La frontera y sus fantasmas: Ceuta

El imperio que nunca terminó de irse

en Voces
Hay imperios que terminan con una batalla, otros con una declaración de independencia y algunos simplemente se van apagando hasta que un día descubrimos que ya no existen. Ceuta es uno de esos lugares donde la historia parece haberse olvidado de avanzar.

Vista desde Europa es una pequeña ciudad española del otro lado del Mediterráneo. Vista desde Marruecos es bastante más difícil de explicar: un pedazo de España y de la Unión Europea en territorio africano, rodeado por Marruecos y separado de la península ibérica por catorce kilómetros de mar.

Después de varias entregas quedó claro que los exclaves terminan hablando menos de geografía que de las distintas maneras en que el poder fabrica territorio. Ceuta agrega otra posibilidad: los imperios pueden morir y, sin embargo, dejar partes del cuerpo funcionando.

Donde terminaba el mundo. La ubicación explica casi todo, Ceuta ocupa una península sobre el estrecho de Gibraltar, justo donde el Mediterráneo se encuentra con el Atlántico. Desde la Antigüedad pasó por manos fenicias, romanas, bizantinas y musulmanas, cambiaron idiomas y banderas, pero todos entendieron lo mismo: importaba por lo que permitía controlar. Los imperios suelen pensar así: un territorio puede valer poco hasta que uno mira el mapa. Y la imagen tiene algo irresistible: durante siglos los europeos imaginaron que por ahí se terminaba el mundo y hoy miles de personas llegan desde África convencidas de que es exactamente allí donde puede empezar otro.

En 1415, setenta y siete años antes de que Colón llegara a América, Portugal tomó Ceuta. Muchos historiadores consideran aquella conquista el primer gran paso de la expansión ultramarina portuguesa. Antes de Brasil, Goa, Macao o Angola estuvo esta pequeña ciudad africana, porque los imperios también son cosas que se van dando, estructuras que empiezan de a poco.

Después ocurrió una de esas vueltas que hacen parecer caprichosos a los mapas. Entre 1580 y 1640 las coronas española y portuguesa compartieron monarca. Cuando Portugal recuperó su independencia, Ceuta permaneció del lado español; esa pertenencia fue reconocida en el Tratado de Lisboa de 1668. Mientras el resto del imperio portugués siguió otro camino, esta pequeña península decidió quedarse donde estaba, y ahí sigue.

España perdió sus dominios americanos, Filipinas, Cuba y territorios africanos. Ceuta, sin embargo, permaneció española. Cambiaron monarquías, repúblicas, dictaduras y mapas enteros pero ella siguió ahí, viendo pasar la historia desde la misma costa.

Marruecos reclama Ceuta y Melilla como parte de su territorio. España sostiene que son parte del país desde hace siglos y que sus habitantes son ciudadanos españoles y europeos. Las dos posiciones parten de lecturas incompatibles del pasado. Y la historia suele tener argumentos para todo el mundo.

La frontera de ahora. Si durante siglos preocupaban los ejércitos que podían llegar desde África, hoy la tensión se concentra muchas veces en personas que llegan solas. Ceuta es una de las dos únicas fronteras terrestres entre la Unión Europea y África: un viejo límite imperial convertido en punto sensible de la migración contemporánea.

En mayo de 2021 quedó brutalmente claro. En unas cuarenta y ocho horas entraron irregularmente alrededor de 8.000 personas desde Marruecos, muchas a nado o caminando con el agua a la cintura; unas 1.500 eran menores. Familias enteras aparecieron sobre la playa mientras soldados, policías y voluntarios intentaban administrar lo imposible.

Detrás había una pulseada diplomática. España había permitido que Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, fuera atendido en un hospital español, algo que irritó a Marruecos. Durante aquellas horas el control marroquí se relajó y la migración terminó convertida en herramienta de política exterior. Miles de personas pusieron el cuerpo en una discusión entre Estados que ocurría bastante por encima de sus cabezas.

Ahí aparece quizás la contradicción más flashera de Ceuta. Durante siglos sus murallas fueron construidas para frenar ejércitos. Hoy buena parte de su infraestructura fronteriza está pensada para detener individuos. Antes preocupaban soldados armados; ahora pueden preocupar un adolescente, una madre con un hijo o alguien que llega nadando. La muralla permanece, lo que fue cambiando es quién está del otro lado.

Y mientras tanto Ceuta vive. Tiene alrededor de 80.000 habitantes en menos de veinte kilómetros cuadrados. Cristianos y musulmanes constituyen sus dos grandes comunidades, junto con históricas colectividades judías e hindúes. África y Europa no solamente se miran: se mezclan todos los días en mercados, comidas, apellidos, acentos y familias.

Por eso cualquier explicación demasiado prolija resulta insuficiente. Decir que Ceuta es “España en África” es cierto, pero explica poco. Llamarla vestigio colonial también deja demasiado afuera. Las ciudades, después de varios siglos, adquieren la mala costumbre de desarrollar una vida propia que no entra cómodamente en nuestras categorías.

Ceuta lleva más de seiscientos años acumulando capas. Debajo de la ciudad europea aparece la portuguesa; debajo, la musulmana; más abajo la romana y la fenicia. Ninguna terminó de borrar a la anterior. Tal vez los lugares funcionen como las personas: también están hechos de todo aquello que alguna vez fueron.

Por eso Ceuta obliga a hacerse una pregunta bastante sencilla pero incómoda: ¿cuándo termina realmente un imperio? Los manuales necesitan fechas porque de otro modo sería imposible estudiar historia. Los mapas tienen menos apuro. A veces conservan durante siglos aquello que los libros ya dieron por terminado. Y Ceuta sigue ahí, a catorce kilómetros de Europa, demostrando que la historia puede cambiar de época, de idioma, de bandera y hasta de protagonistas sin necesariamente cambiar de lugar.

 

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