La frontera y sus fantasmas, Büsingen, el pueblo alemán que vive en Suiza

Hay una manera bastante sencilla de saber en qué país estamos: mirar qué moneda llevamos en el bolsillo, pero no, no siempre funciona. Büsingen am Hochrhein pertenece a Alemania, sus habitantes votan en elecciones alemanas, tienen cédula alemana, obedecen a un alcalde alemán y administrativamente forman parte del estado de Baden-Württemberg. El problema empieza apenas uno intenta salir del pueblo: en cualquier dirección aparece Suiza.

Büsingen está completamente rodeado por territorio suizo. Pero lo verdaderamente interesante no es que Alemania haya dejado una pequeña isla dentro de otro país, después de recorrer tantos exclaves esa clase de anomalía empieza incluso a parecernos normal. Lo extraño es todo lo que ocurrió después: con el tiempo, la vida cotidiana terminó adaptándose mejor a la geografía que la soberanía. Políticamente Büsingen es Alemania pero económicamente funciona como Suiza. Y para entender cómo se llegó a semejante arreglo hay que retroceder hasta una pelea bastante más personal de lo que uno esperaría encontrar detrás de una frontera internacional.

El hombre que buggeó  el mapa. A fines del siglo XVII Büsingen pertenecía a los dominios austríacos de los Habsburgo, aunque estaba profundamente vinculado con la cercana ciudad suiza de Schaffhausen. Allí aparece Eberhard Im Thurn, señor feudal de Büsingen y protagonista involuntario de una historia que lo terminaría sobreviviéndo varios siglos.

1693. Después de conflictos familiares y religiosos, Im Thurn fue secuestrado en Büsingen por miembros de su propia familia y llevado a Schaffhausen, donde las autoridades lo encarcelaron. Para Austria aquello no era solamente un problema judicial: ciudadanos de otro territorio habían entrado en sus dominios, capturado a uno de sus representantes y se lo habían llevado.

La discusión escaló de una manera espectacularmente desproporcionada. Hubo presiones diplomáticas, penitencias económicas y hasta movimientos de tropas. Schaffhausen terminó liberando a Im Thurn, pero los austríacos no olvidaron fácilmente el asunto. Cuando años después la ciudad suiza consiguió comprar territorios vecinos, Büsingen quedó afuera. La intención fue bastante simplona y maravillosamente humana: trolear a Schaffhausen, y funcionó.

Las guerras napoleónicas terminaron desarmando aquel mundo y Büsingen pasó finalmente a formar parte de Baden, que mucho después terminaría integrado en Alemania. Suiza creció alrededor, como una enredadera y el resentimiento de unas autoridades del siglo XVII acabó materializado en geografía. Es difícil imaginar mejor demostración de que los Estados también pueden heredar rencores ajenos.

Ser alemán y vivir suizo. El problema es que los mapas pueden conservar una situación durante siglos, pero alguien después tiene que vivir ahí, con dos códigos postales y dos monedas de cambio. Büsingen fue desarrollando una relación económica cada vez más estrecha con Suiza. Era inevitable ya que Schaffhausen está al lado y el resto de Alemania, no. Buena parte del comercio, el trabajo y los movimientos cotidianos de sus habitantes miraban hacia el país que los rodeaba.

La solución terminó siendo casi tan extraña como el problema: En 1964 Alemania Occidental y Suiza firmaron un tratado específico para Büsingen: el pueblo continuaría siendo políticamente alemán pero quedaría integrado al territorio aduanero suizo. En otras palabras, Alemania conservó la soberanía mientras aceptaba que, para una cantidad importante de asuntos económicos, la geografía había ganado. Por eso las mercancías circulan libremente entre Büsingen y Suiza, mientras que su movimiento hacia el resto de Alemania está sujeto a reglas aduaneras. Incluso determinadas normas suizas se aplican dentro del territorio alemán en cuestiones vinculadas con impuestos indirectos, agricultura, comercio o sanidad. Suiza recauda allí su IVA y existe hasta un acuerdo para devolver una parte de esa recaudación al municipio.

La soberanía, cuando uno la mira de cerca, empieza a parecer bastante menos indivisible de lo que nos enseñaban en la escuela. También aparece en algo mucho más elemental: la plata. El euro es la moneda oficial porque Büsingen sigue siendo Alemania, pero el franco suizo tiene un peso enorme en la vida cotidiana. No hace falta organizar una crisis diplomática para entender por qué. Basta imaginar a alguien que trabaja, compra o cobra del otro lado de una frontera que prácticamente no percibe.

Büsingen tiene incluso dos códigos postales: uno alemán y otro suizo. Una carta puede llegar al mismo pueblo siguiendo dos sistemas nacionales diferentes. Parece una curiosidad para coleccionistas de estampillas, pero resume bastante bien el lugar: las instituciones alemanas y las suizas se superponen porque ninguna, por sí sola, alcanza para explicar cómo funciona.

Hubo un momento en que los propios habitantes intentaron resolver la contradicción de una forma bastante directa. En 1918, después de la Primera Guerra Mundial, una enorme mayoría votó a favor de incorporarse a Suiza. El cambio nunca ocurrió. Suiza no consiguió ofrecer a Alemania un territorio apropiado para realizar un intercambio y Büsingen siguió siendo alemán.

Hay algo extraño en que un pueblo pueda votar masivamente para cambiar de país y que la respuesta final sea que no hay un pedazo de tierra adecuado para hacer el trueque. Sin embargo, quizá lo más interesante sea que Büsingen terminó encontrando otra solución. No resolvió la contradicción: aprendió a administrarla. Hoy no hace falta elegir permanentemente entre Alemania y Suiza porque ambas aparecen de maneras distintas. Una proporciona ciudadanía, representación política y buena parte de las instituciones, mientras que la otra organiza buena parte del espacio económico inmediato. El pueblo demuestra que pertenecer a un Estado puede significar cosas bastante diferentes según qué aspecto de la vida estemos mirando.

Ahí está la rareza verdadera de Büsingen; solemos imaginar la soberanía como una propiedad absoluta. De este lado manda un país y del otro, otro. Büsingen muestra algo bastante menos elegante: los Estados negocian, prestan funciones, comparten competencias y aceptan excepciones cuando la realidad vuelve impracticable la pureza del mapa. Quizás por eso este pequeño pueblo resulte más interesante que muchos territorios disputados. Nadie necesita borrar Alemania para reconocer que Büsingen vive inevitablemente dentro de Suiza. Tampoco hace falta convertirlo en suizo para aceptar que una frontera puede separar políticamente aquello que la economía y la vida cotidiana volvieron a juntar.

Después de más de trescientos años, la venganza de unos funcionarios austríacos todavía existe. Pero tuvo un resultado que probablemente ninguno de ellos hubiese imaginado, al producir un lugar donde un ciudadano puede ser inequívocamente alemán mientras compra, trabaja y organiza buena parte de su vida mirando hacia Suiza.

A veces un país termina exactamente donde indica el mapa. Otras veces, para descubrir dónde termina de verdad, conviene mirar qué moneda lleva la gente en el bolsillo.

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