TRES BOCAS: GRAFITIS PARA UN HOTEL QUE YA NO TIENE HUÉSPEDES

En el Delta las cosas no parecen abandonarse del todo. Más bien se las entrega lentamente al agua, a la humedad, a las plantas y, finalmente, a la gente que pasa y deja escrito que pasó. el viejo Hotel Tres Bocas es un buen ejemplo.

Juntando hongos

Está ahí, en una de las zonas más transitadas del Delta de Tigre, cerca de la confluencia del río Sarmiento con los arroyos Abra Vieja y Santa Rosa. Alguna vez fue un hotel y hoy es otra cosa bastante más difícil de clasificar, una especie de pulpo de pasillos con más mugre que luz. Una ruina, así les llaman, pero también un enorme lienzo urbano. 

Llegué hasta ahí acompañado de mi curiosa hija y mi providente ángel de la guarda, 
haciendo algo que hace banda de tiempo no hacía: exploración urbana -aunque en este caso habría que decir exploración isleña - y fotografiar grafitis, algo que acá en la idioteca tiene hasta un tag. Porque una de las cosas fascinantes de los edificios abandonados es que cuando desaparece su función original aparece inmediatamente otra. Donde antes había habitaciones, ahora hay firmas. Donde había huéspedes, hay nombres de personas que probablemente estuvieron veinte minutos. Donde alguien eligió alguna vez el color del empapelado, otro decidió muchos años después escribir PRINCESA, y todo eso convive bastante bien.  
El edificio conserva todavía suficientes detalles como para imaginar lo que fue. Pisos de mosaicos, galerías, algunas barandas (otras escaleras son un desafío), habitaciones comunicadas por pasillos largos y paredes que todavía conservan papeles y colores de otra época. Pero alcanza con levantar un poco la cabeza para recordar que la nostalgia arquitectónica tiene formas bastante crueles de congelar las cosas. El hormigón está desprendido en varios sectores y deja ver algunos hierros y el interior de unas paredes de cartón-piedra bajo cielorrasos víctimas de la ley de la gravedad, con muchas habitaciones directamente comunicadas por boquetes enormes. La humedad hizo su trabajo con una perseverancia que cualquier empleado público envidiaría. La naturaleza, mientras tanto, ya presentó los papeles para quedarse con el inmueble.

Un hotel en medio del agua

El Tres Bocas pertenece a esa época en que el Delta no era solamente un lugar al que ir un domingo a comer algo mirando pasar lanchas.
Los recreos y hoteles isleños fueron durante buena parte del siglo XX lugares de vacaciones y encuentro. Se llegaba en embarcación, se pasaban días enteros allí y el aislamiento formaba parte del atractivo. El Hotel Tres Bocas terminó siendo tan importante para el lugar que el nombre sobrevivió al propio establecimiento. Entrados los años 70 el hotel desapareció y "Tres Bocas" quedó. Hay algo bastante perfecto en eso: los edificios creen que son permanentes y al final lo que sobrevive es el nombre. 

Después del hotel 

La historia, además, tiene una segunda ruina. Décadas después del cierre del establecimiento, el predio seguía abandonado y había llegado a un estado suficientemente peligroso como para preocupar a los vecinos. En 2013, el Municipio de Tigre tomó posesión del predio y de lo edificado con la intención declarada de revertir el abandono. En 2015 comenzó allí un proyecto bastante ambicioso: un Centro de Gestión Comunitaria para los habitantes y visitantes de las islas. Antes de empezar limpiaron el parque, podaron árboles y demolieron algunas construcciones consideradas peligrosas. Después empezaron a construir pero el ambicioso proyecto fracasó, dejando ahora un esqueleto anexo al hotel original. Otro fantasma de cemento, mucho más joven: estructuras de hierro -algunos retorcidos a un nivel absurdo- y hormigón polvoriento.
Es una situación arquitectónicamente bastante curiosa.
Una ruina vieja acompañada por una ruina nueva. El fracaso del siglo XX y el fracaso del siglo XXI compartiendo terreno, casi como demostrando una misma forma público-privada de administrar construcciones. No pude encontrar documentación suficientemente firme que explique por qué aquel proyecto municipal quedó inconcluso. Y antes que inventarle al lugar una conspiración, una quiebra, una inundación bíblica o un funcionario escapando en lancha con una bolsa de cemento, prefiero dejar la pregunta abierta...

Nuevos huéspedes

Adentro del hotel hay grafitis por todas partes, como pueden ver. Algunos tienen elaboración, colores, contornos y una intención estética evidente. Otros pertenecen a esa forma más elemental de arte rupestre contemporáneo consistente en escribir un nombre para informar a la posteridad que el Brian estuvo ahí.
También hay declaraciones ciertamente conmovedoras
No sabemos quién fue el Brian, pero lo importante parece ser que el Brian estuvo ahí y nos lo hizo saber. Las paredes acumulan capas de épocas diferentes y eso es probablemente lo que más me interesó fotografiar, porque el grafiti en una ruina funciona distinto que en una pared de la ciudad. No solamente ocupa una superficie, dialoga involuntariamente con lo que había antes. Estuve tentado a escribir "AL FINAL SÓLO HABÍA UN HOTEL VIEJO" pero estaba más preocupado en vivir que en hacer escenitas artísticas. En una de las habitaciones todavía queda un empapelado antiguo, doméstico, casi delicado. Encima aparecen aerosoles, firmas, corazones, nombres y declaraciones de amor. Palabras que seguramente fueron importantísimas para alguien durante aproximadamente quince minutos y que ahora permanecen en una habitación donde hace décadas duerme algún hippie que se quedó sin lancha para volver a continente, como le llaman. 
No tengo claro si el grafiti arruina la ruina o si la termina, completando una especie de naturaleza ontológica del abandono. Porque hay una diferencia entre pintar una pared abandonada y destruir deliberadamente aquello que todavía queda. Y en Tres Bocas las dos cosas parecen haber ocurrido muchas veces. Hay puertas arrancadas, paredes perforadas, mampostería rota y sectores enteros deteriorados no solamente por el tiempo: el abandono siempre tiene colaboradores.

Habitaciones con números imaginarios

Otra de mis tentaciones graffiteras fue ponerle números imaginarios a las habitaciones. HABITACIÓN 8.27, HABITACIÓN X=279² . (0.009 . √144 + π) / 7), HABITACIÓN ERROR404 y delirios de ese estilo. Caminar por un hotel abandonado produce esa sensación que debe parecerse a la que sentiría un misil antes de hacer impacto.

Un hotel está construido precisamente para recibir gente. Todo en él -pasillos, habitaciones, galerías, escaleras- presupone movimiento humano. Cuando ese movimiento desaparece queda una especie de escenario liminal después de la función. Uno mira una habitación vacía e inevitablemente intenta completarla, una cama, una mesa de luz, valijas... Una ventana abierta al Delta. 
Alguien que llegó en lancha para pasar unos días y que jamás habría imaginado que, muchas décadas después, otra persona entraría con una cámara para fotografiar un grafiti sobre la pared donde alguna vez estuvo apoyado un ropero. 
Tal vez por eso me gustan estos lugares. No porque estén muertos sino porque están llenos de ausencias. El Hotel Tres Bocas tuvo huéspedes, empleados, propietarios, visitantes. Después tuvo abandono, un proyecto municipal que pretendía devolverle alguna utilidad al predio y exploradores, curiosos, fotógrafos, grafiteros, plantas, humedad, (mucha) mugre, y silencio. 
Es decir: sigue teniendo huéspedes, aunque ninguno paga la habitación y casi todos se van antes de que anochezca.

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