Alaska, el exclave que discute la definición

Hay territorios que parecen existir para incomodar a los geógrafos, como Alaska. Basta ver un mapa para notar que algo no cuaja. Pertenece a Estados Unidos, pero está separada del resto del país por casi mil kilómetros de territorio canadiense. Para llegar por tierra desde Seattle hasta Anchorage hay que atravesar otra nación. Entonces una duda se nos pianta: ¿Alaska es un exclave?

La respuesta depende más de las palabras que de la geografía. Después de recorrer tantos casos, esta serie terminó revelando algo que al principio no era evidente: antes de decidir qué es un territorio, primero hay que decidir cómo nombrarlo.

Los geógrafos suelen distinguir entre un exclave propiamente dicho y un territorio separado por otro Estado, pero con acceso directo al mar. Alaska pertenece a esta segunda categoría. No está completamente rodeada por otro país, sin embargo, para millones de personas la experiencia cotidiana es muy parecida. Si quieren llegar por carretera al resto de Estados Unidos, inevitablemente deberán pasar por Canadá.

La pregunta, entonces, deja de ser técnica y empieza a ser filosófica. ¿Hasta dónde una definición alcanza para describir la experiencia de un lugar?

Durante miles de años, Alaska fue el hogar de pueblos indígenas que aprendieron a vivir en uno de los ambientes más extremos del planeta. Inupiat, yupik, aleutas, tlingit, haida y muchas otras comunidades desarrollaron formas de organización adaptadas al hielo, al océano y a las enormes distancias. Para ellos, las fronteras nacionales simplemente no existían. Lo que hoy aparece dividido entre Rusia, Canadá y Estados Unidos formaba parte de un mismo espacio recorrido por generaciones.

Los mapas llegaron después. En el siglo XVIII comenzaron las expediciones rusas. El Imperio de los zares encontró en aquellas costas un territorio inmenso, rico en pieles y con una posición estratégica sobre el Pacífico Norte. Durante varias décadas, Alaska fue la América rusa. Se fundaron asentamientos, se establecieron rutas comerciales y la bandera imperial ondeó mucho más cerca de San Francisco que de Moscú.

Por mediados del S XIX, después de la Guerra de Crimea, Rusia comprendió que le resultaría muy difícil defender Alaska frente a una eventual expansión británica desde Canadá. Mantener un territorio tan distante era costoso y militarmente incierto. Entonces tomó una decisión que en aquel momento pareció casi absurda, venderlo.

Fieles a su estilo (más de un tercio del país fue literalmente comprado a otros países, a lo largo de su historia…), en 1867, Estados Unidos compró Alaska por poco más de 7 millones de dólares, el precio que hoy tiene un edificio de oficinas VIP en Manhattan. Muchos diarios calificaron la operación como "la locura de Seward", en alusión al secretario de Estado William H. Seward, impulsor de la compra. ¿Quién podía gastar semejante suma en un inmenso desierto helado donde, aparentemente, no había nada? Pero hay una desproporción que ayuda a entender Alaska: Es el estado más grande de Estados Unidos: cubre un territorio del tamaño de España + Francia + Alemania + Italia. Sin embargo, viven apenas setecientas cincuenta mil personas, la mitad de gente que vive en Montevideo. Es así que el lugar está habitado por silencio, distancia y una relación distinta con el paisaje.

La historia suele disfrutar de esas ironías. Pocas décadas más tarde llegaron la fiebre del oro, los grandes yacimientos petroleros del siglo XX, el desarrollo pesquero y una importancia estratégica creciente durante la Guerra Fría. Lo que había parecido un gasto extravagante terminó convirtiéndose en uno de los territorios más valiosos de Estados Unidos.

Sin embargo, el verdadero aislamiento de Alaska nunca fue económico. Fue geográfico. Las distancias allí adquieren otra escala. Muchas comunidades siguen siendo accesibles únicamente por avión o por barco. En invierno, la nieve y el hielo modifican la vida cotidiana con una naturalidad que para el resto del continente resulta difícil imaginar. Incluso dentro del propio estado hay pueblos que viven más conectados con el aire que con las carreteras. Usan idiomas con palabras que no podemos dimensionar, porque sólo tienen utilidad en ese contexto. Todo eso produce una relación distinta con el espacio.

Mientras en buena parte del mundo las rutas unen ciudades, en Alaska muchas veces son los ríos, los ferris o las pistas de aterrizaje los que cumplen esa función. La distancia deja de medirse solamente en kilómetros y empieza a medirse en clima, en horas de luz, estaciones del año. Quizás por eso la discusión sobre si Alaska es o no un exclave resulta, en el fondo, secundaria.

Desde un punto de vista estrictamente geográfico, no lo es. Tiene salida al océano y mantiene comunicación marítima directa con el resto del país. Pero desde la experiencia cotidiana comparte con los exclaves una sensación parecida: pertenecer a un Estado que comienza mucho más allá del horizonte inmediato.

Hay algo curioso en los mapas escolares. Casi siempre dibujan Alaska en un pequeño recuadro, desplazada hacia la esquina inferior de la página para que entre junto al territorio continental. Es una solución práctica. Pero también es una metáfora involuntaria. Incluso cuando aparece en los atlas, Alaska parece ocupar un lugar prestado.

Tal vez por eso merezca estar en estas columnas, no porque calce en la definición de exclave sino porque obliga a discutirla. Los límites conceptuales funcionan de un modo parecido a las fronteras políticas: ordenan la realidad, pero nunca consiguen contenerla por completo.

Los seres humanos sentimos una extraña necesidad de clasificar el mundo. Inventamos categorías para entenderlo y después nos sorprendemos cuando aparece un lugar que no termina de obedecerlas. Alaska es uno de esos lugares y nos recuerda que los mapas no sólo dibujan países, también dibujan ideas. Y, como ocurre con todas las ideas, siempre aparece algún ejemplo dispuesto a demostrar que los de afuera son de palo, y la realidad es bastante más compleja que los atlas. 

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