Dinosaur Jr.: el rugido de los que nunca pidieron permiso
Dinosaur
Jr. nacieron en Amherst, Massachusetts, en 1984, pero antes de consolidar su
identidad fueron otra cosa: venían de la resaca hardcore de Deep Wound, una
banda donde J Mascis y Lou Barlow habían aprendido a tocar como si la
adolescencia fuera un electrodoméstico roto que nadie saber reparar. El primer
avatar se llamó Mogo, y tuvo al emblemático pero desconocido Charlie Nakajima
al micrófono… duró lo que duran las bandas que ya nacen torcidas: tras un
primer concierto en la Universidad de Massachusetts, Nakajima soltó una
diatriba antipolicial tan incómoda que Mascis prefirió disolver el grupo antes
que darle explicaciones a las autoridades. Pocos días después llamó a Barlow y
a Murph, pero no a Nakajima, para ir delineando la personalidad de lo que hoy
conocemos como Dinosaur Jr.: ruido, genialidad, pasivo-agresividad y una
incapacidad casi mitológica para comunicarse. Primero fueron Dinosaur, hasta
que una banda previa llamada The Dinosaurs los obligó a añadir el “Jr.”, como
si incluso el nombre tuviera que sonar a ropa de segunda mano. El debut de 1985
fue una promesa rara; You’re
Living All Over Me, de 1987, fue la revelación; y Bug,
en 1988, fue el disco donde la fórmula quedó galvanizada para siempre: melodías
vulnerables aplastadas por guitarras gigantes que se van montando una sobre
otra, la voz de un tipo que parece no querer estar ahí y solos que entran en modo
animal salvaje rompiendo una puerta a mordiscos.
1985
El proceso no es
lineal, dicen.
La misma electricidad desbocada que los hacía únicos también los partió. Mascis
ejercía un control obsesivo, casi quirúrgico sobre las canciones, hasta el
punto de indicar partes concretas a sus compañeros; la relación con Barlow se desgastó
rápidamente y el bajista fue expulsado en 1989, momento en el que consolidó esa
rabia en Sebadoh, su proyecto alternativo en el depositaba todo el material que
J Mascis no le permitía usar en Dinosaur Jr. Vista a la distancia, esa pelea
luce como un momento reluciente, ya que Sebadoh fue una de las piedras
angulares del movimiento Lo-Fi de los años 90. En ella se condensó la baja
fidelidad como una especie de venganza íntima, con canciones que sonaban a
carta no enviada.
Dinosaur
Jr. siguió con Mike Johnson al bajo y luego sin Murph en las baquetas, con
discos-escuela de los noventa como el obligatorio Green Mind, Where You Been, Without a Sound o el inflamable Hand
It Over, siempre cerca del mercado alternativo pero nunca realmente
domesticado. “Feel the Pain” llegó a
ser su golpe más reconocible, con aquel vídeo de Spike Jonze en el que Mascis jugaba
una partida de golf absurdo por Nueva York, atizando palizas a yuppies y
cruzándose con su alterego musical por ahí. Pero incluso en su momento más
visible seguían pareciendo una banda demasiado rara para ser conquistada por la
industria. Y luego vino lo improbable: la reunión de la formación original en
2005, primero alrededor de las reediciones de sus tres primeros discos, y
después una segunda vida que no dio vergüenza ajena sino una catarata de discos
necesarios: Beyond,
Farm, I Bet on Sky, Give a Glimpse of What Yer Not,
el sublime Sweep It Into
Space y el anunciado There
Near. Dinosaur Jr. tienen esa clase de historia: no la del ascenso
limpio, sino la de una criatura apática que se rompe y recompone para seguir
haciendo ruido con la misma cara de no haber entendido nunca del todo qué
espera el mundo de ella.
Y
quizá por eso importa tanto su carrera. Son sólidos, más o menos tocan siempre
lo mismo y nunca han funcionado como una banda que actúa un personaje, sino
como una que suena exactamente igual que como vive. Rugen con torpeza, belleza,
cansancio y ternura expresada a las trompadas. Siempre estuvieron en ese lado B
del mercado donde no llegan los focos de neón, pero sí los fieles: los que oyen
que debajo del fuzz había canciones pop rotas, que detrás de la imprevisibilidad
de J Mascis había una forma rarísima de emoción, que Lou Barlow no era solo el
bajista sino la herida abierta de la banda, y que Murph era el pulso necesario
para que todo aquello no se convirtiera simplemente en una nube de distorsión. Su
sonido es una contradicción que, de alguna manera, siempre funciona: guitarras abrasivas
conviven con melodías frágiles, casi tímidas, como si Neil Young hubiera aprendido
a tocar con un ampli al palo. J Mascis construye verdaderas murallas de distorsión,
pero debajo de ese volumen hay canciones tan pop como las que podemos oír en
sus discos solista, en los cuales apaga la pedalera para dejarnos varios estribillos
memorables y una sensibilidad melancólica que nunca cae en el dramatismo. Su
voz, desganada y casi indiferente, parece llegar siempre desde el fondo de la
mezcla, como alguien que canta porque no le queda otra, mientras sus solos hacen
exactamente lo contrario: se contorsionan, gritan, desafinan, buscan cada nota
hasta exprimirle toda la emoción posible. Y sin exhibicionismo técnico, porque aunque
Mascis sea uno de los grandes guitarristas de su generación cada solo parece
una conversación consigo mismo, una extensión de la canción más que un
lucimiento. Esa combinación de malhumor, ruido ensordecedor y una
vulnerabilidad que nunca se explicita convirtió a Dinosaur Jr. en una de las
bandas que mejor entendió que el rock podía sonar devastador sin dejar de ser
profundamente humano. Su grandeza no está solo en haber influido a media
genealogía del rock alternativo, ni en haber anticipado una sensibilidad que
después otros venderían mejor, sino en haber conservado una terca honestidad,
hacen lo suyo como si no supieran hacer otra cosa, como quien apreta una tuerca
en una línea de montaje cultural, y esa limitación aparente se vuelve pureza. Mascis
es mucho más que el guitarrista que rechazó ser segunda guitarra en Nirvana
para seguir liderando una banda respetada pero sin masividad, no buscó
reinventarse para parecer joven ni acomodarse para parecer un clásico. Su
carrera tiene la consistencia de las cosas que no necesitan justificarse:
guitarras que siguen sonando como si acabaran de descubrir el dolor, melodías
que se levantan entre escombros y letras enmarañadas, que no explican demasiado,
porque a veces una nota estirada dice más que cualquier confesión. Sus seguidores
tuvieron la suerte de encontrar una banda que no traduce la vida a espectáculo,
sino que la enchufa al amplificador con un sonido que ruge como vive:
desprolijo, fiel, porfiado, frágil, incómodo e inabarcable. Y actúa como suena:
sin pedir permiso, con riffs de guitarra que parece que nunca van a terminar y sin
intentar caerle bien a nadie, sin apagar nunca del todo esa tormenta que, para
algunos de nosotros, ya no es ruido sino hogar.



Comentarios