Manual de instrucciones para sobrevivir al cinismo
Boom Boom Kid no construyó una carrera. Construyó una geografía.
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Y es que Carlos "Nekro" Rodríguez se movía en sótanos, clubes, centros culturales y galpones con la misma convicción de siempre: la música es su vía de encuentro, la amistad su ideología y la ternura una forma de resistencia ante un mundo plagado de mentiras y gente cruel.
La tribu de los que llegaron por distintos caminos
Resulta
difícil describir al público de Boom Boom Kid porque, en realidad, nunca fue un
público sino una comunidad. En un recital suyo pueden convivir un veterano que
descubrió a Fun People en los noventa con un adolescente que llegó por Spotify
la semana pasada. Lo mismo te chocás con skaters, punks (o ex punks devenidos
en oficinistas), veganos, dibujantes, tatuadores, padres que ahora llevan a sus
hijos y personas que jamás se sintieron cómodas dentro de ninguna tribu urbana.
Ninguno se parece demasiado al otro, pero todos parecen compartir una misma
sensación: la de haber encontrado un lugar donde ciertas reglas habituales
dejan de funcionar.
Muchos llegaron buscando hardcore y se quedaron por algo más difícil de definir. Otros atraídos por la velocidad de las canciones, y terminan encontrando una ética. Algunos aparecieron por casualidad y descubrieron una forma distinta de entender la relación entre artista y público. Por eso los recitales de Boom Boom Kid suelen parecer menos conciertos que reuniones familiares organizadas por gente que no comparte lazos de sangre.
La voz imposible
Gran
parte del atractivo de la banda reside en el carisma de Nekro. Dentro del rock
argentino existen grandes cantantes, compositores y performers; Carlos
Rodríguez ocupa una categoría inclasificable, un raro cuya voz parece desafiar
cualquier descripción razonable y se comunica con sus fans sin demasiadas
vueltas. Sun voz puede sonar infantil y furiosa al mismo tiempo, frágil y
desafiante, dulce y agresiva. Hay momentos donde parece el grito desesperado de
un adolescente encerrado en su habitación y otros donde se percibe la serenidad
de alguien que lleva décadas cantando. Esa contradicción atraviesa toda su
obra. Además, está lleno de fans de la banda que conservan las cartas que se
intercambiaron con él cual papiro egipcio, con la veneración que sólo alguien
auténtico puede inspirar.
Mientras
gran parte del punk construyó su identidad alrededor del cinismo, Boom Boom Kid
eligió defender algo mucho más arriesgado: la sensibilidad. Donde otros
levantaban murallas, él insistía en hablar de amistad, empatía, afecto,
animales, libertad y cuidado mutuo. No como consignas abstractas sino como
prácticas cotidianas y consecuentes con su forma de vincularse con su público.
La famosa definición de Fun People como "hardcore gay antifascista" funcionó en su momento como una declaración de principios y una provocación dirigida a los sectores más reaccionarios de la escena. Pero detrás del slogan había algo más profundo, la convicción de que la música podía ser un espacio de inclusión cuando casi nadie utilizaba todavía esa palabra. Aquella postura, que entonces parecía excéntrica, terminó anticipando discusiones culturales que llegarían décadas después.
Una patria llamada
Uruguay
Pocas bandas argentinas construyeron una relación tan constante con Uruguay como Boom Boom Kid. Desde los tiempos de Fun People hasta la actualidad, los cruces del Río son una costumbre. Y es que Montevideo ha sido una parada frecuente desde esas épocas. Las fechas realizadas en Live Era durante septiembre de 2025 volvieron a demostrar la continuidad de un vínculo construido a lo largo de décadas entre la banda y su público uruguayo. La respuesta condensa la energía física del hardcore conviviendo con una sensación de cercanía poco común, y quizás no sea casualidad. Existe algo en la sensibilidad de Boom Boom Kid que siempre pareció dialogar bien con cierta tradición cultural uruguaya. Esa mezcla de melancolía, independencia, obstinación y resistencia silenciosa hacía que, mientras otras bandas desembarcan como visitantes, Nekro estaba en el patio de su casa. No sorprende que siga recorriendo el país, incluyendo giras por ciudades del interior como Colonia, Minas, Maldonado o, en breve, Neptunia.
El último romántico del hardcore
Escuchar
hoy a Boom Boom Kid produce una sensación extraña. Muchas de las bandas nacidas
en la misma época terminaron convertidas en piezas de museo o en máquinas de
nostalgia, mientras ellos habitan otro ambiente. Sus canciones siguen
conservando una urgencia genuina porque nunca dependieron del contexto que las
vio nacer. Es bastante probable que, en el fondo, el proyecto siempre haya
hablado de algo más elemental:
No
del punk.
Ni
del hardcore.
Ni
de una escena.
Sino
de la posibilidad de atravesar la brutalidad cotidiana sin volverse un monstruo.
Y en tiempos donde la ironía parece haber reemplazado a la esperanza, donde el
chamuyo se lleva puesta la dignidad y donde la traición aparece como la
respuesta vincular más probable, una banda como Boom Boom Kid nos recuerda que
pensar cómo vivimos y vivir como pensamos es una idea mucho más revolucionaria
de lo que parece. Porque si algo demostró ese tal Carlos Rodríguez durante más
de treinta años es que la vulnerabilidad también puede ser una forma de
insurrección, y que, a veces, el gesto más punk de todos consiste simplemente
en seguir creyendo en las personas.







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