La nueva ola del indie rock argentino

“Siempre veía a las bandas como argumento para generar un complot por amor a la libertad”, cuenta en una entrevista vía streaming Pau O`Bianchi, uno de los artistas más prolíficos de lo que ya puede ser denominado la generación indie del rock nacional. Este género se caracteriza por la autogestión y la diversidad de estilos que fusiona, además del buen puñado de poesías urbanas que nos legó en forma de letras para varias de las mejores canciones de la última década. Se puede decir que bandas como La Hermana Menor o Carmen Sandiego; y sellos como Feel de agua o Little Butterfly Records son las primeras experiencias estrictamente indie del país.

Si queremos ir más atrás seguramente encontremos a los Buenos Muchachos como una de las grandes influencias, pero el indie rock no es un sonido sino una forma de vida, un modo de construir arte que a Uruguay llegó inspirado por bandas argentinas como Él Mató a Un Policía Motorizado o Suárez, cuya líder Rosario Bléfari (1965-2020) hoy es santa patrona de muchos ateos.

Nacido en el Reino Unidos y los Estados Unidos por los ’80, el indie englobó un modo alternativo de hacer arte que ahora se encargaba no sólo de la música sino 
también de su producción y distribución. Este formato reverberó con intensidad en la ciudad de La Plata, Argentina, sobre fines de los ´90 y se fortaleció post Crisis económica del 2002.

Si bien las taxonomías suelen ser caprichosas y la palabra indie tuvo varias redefiniciones, cierta narrativa punktivista corre por sus venas y suele generarle pudor frente al mainstream. Tal vez por eso sea que el género no termina de tener una capilarización clara dentro de las lógicas de consumo actuales. Existe una tensión que lo atraviesa e indica que, si se masifica, el indie deja de ser independiente y pasa a estar integrado al sistema. Como si fuese la piedra filosofal de las subculturas urbanas, el indie nos ata a la ya legendaria idea de una persona que puede vivir enamorada del arte y no morir en el intento, siendo una forma de conservar una actitud artística frente a las cosas, una conducta que pueda “cuidarte siempre ante la derrota, hasta el final”, como canta Él Mato.

Hay una luz que nunca se va. 

“Además de escuchar la música y que la banda me guste, me gusta juntarme con el artista y compartir una birra, un vino, un mate, un café… compartir un momento y hablar. Sentir la conexión humana que tenemos”  
Estanislao López, productor, integrante de Casa del Puente discos.

Se trata de un sentimiento familiar que va mudando de piel, expresado en el flower power y en el punk, en el grunge y ahora en esta apuesta sincrética que llamamos indie. Esta mueca epigenética heredada tiene una ética autoral que le atraviesa como expresión tardía de un trauma presente en el rock del Río de la Plata, porque la dirección siempre fue más importante que la velocidad. La hoja de ruta conecta con la actitud que la subcultura del rock pos-dictadura tuvo al valerse de la música como válvula de escape para miles de jóvenes que blandían la libertad como bandera. Esta nueva ola del indie rock itera en un sentimiento similar pero con otro ambiente, ya que muchas de las bandas y sellos autogestionados se fortalecieron tras varios meses de encierro en contexto de pandemia COVID-19, creando la que quizá sea la ramificación cultural más íntima que esa cuarentena dejó en varias ciudades de ambos márgenes de ese nervio llamado Río Uruguay. En la autogestión se reconocen para combatir la idea de un arte frío y lejano que no permite la conexión emotiva que buscan.

El paso del tiempo maneja de forma magistral la ironía e hizo que otro punto incandescente de esta corriente conecte con una fantasmática tragedia de la música porteña; la tragedia de Cromañón. Aquel trágico incendio de fines de 2004 en el cual casi 200 jóvenes murieron fue una bisagra para la organización de eventos musicales en la Capital argentina. Después de Cromañón los controles y exigencias gubernamentales obligaron al cierre de decenas de lugares donde tocar y las bandas comenzaron a gestionar espacios alternativos. Ese compromiso de los músicos con el lugar donde se ofrece el evento es parte activa de la nueva movida indie rioplatense. En sus recitales pueden verse desde escenas dignas de una rave a momentos donde las fronteras entre escritura, fotografía, artes gráficas y la producción del evento están diluidas y amalgamadas. A nadie se le cae un anillo por dar una mano con equipos ya que, como explica Estanislao López, productor y manager de varias de las más destacadas bandas del movimiento, en conversación, “si no conectás a un nivel humano, artístico y musical yo creo que es un poco difícil trabajar. No es que viene una banda cualquiera, la grabo y listo. No funciona de esa manera”.

La energía arrasadora que se vive en los recitales celebra vivir el momento creando una lógica en la cual el acto de compartir sonido, recinto y actitud con otros es un premio ampuloso y rutilante, casi una consagración del vínculo entre pares, una puesta en valor del carácter corporal de habitar el lugar, vivir lo indie. “Se fue dando de una manera muy natural, es una nueva escena muy orgánica. Queda mucho por hacer y por crecer pero todas estas bandas van creciendo juntas y se mantiene ese cariño entre unas y otras”, detalla López. En los recitales los mismo te cruzás adultos que buscan estar lejos del agite como filas de seres andróginos que enrollan cigarrillos de marihuana, arrodillados uno al lado del otro frente a un barra para tratar de tener mejor motricidad. La imagen parece litúrgica, como de quien se pone en cuclillas frente a un púlpito, perfectamente podría ser interpretada como parte de un ritual pagano de evasión sensorial, un estado alterado de la inocencia. Siempre hay un par de parejas devorándose contra una pared mientras la música inunda cada rincón con una sensación de que el caos es una puesta en escena programada. El ambiente por momentos puede ser un tanto claustrofóbico, no puedo asegurar realmente que todos quienes están ahí la estén pasando bien pero sí puedo asegurar que todos están viviendo una experiencia trascendente. Son varios los fanáticos/músicos que terminan surfeando sobre la gente enardecida, otros practican danzas afrodisíacas y también están quienes filman en Super 8 con cámaras de comienzos de siglo. Es común ver a la gente del público terminar con una guitarra en la mano improvisando ruido encima de su canción favorita. Todo esto convive con la sencillez propia de unos niños que juegan en un parque sin saber sus nombres pero compartiendo el mismo impulso lúdico, el ritual secular de celebrar que estamos y somos. Que aparezca el movimiento tiene un correlato dentro del cual el arte es el centro y se rodea de un clima festivo, casi como si memento mori, la vieja alocución latina que nos recuerda que todo es pasajero, fuese la consigna. Ninguno de quienes forma parte del ritual piensa que será eterno, todo es hoy y hay que atesorarlo. “Si no conectás con esa persona a nivel humano se pierde el sentido”, explica Estanislao López, que hace de quinto Beatle para varias de las bandas de la movida. El año pasado llevó el festival itinerante Nuevo Día, el evento más representativo del movimiento, a Uruguay. “La pandemia y la cuarentena nos afectaron a todos - reconoce López, quien además integra el fermental sello Casa del Puente Discos - y de alguna manera fueron lo que agitó el avispero para agitar ese primer tiro. Como cuando comienza algo a moverse, que empieza con un punto en el aire hasta que alguien dispara”.

Gritar 

La conexión internacional entre bandas de distintos sellos pero con una misma actitud frente a su arte nació naturalmente, como si hubiesen gravitado entre sí hasta colisionar. Siempre se llega a las cosas que se tiene que llegar pero el problema no es cuándo sino cómo, y una buena forma de sintonizar es hacerlo a través de una doctrina colaborativo-artística basada en entablar relaciones como si estuviésemos armando un rompecabezas en el que falta una pieza, lo cual no evita que podamos disfrutar de la experiencia de hacer calzar todas las demás. Los festivales musicales suelen ser endógenos y retroalimentarse sin demasiada reverberación, fomentando crecimientos desparejos en las bandas que los integran, pero este no es el caso. Acá quienes van a un festival se quedan a ver a todas las bandas. Este movimiento indie pos-pandémico se gestó en ambos márgenes del Río de la Plata y no termina de tener un centro definido… en Uruguay lo mismo tocan en Montevideo que en Tacuarembó, cuentan con medios de difusión comprometidos (radios y streamings on line, además de cuentas en redes sociales) con la causa y tiene un marcado protagonismo femenino.

Estas bandas y sus públicos se unen cual congregación, creando una comunión orgánica que hace 2 o 3 años contaba con unas 100 personas en cada recital y hoy pisa las 1.000 por evento en Uruguay. Se puede decir que se consagró en el país cuando en 2023 se celebró la mencionada primer edición oriental del Nuevo Día, que va mutando de ciudad desde hace varios años y por primera vez desembarcó de este lado del Río con entradas agotadas en Tazu Bar e Inmigrantes.

Durante ese festival, Uruguay conoció la energía de bandas argentinas como Mujer Cebra, Buenos Vampiros o El Club Audiovisual, a las cuales acompañó con sendos recitales de Flor Sakeo y Neamwave, entre otros de los nombres que suenan en esta ola y que poco tiempo después tocaron en Bs. As. por primera vez.
No se trata de un matadero, el crecimiento es acompasado, sincero y escalonado. Los Buenos Vampiros volvieron durante este año para terminar revisitando una bienvenida versión de la estomacal Gritar junto a los Hangwire. Estos últimos son una rara avis en la música nacional, un fenómeno de post-punk anglófono montevideano con un sólo disco y miles de oyentes a nivel mundial en redes sociales, que recientemente participó en un festival internacional del género, celebrado en Portugal.
Sobre la base de una misma actitud ante la composición artística ambos márgenes del Río se unieron con estas bandas, conservando la autogestión como imperativo y último resguardo ante la indolencia de los reflectores, que suelen distraerse. La miel nunca fue poesía, el arte es enterrar las manos en un enjambre del que no todos quieren participar. El proceso es lento, se contrapone a la ansiedad cotidiana en la que todo el tiempo se busca participar de los resultados sin saber si realmente se está preparado para valorar el camino recorrido. Por eso lo que sucede en este movimiento merece que le prestemos atención, porque articula tres o cuatro generaciones de arte que se desenvuelve en la inevitable renovación de lo que suena en los barrios. ¿De qué otro movimiento artístico actual y autóctono se puede decir esto? Estos pibes son atrevidos, si no les dan lugar, van y lo crean. Son rabiosos sobre el escenario y cálidos debajo de él, pero además experimentan detrás de bambalinas. Producen su espacio y lo gestionan de acuerdo a los códigos de su fraternidad, la nueva ola indie alternativa del Río de la Plata. Este enlace entre un arte autónomo que pugna por la cercanía y la sociedad hace varios años no sucedía en el rock rioplatense y ahora lo podemos disfrutar. 

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