India, la marcha de la sal

La independencia de India no fue un parto glorioso, sino una cesárea sin anestesia. Una tierra desgarrada, una herida que aún supura entre fronteras, religiones y memorias. Esta es la historia de cómo se rompe un país para liberarlo.

Todo empezó con barcos

En 1600, la Compañía Británica de las Indias Orientales consiguió una carta real para comerciar. Pero no comerciaron: compraron pólvora, alquilaron ejércitos, sobornaron príncipes. Y así, desde 1757, comenzaron a gobernar. No por la espada, sino por la contabilidad. 
India era un continente disfrazado de colonia. Más de 400 millones de personas, cientos de lenguas, religiones, dioses, clases. Los británicos hicieron lo que sabían hacer: unificaron a golpes, con ferrocarriles y látigos.
Y mientras exportaban té, importaban hambre.

Las cifras son brutales.

Más de 15 millones muertos por hambrunas evitables entre 1876 y 1900.
Mientras tanto, los granos salían hacia Londres.
Ser indio en la India era ser extranjero en tu propio suelo. No podías aspirar a gobernar. No podías cuestionar leyes. Tu trabajo era servir. Tus impuestos, financiar el Imperio. Tu identidad, diluirse en mapas trazados en otra isla.
Amritsar, 1919
En 1919, algo se rompió. Fue en Amritsar. Una protesta pacífica, familias enteras en una plaza. El general Reginald Dyer ordenó: “Fuego sostenido, sin advertencia”. Hubo 1.650 disparos en 10 minutos. 
Oficialmente: 379 muertos.
Extraoficialmente: más de 1.000.

Ya no había vuelta atrás.
Mike Davis lo denominó Late Victorian Holocausts, 
“holocausto de la era victoriana tardía”

Paz radical

Y entonces aparece él: Mohandas Karamchand Gandhi. Abogado en Sudáfrica, vegetariano, espiritual, brillante. Pero sobre todo, radical. Predicaba una idea impensable: Que se puede derrotar a un Imperio sin levantar un arma. Que el cuerpo aguantando el castigo puede ser revolución. 
Gandhi no fue un santo. Fue un estratega, un símbolo, un fuego lento.
Organizó boicots, marchas, huelgas de hambre. En 1930, desafió al Imperio Británico no con rifles, sino con barro y sol. Marchó 390 km —como ir de Montevideo a Melo caminando— para romper una ley absurda: los británicos prohibían a los indios hacer su propia sal. Salió desde su ashram con 78 personas. Cuando llegó al mar, eran miles. Se agachó, recogió un poco de barro salado, lo dejó secar, y cuando la sal apareció cristalizada entre sus dedos… había desobedecido al Imperio. Era un gesto mínimo, imposible de reprimir sin quedar brutal: un viejo de túnica blanca evaporando sal con el sol de la India.
Por ese acto, arrestaron a más de 60.000 personas.
Pero no pudieron parar la marea.
La Marcha de la Sal no fue por sal, aunque esta era fundamental para mantener los alimentos en un lugar de altas temperaturas. Fue por dignidad. Gandhi demostró que un imperio puede tambalear con solo caminar, resistir y esperar la evaporación. Y que a veces, la desobediencia es más poderosa que la guerra.
Pero también lo odiaban. Los británicos, claro. Los radicales hindúes, también.
Los musulmanes lo veían tibio. Su visión de una India unida, plural y no violenta quedó atrapada entre el fuego cruzado de la historia.
Y mientras Gandhi ayunaba, Winston Churchill comía faisán.
Decía cosas como: 
“Me niego a presidir la liquidación del Imperio Británico.”
(Churchill ante la Cámara de los Comunes, 1942)
O peor:
“Los indios son una raza bestial con una religión bestial.”
(Citado por Leo Amery, secretario de India, 1943)
La Segunda Guerra Mundial vació las arcas británicas.
Londres ardía. Berlín caía. Y Churchill aún se negaba a soltar India.
Pero el Imperio ya no tenía piernas. Solo arrogancia y miedo. Y así, en 1947, accedieron a irse. Pero no sin romper todo antes. 
La independencia llegó con cuchillos en las mochilas. Se dividió el país en dos:
India, para los hindúes.
Pakistán, para los musulmanes.
Una cirugía sin anestesia, con mapas mal dibujados por un abogado británico que nunca había estado en la región: Sir Cyril Radcliffe.
La marcha de la sal
Resultado:
  • 15 millones de desplazados.
  • Hasta 2 millones asesinados.
  • Violaciones, saqueos, trenes llenos de cadáveres cruzando las nuevas fronteras.
  • El “Día de la Independencia” fue también el Día del Éxodo.
Gandhi no celebró la independencia. Mientras todos izaban banderas, él lloraba en silencio en Calcuta, tratando de impedir matanzas interreligiosas. Un año después, fue asesinado por un fanático hindú. No por los británicos.
Por los suyos. 
¿Y Pakistán?
Nació con una pregunta: ¿Puede un país fundado sobre la base de una sola religión sobrevivir como república plural?
La respuesta sigue abierta. En 1971, perdió la mitad de su territorio: nació Bangladesh. Hoy, la tensión con India sigue viva en Cachemira.
India y Pakistán tienen armas nucleares. Han peleado cuatro guerras. Hay escaramuzas constantes en la frontera. Religiones, nacionalismos, heridas coloniales... El imperio se fue, pero dejó fósforos encendidos en una habitación de gasolina.
La independencia no es una estatua ni una fecha. Es una tarea inacabada.
India logró zafar del yugo británico, pero la verdadera libertad sigue en disputa:
  • La de los pobres.
  • La de las castas bajas.
  • La de las mujeres.
  • La de los que aún hoy mueren por cruzar una línea en el mapa.
No fue una historia con final feliz.
Fue una ruptura dolorosa.
Y como toda ruptura mal curada, sigue infectando el presente.

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