14.9.16

El reencuentro de lo no perdido


La foto pertenece a la fotogalería al aire libre ubicada en Pq Rodó, muestra que en este caso incluía fotos montevideanas de los años 80. El tipo a la izquierda del pictograma digital es un señor que se reía mientras contemplaba la imagen, sonreía francamente y con los ojos inyectados en lágrimas, contagiosamente encerrado en un delirio o un recuerdo, si no son la misma cosa.
Después de un rato contemplando la situación opté preguntarle por qué se reía mientras estaba en ese mute con la foto y el tipo me explicó que él estaba en la imagen (lo marqué para que puedan verlo). Entre las cosas que me explicó se detallaron particularidades de ese recital en el cual la foto fue tomada, el tipo también, con todo el lagrimón piantado, me contó que quien estaba a su lado era su amigo, que ya falleció. Está foto la tomé con el teléfono mientras me hacía el ocupado, cuando ya había dejado de hablar con el tipo. Él no quiso dejarse fotografiar, yo le robé esta foto... y me encantaría que algún día el círculo se vuelva a cerrar dentro de otro círculo, y este tipo vuelva a verse en una foto de la que desconoce su existencia mientras se ve viendo otra foto de la desconocía su existencia. Eso no es menor, él no sabía de la existencia de la fotografía que lo emocionó, para él ver la fotografía fue resucitar algo que no estaba muerto por el simple hecho de que casi no había existido. Algo congelado por ese proceso de evolución violenta que es el crecer. Es un dato curioso, pongamos en lugar la situación, qué sentiríamos si de pronto y sin más, un día como cualquier otro, de casualidad, caminando por ahí, vemos una foto que desconocemos en la cual nos reconocemos. Ni mencionar el golpe bajísimo de un amigo que la vida, la ciudad o el guionista macabro nos ha quitado, extirpado de nuestro día a día agónico y reverberante. Yendo incluso más allá de aquello de “él ha muerto y el va a morir” de Roland Barthes (que sería un merodeo netamente teórico sobre fotografía y representación), descubrir algo que no sabíamos perdido es superior a encontrar un tesoro, es reencontrarse con algo que no dejaste de tener, porque nunca lo tuviste. En la contemplación extática y empática que Carlos (invento su nombre) hizo de esa imagen suya en otra piel se expone un pedazo de nuestro cerebro que nos explica un mecanismo / proceso dual de identificación (ese soy yo) y enajenación (ser ajeno: ese era yo / eso ya no es yo), tibies emotiva accionada en un filamento del switch de una memory card que va descongelando esa barra de hielo que tenemos en la frente y que a veces, de tanto en tanto apenas, se derrite y genera al llanto, que muere y nace para morir y nacer, hasta que el orgullo macho nos hace secarlo y poner cara de bancario agotado, de un día más en la perra vida.

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