Los que no pasaron a la historia
La ciudad moderna, el Estado moderno, nace mamando sangre humana.
El siglo XVII definió fronteras, jerarquizó estados a base de guerras, mutilados, miseria, miedo y niños muertos. Y de ese caldo floreció la Ilustración. La Enciclopedia, el positivismo, el racionalismo, el paradigma científico... Las "luces" hunden sus raíces en la mierda y los cadáveres. Pensar en la justicia, en la razón, fue una manía nacida de la absoluta falta de ambas.
Que el brillo de la Revolución Francesa no nos distraiga del destino que les esperaba. Como a los galgos cuando acaba la temporada: después de servir, cuando tocaba darles su pedazo de pan duro, acabaron colgados de un olivo. Hoy, la palabra "ludita" se usa como sinónimo de tecnofobia ridícula. Desde el pedestal de la economía del siglo XX, se ridiculiza su lucha. Pero no eran idiotas ni temían la tecnología: eran trabajadores organizados.
El ludismo no fue una ideología, sino una estrategia de lucha de clases. Un protosindicalismo que buscaba la negociación colectiva a través de disturbios, golpeando donde más dolía: los medios de producción.
La Revolución Industrial marcó un punto de inflexión en la historia de Europa por una razón principal: las condiciones de vida de las clases populares eran tan monstruosas que, entre tuberculosos, prostitutas y niños mineros, nació la sociología, la economía, los movimientos obreros, el concepto de justicia social y los derechos laborales.
La locomotora que construyó Estados Unidos no solo quemaba carbón: también mineros, sobre raíles de trabajo esclavo. Y la mula tejía colonialismo y clases sociales. La bolsa —símbolo recurrente del cine americano, repleta de trajes y polvo blanco— es también madre de la Gran Depresión.
El mundo se achicó, y de pronto medio continente comenzó a llamar al otro “nuestro patio trasero”. La carrera espacial nos entretenía mientras las dictaduras militares latinoamericanas pintaban los baldíos con sangre. Porque cuando uno mira a las estrellas, deja de ver el barro bajo la suela. El caso es que los tiempos son cada vez más breves. La información y las mercancías viajan cada vez más rápido. A veces incluso las personas, a nadie parece importarle que haya un humano enfrente, se descarta. Todo ocurre demasiado deprisa como para que, tras un salto, tengamos tiempo de levantarnos y limpiarnos las rodillas.
Desde mediados del siglo XX hasta hoy, todo ha cambiado tan rápido que incluso los sabios envejecen en un ratito. Todo es obsolescente, incluso las emociones están programadas para dejar de emocionar. Y quien se mueva, no sale en la foto. Cada cambio radical deja en el camino a quien no logra adaptarse. Y son muchos. Pero cuando ese cambio ni siquiera deja tiempo para adaptarse, esa cifra aumenta a velocidades dramáticas. A no ser, claro, que se tomen medidas, que ese cambio contemple algún parapeto ético que conciba a las personas como, por ejemplo, personas.
Acordate siempre que detrás de la Historia de los grandes hombres, las grandes proezas, los grandes inventos y los grandes descubrimientos, hay también una historia de la pobreza, de la miseria, del horror... de los que no pasaron a la Historia.
Y disculpen los fallos tipográficos. Es que llevo sin dormir desde ayer a las diez de la mañana.






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