8.1.12

Me abusé

Llegaron a la caja del local que luce cartel de “abierto 24 horas”, eran cerca de la una de la mañana. Uno de ellos usaba un pelo cortado prolijamente que contrastaba con una sola rasta, pequeña y mugrienta, ubicada a la altura de su nuca. El otro era más bien un nene de mamá, se lo veía nervioso y entretenido. Exploraban el envase de cerveza en sus manos con exótica pericia, como si tratara de algo nuevo, de una nueva etapa educativa en sus vidas. Seguramente se imaginaban dentro de uno de esos comerciales de TV en los que todo es fiesta, descerebramiento y mujeres por algún motivo semidesnudas.

sra que podría ser abuela de los púberes

Llegaron hasta la caja con un semblante alegre y despreocupado, a carcajadas y comentando cosas sobre la baja temperatura de la cerveza que iban a comprar. La alegría de este par de imberbes fue inversamente proporcional a la cara de orto que tenía la cajera mal dormida del lugar, una perla cotidiana de total contraste emocional. Una mujer de unos 50 años, con un amarillo estridente en su cabeza y una lentitud propia de quien está purgando una pena más de quien está trabajando. El infato-juvenil par de risas bulliciosas colocó la cerveza sobre el mostrador del lugar y se dispuso a abonar la bebida espirituosa. La mujer amarilla los miró de manera fría y penetrante y a quemarropa espetó:

- Cédula.

Creo que los chicos (de unos 16, 17 años supongo) lo tomaron como una broma al comienzo, es más, si me apuran creo que todo en la vida de esos chicos es una broma. Se movieron de lado a lado sobre sus pies como péndulos oscilando entre quién sabe qué cosas, se codearon y risotearon casi como Beavis and Butt-head lo harían.

- Pah... no la tengo acá – dijo el que tenía la rasta en la cabeza.
- Uh... la dejé en la mochila... afuera. La voy a buscar...
sugirió su comadre y amagó con salir a buscar la cédula, como si tuviese a una principiante delante suyo y no a una cajera mal teñida sin dormir y con ganas de ser un estorbo para la noche de dos jovencitos hippie pantene descerebrados.

- ¿preciso cédula para comparar una cerveza? preguntó con aires de subversión el de la rasta y creo que fue una pregunta retórica, y creo que es el tipo de pregunta que la cajera esperaba. Dicha cajera, casi haciendo un stand up a esa altura, no respondió la pregunta, se comportó como un policía lo haría, dando la orden que le interesaba dar.

- Cédula – repitió la policía  mujer cajera.


A todo esto, su amigo, el que dijo que iba a ir afuera a buscar la mochila y nunca lo hizo, comenzó a mirar a todos en el súpermercado, luego con su mirada increpó a su amigo como pidiéndole que haga algo para lograr la obtención de la cerveza. Ambos giraron y me miraron justo a mí, que era el siguiente cliente en la cola. El niño con la rasta en la cabeza fue tan iluso como para extender su mano con un billete y decirme:

- ¿me pagás la cerveza? – ay, por dios, qué pocas cosas les han pasado en la vida. A veces tengo ganas de ser tan tonto y blandito.
- ¿qué me das a cambio? –
le dije al jovencito, todo esto descaradamente y frente a la cajera.
- Un trago –
respondió su amigo, con su mejor intento
- Jkl$%fes#laf!&am"p;idf)&ö
(onomatopeya de mi risa a carcajadas) respuesta equivocada, permitime que voy a pagar lo que compré – dije.

Ambos niños se miraron y mascullaron algunas cosas, supongo que me acusaron de algo... luego se fueron pero no sin antes decir “qué mala onda que hay acá, loco”. Lo que siguió fueron risas generalizadas, es que realmente daban esa mezcla de pena y gracia.


Hecho real novelado perteneciente a la novela que algún día terminaré llamada “Todavía no sé qué hacer con todo esto”
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