Alaska, el exclave que discute la definición
La respuesta depende más de las palabras que de la
geografía. Después de recorrer tantos casos, esta serie terminó revelando algo
que al principio no era evidente: antes de decidir qué es un territorio,
primero hay que decidir cómo nombrarlo.
Los geógrafos suelen distinguir entre un exclave
propiamente dicho y un territorio separado por otro Estado, pero con acceso
directo al mar. Alaska pertenece a esta segunda categoría. No está
completamente rodeada por otro país, sin embargo, para millones de personas la
experiencia cotidiana es muy parecida. Si quieren llegar por carretera al resto
de Estados Unidos, inevitablemente deberán pasar por Canadá.
La pregunta, entonces, deja de ser técnica y empieza a
ser filosófica. ¿Hasta dónde una definición alcanza para describir la
experiencia de un lugar?
Durante miles de años, Alaska fue el hogar de pueblos
indígenas que aprendieron a vivir en uno de los ambientes más extremos del
planeta. Inupiat, yupik, aleutas, tlingit, haida y muchas otras comunidades
desarrollaron formas de organización adaptadas al hielo, al océano y a las
enormes distancias. Para ellos, las fronteras nacionales simplemente no
existían. Lo que hoy aparece dividido entre Rusia, Canadá y Estados Unidos
formaba parte de un mismo espacio recorrido por generaciones.
Los
mapas llegaron después. En el siglo XVIII comenzaron las
expediciones rusas. El Imperio de los zares encontró en aquellas costas un
territorio inmenso, rico en pieles y con una posición estratégica sobre el
Pacífico Norte. Durante varias décadas, Alaska fue la América rusa. Se fundaron
asentamientos, se establecieron rutas comerciales y la bandera imperial ondeó
mucho más cerca de San Francisco que de Moscú.
Por mediados del S XIX, después de la Guerra de Crimea,
Rusia comprendió que le resultaría muy difícil defender Alaska frente a una
eventual expansión británica desde Canadá. Mantener un territorio tan distante
era costoso y militarmente incierto. Entonces tomó una decisión que en aquel
momento pareció casi absurda, venderlo.
Fieles a su estilo (más de un tercio del país fue
literalmente comprado a otros países, a lo largo de su historia…), en 1867,
Estados Unidos compró Alaska por poco más de 7 millones de dólares, el precio
que hoy tiene un edificio de oficinas VIP en Manhattan. Muchos diarios calificaron
la operación como "la locura de Seward", en alusión al secretario de
Estado William H. Seward, impulsor de la compra. ¿Quién podía gastar semejante
suma en un inmenso desierto helado donde, aparentemente, no había nada? Pero hay
una desproporción que ayuda a entender Alaska: Es el estado más grande de
Estados Unidos: cubre un territorio del tamaño de España + Francia + Alemania +
Italia. Sin embargo, viven apenas setecientas cincuenta mil personas, la mitad
de gente que vive en Montevideo. Es así que el lugar está habitado por
silencio, distancia y una relación distinta con el paisaje.
La historia suele disfrutar de esas ironías. Pocas
décadas más tarde llegaron la fiebre del oro, los grandes yacimientos
petroleros del siglo XX, el desarrollo pesquero y una importancia estratégica
creciente durante la Guerra Fría. Lo que había parecido un gasto extravagante
terminó convirtiéndose en uno de los territorios más valiosos de Estados
Unidos.
Sin embargo, el verdadero aislamiento de Alaska nunca fue
económico. Fue geográfico. Las distancias allí adquieren otra escala. Muchas
comunidades siguen siendo accesibles únicamente por avión o por barco. En
invierno, la nieve y el hielo modifican la vida cotidiana con una naturalidad
que para el resto del continente resulta difícil imaginar. Incluso dentro del
propio estado hay pueblos que viven más conectados con el aire que con las
carreteras. Usan idiomas con palabras que no podemos dimensionar, porque sólo
tienen utilidad en ese contexto. Todo eso produce una relación distinta con el
espacio.
Mientras en buena parte del mundo las rutas unen
ciudades, en Alaska muchas veces son los ríos, los ferris o las pistas de
aterrizaje los que cumplen esa función. La distancia deja de medirse solamente
en kilómetros y empieza a medirse en clima, en horas de luz, estaciones del
año. Quizás por eso la discusión sobre si Alaska es o no un exclave resulta, en
el fondo, secundaria.
Desde un punto de vista estrictamente geográfico, no lo
es. Tiene salida al océano y mantiene comunicación marítima directa con el
resto del país. Pero desde la experiencia cotidiana comparte con los exclaves
una sensación parecida: pertenecer a un Estado que comienza mucho más allá del
horizonte inmediato.
Hay algo curioso en los mapas escolares. Casi siempre
dibujan Alaska en un pequeño recuadro, desplazada hacia la esquina inferior de
la página para que entre junto al territorio continental. Es una solución
práctica. Pero también es una metáfora involuntaria. Incluso cuando aparece en
los atlas, Alaska parece ocupar un lugar prestado.
Tal vez por eso merezca estar en estas columnas, no
porque calce en la definición de exclave sino porque obliga a discutirla. Los
límites conceptuales funcionan de un modo parecido a las fronteras políticas:
ordenan la realidad, pero nunca consiguen contenerla por completo.
Los seres humanos sentimos una extraña necesidad de clasificar el mundo. Inventamos categorías para entenderlo y después nos sorprendemos cuando aparece un lugar que no termina de obedecerlas. Alaska es uno de esos lugares y nos recuerda que los mapas no sólo dibujan países, también dibujan ideas. Y, como ocurre con todas las ideas, siempre aparece algún ejemplo dispuesto a demostrar que los de afuera son de palo, y la realidad es bastante más compleja que los atlas.




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