Se fue Dolly Parton: los árboles recuerdan
Hay personas que pasan por la cultura popular y hay personas que, casi sin que nos demos cuenta, terminan formando parte de ella. Era difícil imaginar un mundo sin Dolly porque parecía haber estado siempre ahí: el pelo imposible, brillantes uñas, el pecho exagerado, la voz cristalina, el humor milimétricamente consciente de sí mismo. Parecía un personaje inventado por alguien que había decidido que la discreción estaba sobrevalorada, pero debajo de todo ese artificio había algo profundamente espontáneo; Parton sabía perfectamente qué estaba haciendo.
Durante décadas dejó que el mundo se riera de sus pelucas
mientras ella escribía algunas de las mejores canciones de la música popular
estadounidense, construía empresas, financiaba educación, regalaba libros a pibes
que estaban en el horno, ayudando además a reconstruir comunidades enteras y
defender a personas que buena parte del país en el que había nacido prefería
mantener en los márgenes. Quizá esa haya sido una de sus mayores genialidades:
consiguió que la subestimaran sin dejar jamás de saber cuánto valía.
Ser
buena gente nunca es neutral. Dolly Rebecca Parton nació
en 1946 en Locust Ridge, entre los Apalaches de Tennessee, en un comunidad de
laburantes y siendo la cuarta de nada menos que doce hermanos. No era de
familia sino de familia excluida. Su padre, Lee Parton, trabajaba en el campo y
en la construcción sin saber leer ni escribir. Su madre, Avie Lee, convirtió
las canciones y los relatos en una manera de mantener unido aquel pequeño
universo familiar, para luego cantar a través de la voz de su hija, cerrando
así un círculo de virtuoso de arte como refugio y forma de transitar.
Dolly creció cantando en una iglesia, improvisando
escenarios en el porche de su casa y usando una lata abollada como micrófono.
Su tío reconoció enseguida algo extraordinario en ella, le consiguió una
guitarra y la ayudó a abrirse camino en la radio y la televisión local. A los
trece años ya había actuado en el principal programa radial de la región, donde
la presentó nada menos que Johnny Cash.
El
personaje que terminó siendo de todos. Dolly nunca intentó borrar
la pobreza de la que venía sino que la convirtió en material artístico. Coat of
Many Colors, una de sus canciones más íntimas, nació del recuerdo de un abrigo
que su madre cosió con retazos porque no podían comprarle uno nuevo. En la
escuela, otros niños se burlaron de ella y Dolly convirtió aquella humillación
en una canción sobre el amor y la dignidad, ese objeto vintage tan difícil de
encontrar en los tiempos que corren.
La política de regalar un libro. Uno de los proyectos de los que Dolly estaba más orgullosa no llevaba su rostro en un escenario sino libros a las casas. Su padre era un hombre inteligente y trabajador que nunca había aprendido a leer ni a escribir. Dolly nunca habló de eso con vergüenza, al contrario; convirtió aquella herida familiar en una misión. En 1995 creó la Imagination Library, con una idea absurdamente sencilla: enviar gratuitamente un libro cada mes a niños pequeños, independientemente de cuánto dinero ganaran sus padres. Lo que comenzó en su condado natal terminó extendiéndose internacionalmente y poniendo cientos de millones de libros en manos de familias. Más allá de la dimensión moral de ese gesto, fue significativo ver cómo una niña que había crecido marginada y conseguido convertirse en una de las mujeres más famosas del planeta, decidió utilizar parte de esa fortuna para asegurarse de que otros niños pobres tuvieran algo que su propio padre nunca tuvo, como si la memoria fuese una infraestructura.
Cuando incendios devastaron Tennessee, ayudó económicamente a las familias que habían perdido sus casas. Durante la pandemia donó un millón de dólares a la investigación que contribuyó al desarrollo de la vacuna de Moderna. Cuando el movimiento Black Lives Matter ocupó el centro de la conversación estadounidense, Dolly dejó clara una idea de Perogrullo pero que a muchos no se les cae: si las vidas negras no estuvieran siendo tratadas como si valieran menos, no habría necesidad de recordarle al mundo que importan. Nunca necesitó construir alrededor de sí misma la identidad de una gran activista, simplemente hacía cosas.
El extraño lavado de Dolly Parton. Acá es cuando aparece una contradicción fascinante. ¿Cómo puede una de las personas más famosas de Estados Unidos haber estado tan involucrada durante décadas en alfabetización, pobreza, igualdad, derechos LGBT+, ayuda ante desastres y salud pública y, sin embargo, no ser inmediatamente recordada como una figura de compromiso social? ¿Cómo consiguió la historia quedarse con la peluca y olvidar tantas veces lo que había debajo? Hay algo parecido a un lavado cultural que ocurre con las figuras demasiado queridas.Cuando alguien consigue ser amado por casi todo el mundo, con los años empezamos a limarle las aristas, convertimos a la persona en estampitas, el mercado se queda con aquello que puede vender sin incomodar a nadie. Dolly se convirtió en la abuelita divertida de Norteamérica, la señora de los brillantes y Jolene.
Tal vez confundimos compromiso con estridencia, y es posible que Dolly haya sido otra cosa. Podía plantarse frente a estructuras profundamente injustas sonriendo, contar un chiste sobre su escote y, mientras todos seguían riéndose, hacer exactamente lo que había decidido hacer.
Dolly inspiró a generaciones enteras de compositoras y cantantes: desde las mujeres que llegaron detrás de ella al country hasta artistas que entendieron gracias a Dolly que vulnerabilidad y ambición no eran conceptos incompatibles. Whitney Houston llevó una de sus canciones a lugares que quizá ni Dolly había imaginado. Más acá, Miley Cyrus creció llamándola madrina e innumerables artistas aprendieron de ella que una mujer podía escribir, interpretar, negociar, producir, poseer, sostener y decidir. Pero quizá su influencia más profunda esté en personas cuyos nombres jamás conoceremos. En algún lugar existe una mujer que se atrevió a marcharse porque escuchó una canción de Dolly, alguien queer que creció en una familia religiosa y descubrió, al verla, que quizá Dios no le odiaba. O un niño que aprendió a leer con uno de los libros que llegaron a su casa porque una mujer de Tennessee nunca olvidó que su padre no había podido hacerlo.
Ahora probablemente comenzará el proceso inevitable de convertirla en leyenda, ya sabemos qué con este sponsor los resulados son siempre los mismos. Vendrán homenajes, recopilaciones, fotografías… Dolly será una peluca rubia flotando sobre la historia cultural estadounidense.
Porque la historia tiene una forma curiosa de recordar a quienes hicieron daño y olvidar lentamente a quienes repararon algo. Parton pasó ochenta años demostrando que la ternura también puede ser una forma efectiva de revolución, quizá la más transformadora. Y ahora que ya no está, queda en nosotros decidir qué parte de ella vamos a recordar, porque como dice un viejo proverbio, el hacha olvida pero el árbol recuerda y Dolly nos dejó una marca.






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