La frontera y sus fantasmas: Melilla
La frontera que dejó de ser una línea
Es muy común que las fronteras se tracen con una raya fina sobre el papel. Vista desde un avión, la raya que rodea Melilla parece apenas eso: separa España de Marruecos. Dependiendo cómo queramos discriminarlo, Melilla puede ser el norte de África o el sur de Europa, es bastante más que un límite geográfico, más bien es una de las construcciones más visibles del mundo, ya que completa un recorrido que venimos haciendo hace varias entregas, evidenciando una expresión inaudita del poder: la frontera convertida en objeto.Con poco más que el tamaño de 5 barrios costeros montevideanos, los doce kilómetros cuadrados que reposan sobre la costa mediterránea del norte de África separan (y unen) el final y el comienzo de Marruecos y España. Del otro lado del mar, a unos doscientos kilómetros, está la península ibérica y si bien está dentro del continente africano forma parte de la Unión Europea.
La geografía del otro lado. La ciudad fue incorporada a la Corona de Castilla en 1497, después de la conquista de Granada. Europa acababa de cerrar un ciclo de guerras y comenzaba otro, proyectando su poder hacia el mar. Durante siglos, Melilla fue sobre todo una plaza militar, un puerto fortificado cuya importancia residía en su ubicación estratégica.
Del otro lado de la valla. A partir de fines del siglo XX, la ciudad empezó a convertirse en una de las principales puertas hacia la Unión Europea. Para miles de migrantes del África subsahariana, llegar hasta ahí significaba completar una Odisea de meses de viajes, atravesando desiertos, guerras, redes de tráfico de personas y fronteras sucesivas. Los testimonios recogidos entre quienes atravesaron África describen viajes de meses: cruzar el Sahara amontonados en camionetas, sin agua en medio del desierto, pagando una y otra vez lo que tengas encima a traficantes y policías, sufrir robos, palizas, extorsiones, secuestros o detenciones y, en el caso de muchísimas mujeres, como no puede ser de otra manera cuando hay una mujer en situación de vulnerabilidad; violencia sexual. Después viene Marruecos: esconderse semanas en los montes de Nador y esperar para intentar llegar a una valla que todavía está del otro lado. Un informe de ACNUR, OIM y el Mixed Migration Centre, advierte que mueren al menos dos personas en el Sahara por cada una que muere en el Mediterráneo. Nadie sabe realmente cuántas son porque obviamente nada de eso se registra: el mar devuelve algunos cuerpos, traga otros; el desierto los integra a su paisaje. Para quienes finalmente divisan Melilla, entonces, Europa no empieza detrás de la valla sino a pesar de ella.
El límite cambió de significado. Ya no alcanzaba con que existiera jurídicamente. Aparecieron las dobles y triples vallas; sensores, cámaras térmicas y una sofisticada parafernalia circense de tecnología destinada a impedir que personas se muevan. Lo que durante siglos había sido una línea administrativa terminó convirtiéndose en una de las fronteras más materializadas del planeta.
Hay algo profundamente paradójico en esa transformación, vivimos en la llamada “era de las comunicaciones”: un mensaje puede viajar de La Teja a Tokio en una fracción de segundo y las mercancías llegan desde China hasta Montevideo en cuestión de días. Nunca fue tan fácil mover información o capital pero nunca fue tan difícil para muchas personas simplemente caminar hacia otro país.
Las imágenes que llegan desde Melilla suelen mostrar grupos intentando trepar la valla, fuerzas de seguridad y una tensión entre el control fronterizo y el drama humanitario. La ciudad entera está totalmente condicionada y atravesada por la situación migratoria. Para los más rancios se trata de proteger una frontera; para los más progres se asiste al horror de crear todo un entramado administrativo y físico para impedir que seres humanos busquen una vida mejor. Es bastante probable que el problema sea creer que sólo una de esas miradas hemipléjicas puede ser explicar la realidad.
La raya que separa vida y muerte es tan angosta como su dolor. Las fronteras cumplen varias funciones al mismo tiempo: delimitan soberanías, garantizan derechos y ordenan administraciones; pero también separan oportunidades, ya que nacer de un lado o del otro de una línea trazada en un mapa puede ser la diferencia entre una vida digna o un calvario. La frontera no crea esas diferencias, las vuelve visibles. Melilla las subraya todos los días. Resulta llamativo que una ciudad pequeña haya adquirido semejante peso simbólico. No por su población ni por su economía, sino porque concentra una pregunta que atraviesa buena parte del siglo XXI: ¿Qué significa una frontera?
Durante mucho tiempo se creyó que la globalización terminaría volviéndolas irrelevantes. Hace décadas que hablamos de que se avanza hacia una sociedad mundializada en la cual se borronean fronteras administrativas para que capital avance: un restorán de una cadena de comida rápida tiene la misma iconografía en Moscú, Lima o Dubai. Las mercancías viajan con una facilidad inédita, pero los Estados invierten cada vez más recursos en controlar que sea más sencillo cruzar una Sandía por el Mediterráneo que una persona. Las fronteras no desaparecieron, se hicieron más complejas.
Hay una imagen que vuelve una y otra vez cuando uno piensa en este lugar; las gaviotas sobrevuelan la ciudad varias veces al día. Cruzan la frontera sin mostrar documentos ni detenerse ante ninguna barrera, sin saber siquiera que existe. Debajo de ellas las personas pueden pasar años intentando atravesar el mismo espacio. El paisaje no distingue entre unos y otros; somos nosotros quienes decidimos dónde empieza o termina un país, dónde se organiza un mecanismo de control para ver quién va de una vida a la otra. Melilla recuerda que las fronteras nunca son solamente accidentes geográficos sino decisiones políticas convertidas en paisaje.
Y pocas veces esa transformación resulta tan visible como en una ciudad donde una línea imaginaria terminó necesitando toneladas de acero para convencernos de que existe.
La geografía del otro lado. La ciudad fue incorporada a la Corona de Castilla en 1497, después de la conquista de Granada. Europa acababa de cerrar un ciclo de guerras y comenzaba otro, proyectando su poder hacia el mar. Durante siglos, Melilla fue sobre todo una plaza militar, un puerto fortificado cuya importancia residía en su ubicación estratégica.
Del otro lado de la valla. A partir de fines del siglo XX, la ciudad empezó a convertirse en una de las principales puertas hacia la Unión Europea. Para miles de migrantes del África subsahariana, llegar hasta ahí significaba completar una Odisea de meses de viajes, atravesando desiertos, guerras, redes de tráfico de personas y fronteras sucesivas. Los testimonios recogidos entre quienes atravesaron África describen viajes de meses: cruzar el Sahara amontonados en camionetas, sin agua en medio del desierto, pagando una y otra vez lo que tengas encima a traficantes y policías, sufrir robos, palizas, extorsiones, secuestros o detenciones y, en el caso de muchísimas mujeres, como no puede ser de otra manera cuando hay una mujer en situación de vulnerabilidad; violencia sexual. Después viene Marruecos: esconderse semanas en los montes de Nador y esperar para intentar llegar a una valla que todavía está del otro lado. Un informe de ACNUR, OIM y el Mixed Migration Centre, advierte que mueren al menos dos personas en el Sahara por cada una que muere en el Mediterráneo. Nadie sabe realmente cuántas son porque obviamente nada de eso se registra: el mar devuelve algunos cuerpos, traga otros; el desierto los integra a su paisaje. Para quienes finalmente divisan Melilla, entonces, Europa no empieza detrás de la valla sino a pesar de ella.
El límite cambió de significado. Ya no alcanzaba con que existiera jurídicamente. Aparecieron las dobles y triples vallas; sensores, cámaras térmicas y una sofisticada parafernalia circense de tecnología destinada a impedir que personas se muevan. Lo que durante siglos había sido una línea administrativa terminó convirtiéndose en una de las fronteras más materializadas del planeta.
Hay algo profundamente paradójico en esa transformación, vivimos en la llamada “era de las comunicaciones”: un mensaje puede viajar de La Teja a Tokio en una fracción de segundo y las mercancías llegan desde China hasta Montevideo en cuestión de días. Nunca fue tan fácil mover información o capital pero nunca fue tan difícil para muchas personas simplemente caminar hacia otro país.
Las imágenes que llegan desde Melilla suelen mostrar grupos intentando trepar la valla, fuerzas de seguridad y una tensión entre el control fronterizo y el drama humanitario. La ciudad entera está totalmente condicionada y atravesada por la situación migratoria. Para los más rancios se trata de proteger una frontera; para los más progres se asiste al horror de crear todo un entramado administrativo y físico para impedir que seres humanos busquen una vida mejor. Es bastante probable que el problema sea creer que sólo una de esas miradas hemipléjicas puede ser explicar la realidad.
La raya que separa vida y muerte es tan angosta como su dolor. Las fronteras cumplen varias funciones al mismo tiempo: delimitan soberanías, garantizan derechos y ordenan administraciones; pero también separan oportunidades, ya que nacer de un lado o del otro de una línea trazada en un mapa puede ser la diferencia entre una vida digna o un calvario. La frontera no crea esas diferencias, las vuelve visibles. Melilla las subraya todos los días. Resulta llamativo que una ciudad pequeña haya adquirido semejante peso simbólico. No por su población ni por su economía, sino porque concentra una pregunta que atraviesa buena parte del siglo XXI: ¿Qué significa una frontera?
Durante mucho tiempo se creyó que la globalización terminaría volviéndolas irrelevantes. Hace décadas que hablamos de que se avanza hacia una sociedad mundializada en la cual se borronean fronteras administrativas para que capital avance: un restorán de una cadena de comida rápida tiene la misma iconografía en Moscú, Lima o Dubai. Las mercancías viajan con una facilidad inédita, pero los Estados invierten cada vez más recursos en controlar que sea más sencillo cruzar una Sandía por el Mediterráneo que una persona. Las fronteras no desaparecieron, se hicieron más complejas.
Hay una imagen que vuelve una y otra vez cuando uno piensa en este lugar; las gaviotas sobrevuelan la ciudad varias veces al día. Cruzan la frontera sin mostrar documentos ni detenerse ante ninguna barrera, sin saber siquiera que existe. Debajo de ellas las personas pueden pasar años intentando atravesar el mismo espacio. El paisaje no distingue entre unos y otros; somos nosotros quienes decidimos dónde empieza o termina un país, dónde se organiza un mecanismo de control para ver quién va de una vida a la otra. Melilla recuerda que las fronteras nunca son solamente accidentes geográficos sino decisiones políticas convertidas en paisaje.
Y pocas veces esa transformación resulta tan visible como en una ciudad donde una línea imaginaria terminó necesitando toneladas de acero para convencernos de que existe.






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