La frontera y sus fantasmas, Vorukh
Cuando una frontera empieza a tener sed. Las fronteras parecen asuntos importantes hasta que falta el agua. Entonces dejan de ser tratados, mapas y discursos presidenciales para convertirse en algo bastante más terrenal: quién abre una compuerta, quién puede llevar sus animales hasta una pastura o por qué camino pasa un auto para llegar al pueblo de al lado. En Vorukh, durante décadas, algunas de esas preguntas terminaron contestándose con piedras, puestos militares y disparos.
Vorukh pertenece a Tayikistán pero está rodeado por Kirguistán, unos veinte
kilómetros adentro de su territorio. Es un exclave montañoso y densamente
poblado del valle de Ferganá, una de esas regiones donde mirar un mapa político
durante demasiado tiempo produce la sospecha de que alguien lo dibujó después
de una noche de copas. Tayikistán, Kirguistán y Uzbekistán se encastran allí
mediante fronteras irregulares, corredores montañosos y varios exclaves. Vorukh
es apenas uno de ellos en una región en la que una frontera política puede
determinar, por ejemplo, que el nombre de una montaña tenga simbolismo
soviético o persa.
Pero su historia permite entender algo que muchas veces se pierde cuando
hablamos de fronteras: una línea puede ser relativamente irrelevante mientras
exista un poder por encima de ella; otra cosa es que ese poder desaparezca.
El mapa que heredaron durante buena parte del siglo XX Kirguistán y Tayikistán,
tenía que ver con no eran países sino repúblicas de la Unión Soviética. Moscú
fue delimitando sus territorios en una región donde comunidades tayikas, kirguisas
y uzbekas llevaban siglos asentadas, comerciando, cultivando y moviendo
animales sin demasiada preocupación por hacer coincidir población con
nacionalidad.
Las fronteras internas soviéticas cambiaron varias veces y por eso hay mapas de
los años veinte que tienen a Vorukh conectado territorialmente con Tayikistán. Desde
los años cincuenta apareció separado y rodeado por la República Socialista
Soviética de Kirguistán. Las decisiones de Moscú no siempre eran claras y las negociaciones
entre administraciones locales, necesidades económicas y cambios sucesivos
fueron dejando una geometría difícil de reconstruir. Mientras existía la Unión
Soviética aquello podía administrarse sin generar problemas. Una ruta que
atravesaba otra república seguía atravesando el mismo país. Un canal podía
comenzar en un territorio y regar campos en otro sin convertirse en un asunto
internacional. Podía haber conflictos locales pero hasta 1991 encima de todos
ellos seguía existiendo una estructura común. De un día para el otro, las
líneas administrativas despertaron convertidas en fronteras nacionales. De
repente había que decidir con precisión dónde terminaba Kirguistán y empezaba
Tayikistán y ahí se entró a complicar la cuestión.
El agua no entiende de soberanía. El
valle de Isfara es fértil, densamente ocupado y bastante poco generoso con el
espacio disponible. Tayikos y kirguises dependen del mismo río, de canales de
riego, caminos y tierras de pastoreo. En algunos sectores, además, una única
carretera resulta fundamental para conectar pueblos con centros administrativos
y zonas de montaña. Cuando un camino se corta, los precios de los productos
pueden dispararse sin control; cuando se interrumpe un canal, los cultivos se
secan, y ahí ya la discusión cartográfica deja de ser cartográfica para tener
que ver con la vida misma de las comunidades.
Durante años hubo peleas por caminos, construcción de viviendas, acceso a
pasturas y utilización del agua. Cada puesto fronterizo nuevo podía ser
interpretado como una provocación. Cada obra sobre una carretera podía
modificar la manera en que una comunidad accedía a su territorio. Los vecinos
se acusaban mutuamente de avanzar algunos metros, cortar caminos o apropiarse
de tierras, hasta que policías, soldados y funcionarios terminaban intentando
resolver una discusión que muchas veces había empezado entre vecinos que se
conocían de toda la vida. Es difícil encontrar una mejor demostración de cómo
se fabrica un conflicto territorial. No necesariamente comienza con dos
gobiernos reclamando una provincia entera, puede empezar con un canal de riego
artificial.
En abril de 2021, por ejemplo, una disputa en la frontera escaló hasta
convertirse en enfrentamientos armados entre fuerzas kirguisas y tayikas. Al
año siguiente la violencia se incrementó: los combates se extendieron durante
días y dejaron decenas de muertos, desplazamientos masivos y pueblos dañados.
Una frontera que durante la época soviética había sido parcialmente
administrativa terminó ahora necesitando soldados, trincheras y artillería.
Hay algo particularmente humano en que comunidades obligadas por la geografía a
compartir recursos puedan terminar enfrentándose precisamente por ellos. El río
Isfara no cambia de nacionalidad cuando atraviesa una frontera, su agua deja de
estar disponible para alguien que vive Río abajo, y ese es el foco del
conflicto.
Una frontera después
de la frontera. Durante años Kirguistán y Tayikistán negociaron centímetro
a centímetro una línea de casi mil kilómetros. Había sectores delimitados y
otros disputados, carreteras cerradas y puestos fronterizos sin funcionar.
Vorukh se convirtió en uno de los puntos más sensibles porque cualquier
comunicación con el resto de Tayikistán debía atravesar territorio kirguiso.
Hasta que ocurrió algo que, después de décadas de
enfrentamientos, parecía bastante improbable. En 2025 los presidentes Sadyr
Japarov y Emomali Rahmon firmaron finalmente un tratado sobre la frontera entre
Kirguistán y Tayikistán. Poco después fue ratificado y ambos países comenzaron
a reabrir pasos cerrados desde los enfrentamientos anteriores. El acuerdo no
hizo desaparecer la geografía de Vorukh, hizo algo más interesante: intentar
domesticarla.
Ambos países acordaron construir carreteras con un régimen neutral. Una de ellas
permitirá la circulación entre territorio tayiko y Vorukh evitando determinadas
poblaciones kirguisas; además, un cruce entre las rutas que conectan Osh con
Razakov e Isfara con Vorukh tendrá también estatus neutral y podrá ser
utilizado por los dos Estados. El paquete incluyó acuerdos sobre acceso a
instalaciones de agua y energía, justamente los recursos que habían alimentado
tantas disputas. Después de décadas intentando decidir exactamente a quién
pertenecía cada metro, la solución terminó necesitando lugares anfibios donde,
para poder seguir adelante, ambos países aceptaran aflojar por un momento esa
pregunta.
Quizás ahí esté lo más interesante de Vorukh. Las fronteras modernas pretenden
una precisión extraordinaria en la cada montaña, río, camino y campo debe
pertenecer a alguien, pero la vida rara vez respeta semejante prolijidad. Un
pueblo necesita una carretera que atraviesa otro país. Dos comunidades
necesitan la misma agua y los animales no pueden esperar a que unos burócratas
se pongan de acuerdo, buscan pasturas sin saber qué gobierno las administra.
Durante setenta años una estructura política gigantesca consiguió mantener esas
contradicciones dentro de sí. Cuando desapareció, dejó sobre el terreno líneas
que tuvieron que aprender a comportarse como fronteras. Costó más de treinta
años, negociaciones interminables y demasiados muertos empezar a resolver ese
nuevo rol para el territorio.
Vorukh sigue siendo tayiko y viviendo rodeado por Kirguistán. El río continúa
bajando por el mismo valle y las montañas permanecen exactamente donde estaban
antes de que existieran ambos países.
Lo único que llevó décadas decidir fue qué debíamos hacer nosotros para poder
vivir entre ellas.






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