14.7.17

El fantasma de Artigas

El fantasma de Artigas. Su alma en tanto esencia como escisión de lo que decimos que habrá sido. José Gervasio Artigas fue el caudillo que vivió entre 1764 y 1850 pero también es la construcción que a partir de 1868 se hizo para consolidar un concepto de "nacionalidad" en vísperas de un País en plena formación. Escuela mediante, por parte de José Pedro Varela, se dio forma al cuerpo de esa construcción histórica, que difiere del cuerpo físico del Prócer. Es un cuerpo metafísico, sin lugar ni piel definidos, y reside eventualmente en la investidura de quien ocupe el máximo cargo de poder en la República: su Presidencia. Este traspaso figurado de atribuciones no es consciente sino tácito, las máximas atribuidas José Gervasio constituyen entonces una regla moral con la que constantemente se medirá a los mandatarios de turno, el "artiguismo" es, como construcción, la delegación de poder moral que se hace sobre la autoridad política o todo liderazgo.
Pero es una delegación hecha en torno a una figura edulcorada, no tanto sobre Artigas (de quien ni siquiera hay consenso para retratarlo fidedignamente... apenas su "nariz aguileña" tantas veces comentada) sino sobre el personaje instruido en torno a su figura, su representación.
El alma de ese Artigas figurado por la reforma vareliana, su esencia y características más íntimas, reside en la figura de quien sea el gobernante. Esta proyección en la que delegamos poder y caudillismo es aceptada como la naturaleza misma de una representación política cuando dista mucho de serlo, es un juego de cajas dentro del cual hacemos una construcción de principios morales encastrada dentro de una construcción de poder-control. Nos sometemos al influjo de un cuento unificador, una historia en la que la mayoría de los personajes está muy definida, sin matices ni dudas, y resulta "Bueno" o "Malo" en la película nacionalista. Sabemos que la realidad conoce de matices, que está años luz de ser lo que leemos en los cuentos donde los personajes son armados para ser previsibles y fácilmente aceptados.
Hace poco leía que entre los llamados "33 orientales" había paraguayos, argentinos y un negro de lo que hoy es Mozambique (a todas luces un esclavo, o cuati menos un sirviente que hacía las tareas más engorrosas...). También me enteraba de que uno de los "33" (que no eran 33, no se sabe con exactitud cuántos eran... 33 es un número alegórico vinculado a la masonería), Avelino Miranda, murió en un "confuso episodio" tras tratar de violar una mujer y ser ajusticiado por el hermano de ésta... no parecería ser el comportamiento de un Prócer pero es una necedad juzgar a los habitantes del S XIX con las normas de conducta del S XXI. Seguramente con el mismo asombro que hoy leemos eso dentro de 200 años se leerá que nuestros actuales políticos se roban hasta el jabón de cortesía del avión en el que van con su comitiva a París a negociar quién sabe qué y sacarse fotos, a sacarse fotos sobre todo. Además del incidente de Miranda es bueno comentar que la mayoría de los "33" héroes termiaron adjudicándose a sí mismos (o reclamando) pensiones del Estado por su condición de libertadores... el mundo es mundo desde siempre, y los hombres hacen "revoluciones" para luego votarse pensiones y ser ninis que viven del Estado, lo hacen hoy y lo hacían hace más de 100 años. 
El punto es que somos gobernados por una serie de cuentos de hadas en algunos casos dudosamente documentados y en otros tendenciosamente relatados. Como uruguayos sólo podemos limitarnos a lo que conocemos y aquello de lo que formamos parte, pero los cuentos identatarios nacionalistas son inherentes a toda Sociedad. La nacionalidad no es otra cosa sino todos conocer la misma canción, los mismos colores en el mismo orden y el mismo escudo. Conocer las mismas artes. Meter eso con fórceps lo más adentro posible, para luego asegurar obediencia debida a la construcción "nación", "ser uruguayo". 
Yo no soy uruguayo, soy otra cosa que no se sabe bien qué es. Que la ley me diga y etiquete como quiera, yo no soy eso. Tampoco me jacto de no serlo, simplemente me chupa un huevo, es un tema sin interés. Tampoco me siento orgulloso de haber nacido en tal o cual lugar, nacer en un lugar u otro es un accidente, algo que no elegimos, y como dijo George Carlin el orgullo es algo debería ser ganado y no atribuido por lo casual.  

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