La frivolidad del perdón
Hay una liviandad en la manera en que se habla del perdón. Como si perdonar fuera simplemente cuestión de ganas, de pronunciar un sortilegio o decidir, de un día para otro, que ya está todo olvidado.
Se pide perdón on demand, como para estar a la moda. Con demasiada ansiedad, como si el hechizo tuviera el poder de recuperar por generación espontánea lo deteriorado.
Ingenuas esfinges son capaces de que las extrañes todos los días pero no de crear un perdón que borre el daño hecho, o devuelva la confianza hecha harapos que dejaron como abrigo. Nada de esto elimina los recuerdos ni cura por sí solo las heridas.
Y en cada herida vive todo lo que depositaste en esa persona para que tu existencia tenga un lugar seguro donde aflojar, una persona "normal" (de las que no hay en casi ninguna parte...) que en vez de odiar tu vulnerabilidad la abrace para acompañarte.A veces uno perdona por eso, porque está cansado de padecer esa tortura en slow motion que es haber sido traicionado, porque quiere dejar atrás un conflicto asqueroso o directamente porque todavía quiere a quien le ha hecho daño. Pero eso no significa que todo vuelva a ser como antes. El perdón es un lujo frívolo de quienes ya no toleran el dolor y hacen su mejor esfuerzo para escapar de su pesadilla.
Hay heridas que necesitan tiempo, hechos, cambios y, sobre todo, responsabilidad por parte de quien las causó. Porque pedir perdón te toma el mismo tiempo que tomar un mate pero reparar el daño no tiene una medida que nos permita entender si vamos a poder solucionarlo.
Es que, cuando te crees que vivís algo especial es muy fácil que eso se rompa, del mismo modo que es muy fácil no estar a semejante altura. Hay cosas que, sencillamente, nunca vuelven a ser iguales. Hay cosas que, sencillamente, son ordinarias. Te van a vender por algo más novedoso a la primera de cambio.
Quizá el verdadero problema no sea la dificultad de perdonar, sino la ligereza con la que algunos creen que pedir perdón les devuelve automáticamente el derecho a seguir ocupando el mismo lugar en nuestra vida. A nadie le importa demasiado nadie, qué tanto escándalo.
El perdón puede ser una decisión, pero curarse es otro camino, uno que se recorre solo.
Quizá el verdadero problema no sea la dificultad de perdonar, sino la ligereza con la que algunos creen que pedir perdón les devuelve automáticamente el derecho a seguir ocupando el mismo lugar en nuestra vida. A nadie le importa demasiado nadie, qué tanto escándalo.
El perdón puede ser una decisión, pero curarse es otro camino, uno que se recorre solo.





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