æ
Nos recuerdo caminando una noche tibia por la orilla de Mar del Tuyú. Cinco kilómetros, quizá más. Ella iba mirando de vez en cuando el reloj que le contaba la distancia, como si aquella caminata obedeciera a algún propósito mensurable. La ternura, en cambio, ya no parecía registrar ninguna clase de progreso.
La playa estaba casi vacía. La marea había dejado al descubierto restos de otras derrotas. Primero atravesamos las ruinas de un bar que el mar había terminado por reclamar para sí. Más adelante apareció otro, enorme, retirado unos metros de la costa, todavía en pie. Resistía con una dignidad absurda, como si ignorara que el océano siempre termina cobrando sus deudas. Con el diario del lunes, me cuesta no vernos ahí. Dos edificios enfrentando el mismo mar. Uno ya derrumbado. El otro todavía convencido de que puede quedarse. Yo venía fumado. Lo recuerdo porque durante un instante pensé en ofrecerle. Años atrás habría sido natural. Una pequeña conspiración privada. Un gesto cómplice. Pero no lo hice. Había aprendido a medir cada palabra. Cada comentario. Cada impulso. Llevaba demasiado tiempo caminando sobre un terreno donde cualquier cosa podía convertirse en motivo de reproche. Así que seguí en silencio, como quien guarda una herramienta que ya no sabe usar.
Y eso era quizá lo más triste de todo. No discutíamos. No nos gritábamos. No había una tragedia visible. Había algo peor: una lenta retirada. Ya no era una conversación entre dos personas que caminan juntas. Era una coincidencia geográfica. Dos trayectorias paralelas avanzando por la misma playa.
Meses antes yo ya había comenzado a retirarme. No por falta de amor. Por agotamiento. Por la sensación persistente de que todo lo que entregaba caía en un pozo sin fondo. Los masajes, los cuidados, las atenciones, los esfuerzos cotidianos. Todo parecía desaparecer sin dejar huella. Como si la gratitud fuera una lengua que habíamos olvidado hablar. Ella también estaba lejos, aunque de otra manera. Habitaba un territorio propio al que yo ya no tenía acceso.
Y aun así seguíamos allí.
Compartiendo habitación.
Compartiendo vacaciones.
Compartiendo cenas. "Familia". Realmente fue una verga.
Representando una obra cuyo final ambos conocíamos pero que ninguno se animaba a anunciar. Lo más doloroso de aquellas vacaciones es que no recuerdo una sola escena verdaderamente nuestra, todas eran fotos de shutterstock. No hubo un abrazo que me hiciera sentir en casa. No hubo un beso profundo que se coma mi dolor. No hubo una conversación íntima que justificara el viaje. Todo fue una calma estúpida de dos personas que ya no tienen empatía y se esmeran en patear un cadáver para ver si baila.
También recuerdo que tuve una noche donde recibí un ticket de visita a tus 14 años y pude escuchar las mismas cosas que vos oías entonces. Pude comprender la profundidad de los surcos que cavaron en vos. Pude palpar el tamaño de tus heridas, aunque no me dejaste abrazarte, aunque de poco hubiera servido.
Lentamente nos fue recubriendo una paz seca, de celofán, medio muerta, intubada. Una paz que parece más a pudrirse que a descansar. No hubo una noche en que dos personas eligieran encontrarse. No hubo travesura de enamorados. Hubo momentos tranquilos. Hubo cordialidad. Hubo incluso cierta paz. Pero la paz no siempre es una forma de amor. A veces es apenas la ausencia temporal de la guerra.
Te recuerdo con la mirada afiebrada buscando peluches en las máquinas de mierda esas, que siempre hacen trampa. Recuerdo partidas de pool casi diplomáticas.
En otra época nos habríamos reído de los tiros errados. Habríamos inventado reglas absurdas. Habríamos convertido una mesa de billar en un acontecimiento. Aquella noche las bolas chocaban unas contra otras con una seriedad burocrática. Jugábamos como negocian dos países que ya no comparten frontera emocional. Sin entusiasmo. Sin conflicto. Sin alegría. Las relaciones rara vez mueren de golpe.
La mayoría se parecen más a aquellas vacaciones.
Un día descubrís que la risa ya no aparece. Que el deseo se volvió protocolo. Que la ternura necesita permiso. Y que el silencio dejó de ser cómodo para convertirse en un tercer ocupante de la habitación.
Por eso algunas historias son especialmente trágicas.
No porque terminen. Todas terminan.
Sino porque llegan a un punto donde nadie sabe exactamente qué se rompió. No hay crimen ni traición decisiva. No hay una escena que explique el derrumbe. Sólo una erosión lenta, paciente, invisible.
Como el mar. Que una noche cualquiera todavía parece lejano.
Y años después descubrís que se llevó el edificio entero.






Comentarios