5.12.17

Sigur Rós 26/11/2017


Entre acústico y ruido blanco se mueve una perfecta armonía de acordes difusos. El silencio en el público resulta sepulcral, si uno cierra los ojos puede pensarse en completa soledad, la gente apenas atestigua el hecho, audita eso que sucede ahí arriba. Pude ver personas que tenían miedo de moverse, bailar, seguir el ritmo, cabecear… todo parece prohibido.

Adoptados por un trío energético, adiposos riffs sin comienzo ni fin fluyeron hasta que a través de una apnea se sofocaron en el sonido de micrófonos hipersensibles, fácilmente corrompibles. Una madeja de luces tozudamente elaborada durante una hora de armado de escenario acompasó la calidez dolorosa en la voz de Jónsi Birgisson. “Es como un ángel cantando”, dijo una chica que tenía al lado, pero semejante cursilería no puede describir algo tan complejo, más bien parece una bestia herida enfurecida, tan débil como imponente. Y la mezcla de jeringoso con islandés hace que quienes estamos ahí nos veamos virtualmente imposibilitados de entender una sola palabra de lo que está cantando (ni si realmente se trata de un idioma), aún así algo te contagia. Cada cuatro canciones Jónsi se tomaba la cabeza con ambas manos durante unos segundos, como tratando de ubicar el sonido adentro, o de simplemente detener la jaqueca producida por algo tan intenso. Sigur Rós usa el bajo como un artefacto capaz de medir el tiempo, la batería se ubica lateralmente en el escenario de forma tal que Orri Páll Dýrason, el baterista, a menudo improvisa sobre la melodía mientras observa a Birgisson convulsionando con su guitarra, tocada casi siempre mediante el uso de un arco de cello. Los teclados y sintetizadores parecen hechos de piel misma, empotrados en la música a horcajadas, enterrados en la irracionalidad que opera desde el sonido.

El impacto de cada grave llegaba hasta la carótida, asfixiante y líquida la música te sumergía en un océano de vibraciones dentro del cual tu forma no está definida, te confundía con el ritmo febril de la reverberación. ¿cuándo se inventaron tantos sonidos? Hacen ruido cosas hasta ahora mudas, gritan seres desmaterializados desde una siniestra resonancia. Sórdido y enamorado, el eco voltea la mentirosa melodía y le impide accionar, niega la posibilidad de pensar, por momentos hay paroxismos de pura distorsión. El impacto de una banda para muchos exótica fue tan profundo que augura un seguro regreso a estas latitudes.

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