Lori Goldston, la quinta Nirvana
Hay músicos que pasan por la historia como una nota a pie de página. Y hay otros que, sin hacer ruido, alteran la textura misma de lo que escuchamos. Lori Goldston pertenece, claramente, al segundo grupo.
I.
El violonchelo en el
living:
el día que Nirvana se volvió otra cosa.
La escena es conocida, casi litúrgica. Nirvana sentado, a la luz de la vela, despojado, con un mínimo de distorsión y sin la furia eléctrica que parecía impregnada a la genética punk del grupo. Pero hay un elemento que muchas veces queda flotando en segundo plano, como si fuera parte del aire: el violonchelo, ese sonido no estaba ahí por casualidad.
Goldston
no era parte “oficial” de la banda en ese momento, pero tampoco era una
invitada decorativa. Llegó a ese universo desde la escena de Seattle, donde ya
tenía nombre propio como música de sesión y exploradora de sonidos. Y cuando
Kurt Cobain decidió empujar el Unplugged hacia un terreno menos obvio - lejos
del hit, más cerca de lo íntimo, de ese ambiente funerario que tuvo el recital
- el cello apareció como una pieza clave para la evolución.
En
el MTV Unplugged in New York,
Goldston no acompaña, envuelve cada canción con un lamento ungió todo el
concierto. En temas como Something in the
Way o Where Did You Sleep Last Night,
su instrumento no está para lucirse sino para tensar el clima, sostener esa
sensación de que algo se está rompiendo en cámara lenta sin que podamos
frenarlo.
En
entrevistas y comentarios posteriores (y también en publicaciones de Reddit,
donde su tono es siempre más relajado), Goldston ha contado detalles que
desmitifican un poco la postal. Ensayos breves, nervios, decisiones casi
intuitivas, más nervios, una dinámica de banda que no tenía nada de solemne y
otro poco de nervios, por si hacían falta. No era un ritual; era laburo,
sensibilidad y escucha. Y sin embargo, lo que salió de ahí fue otra cosa.
Después de ese concierto, Goldston siguió girando con la banda. No como una sesionista más, sino como una extensión del sonido que Nirvana estaba buscando en ese momento final. La banda se disolvió con ella encima del escenario, como quien dice. Por eso no es exagerado - aunque suene provocador - pensarla como “la quinta Nirvana”, ya que lo fue. En la ruta, en los arreglos, en ese intento de abrir el sonido hacia lugares menos previsibles; Dave, Krist, Pat, Kurt… y Lori. No figura en las remeras. Pero está en el aire de esas canciones.
II.
Después del ruido: una obra que se
escapa de los géneros
Si
uno llega a Goldston sólo por Nirvana, el resto de su discografía puede
desconcertar. No hay un camino lineal sino un sendero que avanza y retrocede,
se acelera y se ralentiza; una artista real en movimiento, no una estrella
mediática.
Sus
trabajos en solitario, como Film Scores,
Creekside: solo cello, o más recientemente
High and Low, son una buena puerta de
entrada a su sonido personal. Ahí aparece su lenguaje más desnudo: el
violonchelo tratado casi como un organismo vivo, capaz de ser percusivo,
melódico, áspero o directamente irreconocible. Hay momentos donde parece una
guitarra mal conectada, acordes donde Nirvana viene a la canción sin demasiado
esfuerzo. También aparecen momentos donde suena a viento y otros en lo que toma
la forma de algo que no tiene nombre.
Su
paso por bandas como Earth también
suma otra capa. En discos como Angels of
Darkness, Demons of Light, el cello no adorna sino que empuja en las
canciones. Se mete en la repetición, en esa cosa hipnótica que te va comiendo la
oreja de a poco. No es un instrumento clásico puesto en un contexto rockero. Es
otra cosa, una grieta.
Earth fue el proyecto de Dylan Carlson, un íntimo del finado Cobain. De hecho, la banda y Nirvana están mucho más conectados de lo que parece. Carlson fue
fundamental en los inicios de Cobain (incluso es una figura rodeada de
mitología en los últimos días de Kurt), y el sonido lento, denso y repetitivo
de Earth fue una influencia indirecta
en la escena de Seattle.
Después
están las colaboraciones, muchas, demasiadas como para ordenarlas. Desde
artistas folk hasta compositores experimentales, pasando por proyectos
multimedia, danza, cine, improvisación pura. Goldston no parece interesada en
construir “una carrera” en el sentido
tradicional del concepto sino que lo suyo es más bien una deriva artística
sostenida por su coherencia autoral. Una forma de estar en la música. Tampoco
se la ve especialmente interesada en remover cosas de la banda que hizo que hoy
hablemos de ella y la recordemos, hay una integridad admirable en el hecho de
que Lori jamás se puso a hacer versiones de canciones de Nirvana ni ninguna de
las cosas que un músico predecible podría intentar.
Hay
algo en su obra que remite a lo inestable, a lo que no termina de fijarse
nunca. Como si cada pieza fuera un intento, no una conclusión. Y como nunca hay
que subestimar el poder curativo de una buena canción, recomendar la música de
Lori Goldston en su faceta solista se vuelve un imperativo. Y en ese sentido,
sus discos tienen algo profundamente humano, no buscan suturar la interpretación,
la dejan abierta y en carne viva. Escucharla no siempre es cómodo, a veces ni
siquiera resulta lo que entendemos por “lindo”, pero tiene una honestidad
difícil de encontrar en la música de masas. Una sinceridad que haría que Kurt
Cobain inflase su pecho con esa especie de rechazo a lo fácil, a la forma
perfecta, al sonido limpio, a la estructura predecible. Como si cada nota
dijera: esto podría ser de otra manera. Goldston nunca va a ser un nombre
masivo. No lo fue, no lo es ni lo va a ser, pero su presencia - silenciosa,
lateral, intensa, persistente - atraviesa algunos de los momentos más
interesantes de la música de las últimas décadas.
Y en aquel unplugged, ese instante suspendido en el tiempo, dejó algo que todavía resuena, no como protagonista sino como esa vibración que no se ve… pero lo cambia todo.






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