Dapedotita nunca para
Esto no es una rabieta de un intelectualoide fan de borges que se pelea con lo popular de amargo que es nomás. Esto es una rabieta de un intelectualoide que tiene las pelotas por el piso de que resulta que, una vez más, todo se vende, todo se compra, todo se alquila, todo viene con una promoción, una suscripción o la posibilidad de agrandar el combo por unos pesos más. Incluso el fútbol.
O peor; especialmente el fútbol
Porque si hubo una pasión que las clases populares tomaron como propia, una lengua franca capaz de sobrevivir a gobiernos, crisis económicas y modas culturales, fue ésta. El juego que creció entre fábricas, puertos y barrios obreros de la Inglaterra de la revolución industrial. el deporte que en Sudamérica conocimos porque llegaban los obreros de los ferrocarriles e iban exportando su cultura. El juego que necesitaba apenas una pelota y dos arcos improvisados, quién no los hizo con piedras o chancletas, para existir.
El fútbol ha muerto, proclamo por enésima vez. Es que hubo un tiempo en que el fútbol era un territorio imperfecto. No porque fuera puro -nada popular lo es- sino porque todavía conservaba zonas de indeterminación. El barro, una tarde para el olvido, una tribuna re violenta, el miedo y el cansancio, el arquero hablándole al tirador antes de un penal. Elementos imposibles de estandarizar, foráneos a las reglas del juego pero que intervenían en el resultado. El fútbol era ese deporte donde lo que no estaba en el reglamento formaba parte del reglamento. Así fue como se inventaron las tarjetas amarillas y rojas, por poner apenas un ejemplo. Introducidas por la FIFA a finales de los años sesenta (y debutando en el Mundial de México 1970) como una solución visual para comunicar sanciones de forma universal, inspirándose en los semáforos. Hasta entonces, el fútbol funcionaba gestionando los conflictos mediante advertencias verbales y decisiones mucho más sujetas a la interpretación directa. Su aparición marcó uno de los primeros pasos hacia la estandarización moderna del juego, una puesta a punto de una serie de reglas más difusas y barriales, aunque todavía estaba muy lejos del nivel de regulación, control y fragmentación que caracteriza al fútbol contemporáneo.
El caos es tan poderoso como para resistir en forma de errores, partidos que se desordenan, silencios incómodos, todo aquello que no encaja del todo en la maquinaria comercial.
El problema nunca fue la modernización, sino que estamos en una época que sólo reconoce valor en aquello que puede circular sin obstáculos. Una época que observa cualquier límite, aspereza, interrupción no monetizable, como una anomalía a corregir.
Hay una paradoja bastante amarga en esa obsesión por optimizarlo todo, porque están vaciando aquello que convirtió al fútbol en un fenómeno universal. El chiste del deporte no era la perfección sino precisamente la posibilidad de subvertir el sistema con alguna metáfora deportiva, la chance de que algo imprevisible ocurriera, de que el equipo espantoso le gane al más preparado.
La pelota ya no se detiene en los charcos de barro. Quizás el problema no sea que el fútbol haya cambiado, porque todo cambia, sino la dirección de ese cambio: la sustitución de lo imprevisible por lo administrado, de la experiencia por el producto, del juego por su explotación permanente. En nombre de la eficiencia se limaron las asperezas, se domesticó el caos y se convirtió cada pausa, cada gesto y cada emoción en una oportunidad de negocio. Pero hay algo que todavía se resiste. Sobrevive en los errores, en los partidos que se rompen, en las jugadas que nadie había previsto. Sobrevive en ese resto irreductible que ninguna campaña publicitaria puede fabricar. Porque, al final, lo que hizo grande al fútbol nunca fue su perfección, sino la posibilidad de que algo escapara al control.
El fútbol después del fútbol
Hoy vemos la administración minuciosa de la interrupción. Las llamadas “pausas de hidratación” aparecen como un gesto humanitario, una concesión técnica a las exigencias fisiológicas de un espectáculo que le paró el corazón a varios atletas, literal. Pero funcionan también como síntoma porque cada corte introduce una lógica ajena al juego; la necesidad de segmentar, ordenar, empaquetar y volver comercializable cada instante de atención disponible. El partido ya no debe fluir sino que debe ser gestionado.
El fútbol siempre fue, entre otras cosas, una batalla psicológica. El equipo que encontraba una grieta emocional en el rival podía ampliar una ventaja invisible. El jugador agotado debía convivir con su agotamiento. El entrenador no disponía de un botón de pausa para reordenar el tablero y en cuestión de minutos se le podía escapar un juego. La continuidad y el vértigo eran parte de la competencia. La transformación no se limita al reglamento. Se ha modificado la atmósfera misma del deporte. Los futbolistas, convertidos en activos comunicacionales, habitan una maquinaria que exige rendimiento, disponibilidad y exposición permanente. Son trabajadores sin derecho a huelga en una industria sin chimeneas que monetiza incluso sus estados anímicos. Cuadros de ansiedad, depresiones, agotamientos extremos o carreras destruidas antes de tiempo son moneda corriente en la trituradora de carne, que no produce solamente contenido sino también desgaste humano.
Resulta difícil no recordar que, durante los meses más extraños de la pandemia, cuando ciudades enteras se detenían y millones de personas quedaban confinadas, una de las actividades cuya continuidad se consideró estratégica fue precisamente el fútbol. El pan y circo nunca dejó de girar, y es difícil no pensar en esa referencia. Cambiaron los protocolos y escenarios, desapareció el público pero el dispositivo debía seguir funcionando. Había demasiado en juego para detener la cinta transportadora de emociones administradas.
Esa evolución muchas veces es vista como una profesionalización pero profesionalizar no debería significar neutralizar todo aquello que escapa a la lógica del mercado. Hay una colonización de la experiencia realizada por criterios de optimización. Como si cualquier aspecto de la realidad que no pudiera medirse, venderse o convertirse en dato fuese un error de diseño.
Resulta difícil no recordar que, durante los meses más extraños de la pandemia, cuando ciudades enteras se detenían y millones de personas quedaban confinadas, una de las actividades cuya continuidad se consideró estratégica fue precisamente el fútbol. El pan y circo nunca dejó de girar, y es difícil no pensar en esa referencia. Cambiaron los protocolos y escenarios, desapareció el público pero el dispositivo debía seguir funcionando. Había demasiado en juego para detener la cinta transportadora de emociones administradas.
Esa evolución muchas veces es vista como una profesionalización pero profesionalizar no debería significar neutralizar todo aquello que escapa a la lógica del mercado. Hay una colonización de la experiencia realizada por criterios de optimización. Como si cualquier aspecto de la realidad que no pudiera medirse, venderse o convertirse en dato fuese un error de diseño.
La domesticación del caos
El fútbol era un deporte en el que un partido podía definirse con una pelota que se frenaba en el barro y no cruzaba la línea de gol. Ese deporte aceptaba la interferencia de la realidad, el cansancio, el clima, el estado del campo y los vaivenes psicológicos, que no eran problemas a corregir sino parte del juego. La contingencia no era una falla del sistema: era el sistema en sí. Justamente una de las gracias del fútbol era la indeterminación de todas sus variables. Jugar un partido de fútbol en un quirófano aséptico y con aire acondicionado no es una opción viable. Sin embargo hoy todo parece orientado a eliminar la fricción: la cancha es un billar, la pelota tiene microchips, hay más cámaras que en un Gran Hermano, los tiempos están optimizados y las conductas monitorizadas... si hasta les controlan qué palabra usan a los jugadores. Declaraciones entrenadas, gestos calibrados y una rebeldía que viene empaquetada en formatos aptos para patrocinadores.
Los bufones de la corte siguen corriendo detrás de la pelota, pero cada año disponen de menos margen para la improvisación. Los publicistas están destruyendo un deporte en el que la épica popular se transformó en un modelo de negocio donde lo espontáneo sobrevive apenas como decorado.El caos es tan poderoso como para resistir en forma de errores, partidos que se desordenan, silencios incómodos, todo aquello que no encaja del todo en la maquinaria comercial.
El problema nunca fue la modernización, sino que estamos en una época que sólo reconoce valor en aquello que puede circular sin obstáculos. Una época que observa cualquier límite, aspereza, interrupción no monetizable, como una anomalía a corregir.
Hay una paradoja bastante amarga en esa obsesión por optimizarlo todo, porque están vaciando aquello que convirtió al fútbol en un fenómeno universal. El chiste del deporte no era la perfección sino precisamente la posibilidad de subvertir el sistema con alguna metáfora deportiva, la chance de que algo imprevisible ocurriera, de que el equipo espantoso le gane al más preparado.
La pelota ya no se detiene en los charcos de barro. Quizás el problema no sea que el fútbol haya cambiado, porque todo cambia, sino la dirección de ese cambio: la sustitución de lo imprevisible por lo administrado, de la experiencia por el producto, del juego por su explotación permanente. En nombre de la eficiencia se limaron las asperezas, se domesticó el caos y se convirtió cada pausa, cada gesto y cada emoción en una oportunidad de negocio. Pero hay algo que todavía se resiste. Sobrevive en los errores, en los partidos que se rompen, en las jugadas que nadie había previsto. Sobrevive en ese resto irreductible que ninguna campaña publicitaria puede fabricar. Porque, al final, lo que hizo grande al fútbol nunca fue su perfección, sino la posibilidad de que algo escapara al control.






Comentarios