La frontera y sus fantasmas: Nakhicheván
El país que siempre queda del otro lado
Hay lugares donde el mapa te hace pensar dos veces. Nakhicheván pertenece a Azerbaiyán, pero a lo largo de ambos se extiende Armenia, como una página arrancada de un libro. Es un exclave, sí, pero también una advertencia: las fronteras rara vez son el final de una historia, casi siempre son el comienzo de algo.
Después de varias entregas esta serie empieza a revelar un hilo invisible. Llívia mostraba el poder del derecho; Baarle, la persistencia del mundo feudal; Nahwa, la fuerza irracional (suponiendo que alguna fuerza no lo sea) de las lealtades tribales; Campione, la economía como ente rector; Kaliningrado, la guerra sobre la memoria y el territorio como palimpsesto cultural; Cabinda, el colonialismo y los recursos naturales. Nakhicheván incorpora otra dimensión que hasta ahora no vimos: el poder de la geopolítica. Ese extraño momento en que los Estados dejan de dibujar mapas para empezar a vivir en ellos. Limitando con Armenia, Irán y Turquía, para llegar al resto de Azerbaiyán no alcanza con seguir una ruta sino que hay que atravesar otro país o viajar en avión. Esa separación, que hoy parece natural, es el resultado de un largo proceso donde imperios, revoluciones y nacionalismos fueron desdibujando las fronteras como quien mueve piezas sobre un tablero.
Durante siglos la región estuvo bajo dominio de distintos imperios persas. Más tarde pasó a manos del Imperio ruso, que avanzó sobre el Cáucaso durante el siglo XIX. Hasta allí la historia era la de tantas otras regiones fronterizas: poblaciones diversas, cambios de soberanía y una convivencia siempre inestable entre comunidades armenias, azeríes, kurdas y persas.
Todo cambió con la caída del Imperio ruso. La revolución de 1917 abrió un período caótico en el Cáucaso. Armenios y azeríes comenzaron a disputar el control de varios territorios mientras nacían repúblicas independientes ad hoc que iban y venían sin demasiado plan. Cuando el Ejército Rojo terminó imponiéndose, Moscú heredó un rompecabezas étnico y político que intentó resolver, medio a la que te criaste.
El mapa que todavía conocemos. En la década de 1920, la Unión Soviética organizó las nuevas repúblicas socialistas. Nakhicheván quedó reconocida como una república autónoma dentro de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, aunque separada físicamente por los armenios. Al mismo tiempo, Nagorno Karabaj -de población mayoritariamente armenia- quedó dentro de Azerbaiyán con otro estatuto autónomo. Las decisiones respondían menos a una lógica geográfica que al delicado equilibrio político que Moscú intentaba administrar en una región donde ninguna frontera dejaba conformes a todos. Mientras estaban bajo el paraguas de la Unión Soviética aquello parecía un problema menor ya que las fronteras internas tenían importaban poco y nada. Un tren podía atravesar varias RRSS sin que nadie mostrara un pasaporte y las divisiones figuraban más bien en mapas administrativos pero no organizaban todavía la vida cotidiana.
La geografía esperaba. La caída de la Unión Soviética en 1991 transformó aquellas líneas internas en fronteras internacionales y, de golpe y porrazo - casi literal -, Nakhicheván quedó aislada del resto de Azerbaiyán. Al mismo tiempo estalló la guerra por Nagorno Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán. Las comunicaciones terrestres quedaron interrumpidas y el exclave empezó a vivir una situación inédita: pertenecía a un país con el que ya no podía comunicarse por tierra.
Mientras el mapa parecía condenar al aislamiento a ese 6% del territorio azerí, la política encontró otras salidas. Turquía reforzó su vínculo con Nakhicheván a través de un breve tramo de diecisiete kilómetros de frontera compartida, que adquirieron un valor estratégico desproporcionado. Además, Irán también se convirtió en un aliado indispensable para el exclave continental más grande del mundo. Así fue como un territorio que parecía periférico pasó a ocupar un lugar central en todos los cálculos diplomáticos del Cáucaso.
Los habitantes fueron familiarizándose con la idea de convivir con esa realidad y crearon una cultura de autosuficiencia cercana a la autarquía. Para muchos de ellos, viajar al resto de su propio país implicaba atravesar otros Estados. Quizás por eso Nakhicheván hoy permite comprender mejor una diferencia que solemos pasar por alto: no todos los exclaves producen la misma experiencia del aislamiento.
Además culturalmente se conservan costumbres soviéticas. Por ejemplo, gran parte del aspecto impecable de la capital se mantiene gracias a una práctica heredada de la Unión Soviética llamada subbotnik: jornadas de trabajo "voluntario" en las que empleados públicos plantan árboles, limpian las calles o realizan tareas comunitarias. Diversos testimonios sostienen que ese voluntariado es, en realidad, obligatorio y que negarse puede traer consecuencias laborales. Esto va en línea con las denuncias de organizaciones de derechos humanos, que describen al gobierno del lugar como fuertemente autoritario.
En los últimos años, especialmente después de la guerra de 2020 entre Armenia y Azerbaiyán, el nombre de Nakhicheván volvió a aparecer en todas las conversaciones diplomáticas. El debate sobre posibles by-pass terrestres, nuevas conexiones ferroviarias y rutas internacionales demuestra que la geografía nunca termina de escribirse. Los mapas parecen inmóviles, pero en realidad viven negociándose.
Hay una imagen que funciona como la parte por el todo: Un pibe que nace en Nakhicheván aprende de chiquito que su país existe pero no empieza donde termina su ciudad. Entre una cosa y la otra hay banderas, controles y memorias, su patria no es continuidad de un mismo paisaje sino una idea más bien abstracta que hay que alcanzar atravesando territorios ajenos.
Solemos creer que la geopolítica pertenece a los presidentes, los generales o los diplomáticos. Sin embargo, también decide por dónde viajan los estudiantes, qué camino toma una ambulancia, cuánto cuesta transportar alimentos o hacia qué horizonte mira una familia cuando imagina el futuro. Porque los mapas no sólo organizan el espacio, sirven de excipiente para el desarrollo de las posibilidades de desarrollo, y hay lugares, como Nakhicheván, donde esa verdad resulta imposible de disimular y el dibujo territorial determina profundamente características culturales de sus habitantes, lo cual es lo mismo que decir que hay ciudades que se reproducen fractalmente dentro de la cultura de sus habitantes.





Comentarios