Trayectos y rebeldías, el lugar de la mujer en el rock argentino
La
musa que canta. Una tibia tarde de noviembre
de 1971 en el barrio porteño de La Paternal, un predio que hervía de juventud y
desobediencia vio a Gabriela Parodi subir al escenario, con un aura que
oscilaba entre la timidez y el vértigo. Vestida totalmente de negro, como si
ese color fuera su refugio y una declaración estética, Parodi se abrió paso
entre cables, hombres que comenzaban a dar las primeras puntadas al enorme
tapiz del rock argentino y un murmullo que pronto se volvería rugido.
Trashumante, Gabriela se había codeado con el mayo francés y la música europea
de mediados de los 60s debido al trabajo de su padre como diplomático en el
viejo continente. Ese día tocó acompañada de una banda liderada por Edelmiro
Molinari guitarrista de Almendra y quien desde hace algunas semanas era pareja
de Parodi. Apenas meses antes había grabado su primer LP, “Gabriela”, junto a
respetados músicos como Lito Nebbia (en piano), Oscar Moro (batería) y con David
Lebón al bajo: una superbanda que, vista hoy parece un sueño improbable.
Aquella ovación inicial - la que casi la derriba cuando empezó a cantar
“Campesina del sol”, su emblema musical - marcó un punto de inflexión: la transformación
que muchas mujeres de los primeros años del rock no pudieron hacer, el pasaje
de la gruppie fascinada, de la musa pasiva al sujeto artístico que compone arte
y se para sobre un escenario. Hoy la historia recuerda a esa entonces jovencita
Gabriela Parodi como la primer mujer que hizo rock en Argentina pero en ese
entonces no fue fácil moverse en una escena hostil, donde su voz diáfana,
femenina y potente, reclamaba un espacio que nadie estaba dispuesto a
concederle del todo. Durante años su relación de pareja con Edelmiro Molinari
se convirtió más en un lastre que en una ventaja, la presentaban como “la novia
de Molinari” más que como una artista con voz propia. Pero ese salto que
Gabriela dio no surgía del vacío sino que retomaba un linaje profundo que venía
latiendo desde muy lejos, en voces que habían moldeado los cimientos del rock
mucho antes de que los relatos oficiales lo admitieran. Allí brillaba Sister
Rosetta Tharpe, la “madrina del rock and roll”, que en los años treinta y
cuarenta empuñó una guitarra eléctrica como si fuera un arma divina y terrenal
a la vez. Su mezcla de gospel, su cultura afrodescendiente, blues y un ritmo
frenético dio forma a lo que décadas más tarde recibiría el nombre de rock,
mientras Elvis, Little Richard y Chuck Berry eran todavía unos niños. Junto a
ella, las pioneras del blues, también afrodescendientes - Mamie Smith, Bessie
Smith, Memphis Minnie -, no sólo grabaron sus primeros éxitos, sino que moldearon
riffs, instrumentos, actitudes y una mitología musical que luego sería
apropiada por varones blancos a escala industrial. Parodi, conocedora de ese
legado, comprendía que las mujeres habían creado el rock, aunque sus nombres
quedaran relegados en los márgenes de la historia, invisibilizadas bajo la
maquinaria masculina del canon.
Gabriela Parodi
Cuando regresó al país, a finales de los años
setenta, todo se sentía ajeno. Las voces en los cafés ya no le hablaban, los
viejos compañeros ni la mencionaban en sus biografías, y el rock - ese que ella
había ayudado a empujar desde sus márgenes - había seguido creciendo sin notar
su ausencia. Vivió entonces con la extraña sensación de ser profeta en tierra ajena:
valorada y celebrada en otros lugares, reducida al pie de página en su propio
país, donde si contaba su carrera quienes la escuchaban no sabían si creerle o pensar
que trataban de hacerles una broma. Con el tiempo llegó también un miedo sutil
pero corrosivo: convertirse en un objeto de museo. Esa cuestión de "la primera mujer que hizo rock" se
fue convirtiendo en un corsé, como si la hubieran atrapado en ámbar, tratando
de convertirla en un fósil viviente. A Gabriela la inquietaba esa etiqueta, sentía
que la empujaba a la inmovilidad, que la transformaba en una reliquia cuando
aún seguía componiendo activamente. Lo que había sido audacia y búsqueda
quedaba encapsulado bajo una categoría que la reducía. Y sin embargo, su voz
continúa allí, abriendo un sendero que todavía hoy, para muchas mujeres y
disidencias en la música, sigue siendo difícil de recorrer.
Metanoia.
En el presente del rock argentino,
donde el aire todavía conserva un eco de viejas respiraciones masculinas, una
frase parece condensar el espíritu de esta época: “Nací teniendo miedo, crecí
teniendo miedo”. Es Marina Fages quien la canta y la murmura hasta llegar
el alarido, como si cada palabra fuera una piedra que decide soltar para caminar
más liviana. Como si se tratara de la mismísima Gabriela Parodi hablando de sus
sentimientos la primera vez que se paró delante de una multitud o de no querer
ser embalsamada en vida por los taxidermistas del arte. Marina Fages armó ya hace
varios años una banda completamente femenina en la que algunas de las
integrantes van mutando pero el espíritu siempre se conserva; un conjunto de
artistas que exploran la vulnerabilidad y la furia con lucidez de filosofas y
la creatividad de quien construye su camino sin demasiados prejuicios.
En sus shows
uno se puede topar con presentaciones performáticas que rozan lo teatral o invitaciones
a calentar la garganta antes de acompañar los guturales con los que Marina
suele rematar varios de los mejores estribillos del rock actual de la Argentina.
La banda resulta paradigmática entre la enorme pléyade de bandas femeninas que
hay actualmente en el ambiente under bonaerense porque además de expresar un
sentimiento para miles de fans, tiene vivencias que dejan claros los desafíos a
los que se expone un grupo de chicas que quieren expresarse con su arte, retos
que no enfrentan grupos integrados por hombres y que para muchos pueden parecer
propios de otra época. El mejor ejemplo de esto se dio cuando fueron convocadas
por los Metallica en 2022 para ser su grupo soporte frente a más de 40.000 almas.
El anuncio se dio oficialmente pocos días antes del recital y las redes sociales
de la banda se llenaron de amenazas e insultos absolutamente irreproducibles. El evento recordó lo sucedido 30
años atrás, en octubre de 1992 cuando Nirvana tocó en Vélez frente a más de
50.000 personas con Calamity Jane, un grupo íntegramente
femenino, como una de las bandas soporte. El público argentino las recibió
arrojándoles monedas, piedras, barro, basura e incluso mostrando sus genitales.
El hostigamiento fue tal que las cuatro integrantes terminaron llorando y
abandonaron el escenario. La banda se disolvió poco después y ese recital fue
una de las principales razones. Algo parecido le sucedió a Meredith Brooks cuando teloneó a los Rolling Stones en 1998. Casi
como cumpliendo con un ritual de masculinidad, ahora digital, Marina Fages
debió vivir algo parecido en la previa. Finalmente, esa noche sumida en la
vorágine y con el escenario respirándole en la cara, terminaron tocando con el
aplomo de quien sabe lo que hace y usa su arte como forma de defensa. El
silencio amenazante se quebró y el miedo terminó transformado en aplausos. Puede
sonar un tanto poético pero no es más que violencia machista expuesta
impúdicamente. Esa tensión —fragilidad contra furia, miedo contra afirmación—
es la que hoy atraviesa a muchas de las mujeres y disidencias que encuentran su
lugar en la escena musical porteña. Lo que antes era un territorio cerrado por
la complicidad masculina, hoy tiene grietas que se abrieron para que el arte se
democratice, supurando voces alternativas que modifican la paleta de sonido que
nos hace sentir identificados e interpelados.
Del mismo
lado de la escena, con treinta años de arte encima, Penadas por la Ley siguen
afilando guitarras como si cada canción fuera un cuchillo contra la
indiferencia. “A los machos les cuesta
hablar de estos temas por temor a que los tilden de gays”, dice Naty, guitarrista
de la banda, y el filo de su voz marca una verdad: incluso ahora, la
incomodidad masculina sigue definiendo muchas fronteras. Como si la igualdad
fuera una provocación, la amenaza de perder algo. En paralelo, el under arma
trincheras propias. Paltax lo resume sin solemnidad: “tratamos de tocar como se nos canta, sin estar
pendientes del virtuosismo o de demostrarle nada a nadie…”. Se trata de uno de los emblemas
del Hardcore feminista, que entre carcajadas y abrazos va demostrando que la
furia también tiene derecho a ser celebrada. En Buenos Aires, cuando estas
bandas suben al escenario, el pogo es distinto: pierde esa violencia
ritualizada del viejo rock barrial y masculino para ganar una electricidad más
ancha y colectiva: un grupo de pares celebrando que ahora el escenario es un
territorio más amplio y donde un pogo puede terminar sin nadie lastimado. Un
grito que cambia de dueño para cantar a coro un himno generacional.
Pero la
transformación no se limita al escenario. En los camarines, en las pruebas de
sonido, en la vida cotidiana del oficio musical, persisten inercias viejas que
funcionan como microagresiones cotidianas. Mailén Eliges, baterista y música de
conservatorio, que supo llevar las baquetas en Marina Fages, lo vive en carne propia: “Me pasa de sentarme en la batería durante una prueba de sonido y que esté
el sonidista preguntando a los gritos dónde está el batero”. O cuando, al
desarmar la batería después de otro músico en un festival, pregunta qué parte
pertenece a quién y recibe “¿Ah, sos de
producción?”, como respuesta. Como si el instrumento todavía fuera un
bastión al que sólo machos pueden acceder. Ahí es cuando vemos que la
autogestión además de ser una forma de sobrevivir es también la expresión de
una imposibilidad: el mercado no acepta que las mujeres hagan arte, el espacio
de lo profesional no está diseñado para integrarlas con la misma vara con la
que miden a los hombres. Es como si las mujeres tuvieran derecho a jugar a que
son artistas pero no a serlo, realmente. Es raro encontrarlas vivendo del arte,
sin importar lo virtuosas que sean con su instrumento, sin darles tampoco
demasiadas explicaciones.
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| Mailén Eliges |
Para
Mailén, la verdadera desigualdad se mide en trabajo: “La diferencia entre
hombres y mujeres hoy es que los hombres viven de esto y las minas no, o lo
hará un 10%”. El juicio también aparece en los detalles, como cuando le dicen “sos
la mejor baterista mujer que vi”, creyendo que la están elogiando. Es casi como
decirle “bastante bien para ser mujer, eh”. La medida nunca es pareja. Para alcanzar
el mismo reconocimiento no alcanza con que sean mejores, deben ser rutilantes.
A veces la violencia se disfraza de caballerosidad. “Ah, ¿tocás la batería? Qué
valiente”, le han dicho alguna vez, antes de regalarle un consejo básico del
tipo “agarrá la baqueta así” a una artista que estudia percusión sinfónica y
seguramente le puede dar clases a muchos músicos del ambiente. Comentarios que
ningún varón recibe y que, en caso de suceder, serían motivo más que seguro de
alguna pelea. Violencia medida también en el temor casi infantil que sucede cuando
le prestan un instrumento, miedo “a que no sepas cuidar su instrumento de
varón”, como si el arte fuera una prótesis de un cuerpo que no están dispuestos
a compartir.
En los
festivales la lógica se repite. Las grillas están llenas de sesionistas
varones; si hay mujeres, suelen estar en proyectos liderados por otras mujeres,
o porque la logística permite compartir habitación, micro, intimidades. Todavía
late en el ambiente la frase que en 2019 dijo el productor José Palazzo cuando
justificó la androfilia del Cosquín Rock diciendo que “no hay suficientes
mujeres con talento a la altura del festival”. Y sin embargo, la Ley 27.539 de
cupo femenino para festivales - sancionada pocos meses después - demostró que el
talento estaba: lo que faltaban eran las oportunidades.
“Estamos
mejor que hace 20 años, pero peor que hace 5”, resume Mailén. Un diagnóstico
que condensa el movimiento pendular de una industria que no termina de entender
que los tiempos cambiaron. Porque aunque la autogestión florece —colectivos,
sellos independientes, festivales independientes todas las semanas—, ella misma
advierte sus límites: “Lo autogestivo es la única alternativa, la trinchera
para tener algún espacio. Pero el trabajo está en la industria. No se puede
marginar todo lo que no tiene lugar”. Tampoco sirve encerrarse en islas, “no
puede ser que la única forma de salvarnos sea siendo un grupo de marginados que
se juntó para sobrevivir haciendo música”, advierte Eliges. El talento existe;
lo que falta es una industria dispuesta a reconocerlo sin condescendencia.
Así, el
presente del rock argentino se escribe con guitarras ruidosas, pero también con
una conciencia más clara. Cada artista que sube al escenario rompe una parte de
un pacto antiguo que decía que el rock era cosa de hombres. Hoy esa idea se
erosiona, no por teoría sino por práctica. Por cuerpos que ocupan el espacio, por
voces que ya no piden permiso, por artistas que cantan desde el miedo, pero
avanzan igual, como quien prende una luz en un cuarto que siempre estuvo a
oscuras.






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