas llevaba años
desarrollándose, tanto en sus escuchas como en sus propios lanzamientos. Por
eso Maya funciona mejor cuando deja de escucharse como “el disco electrónico del
guitarrista de los Red Hot”, ya que es exactamente al revés. Es un disco
electrónico hecho por un músico que, entre muchas otras cosas, toca la guitarra
en Red Hot Chili Peppers.
La diferencia parece mínima, pero cambia completamente
la escucha, porque Maya no necesita justificar por qué no hay grandes solos ni
canciones destinadas a ser coreadas. Tampoco intenta demostrar que Frusciante
puede hacer electrónica, simplemente la hace. Y quizá ahí esté la parte más
coherente de toda esta historia. Durante años se dedicó a sabotear - literal y
simbólicamente - los lugares en los que sentía que empezaba a quedar atrapado.
Abandonó una de las bandas más grandes del mundo cuando comenzaba a conquistar
el planeta. Regresó y se tomó el palo de nuevo. Hizo discos de canciones para
luego dejar de interesarse por las canciones. Construyó una identidad como
guitarrista y después entró a publicar música en la que la guitarra era un
decorado. Cada vez que creemos saber qué debería hacer John
Frusciante, él parece perder el interés en hacerlo.
Tal vez por eso dedicar un álbum electrónico a una
gata llamada Maya termine siendo un gesto mucho más representativo de
Frusciante que cualquier gran declaración artística. Después de décadas de
fama, adicciones, rehabilitación, estadios, discos, huidas y regresos, podría
haber convertido cada nuevo lanzamiento en otro capítulo de su propia leyenda.
Suena al gesto de alguien que, después de pasar media vida intentando escapar de lo que los demás querían que fuera John Frusciante, finalmente entendió que no tenía ninguna obligación de parecerse a sí mismo.






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