Sobre la decadencia moral de Europa y el porvenir de las naciones industriales

Europa, fatigada de sí misma, camina hacia el porvenir con paso de sonámbulo. Las luces del progreso —esas lámparas que el siglo alza como si en ellas ardiera la redención del hombre— ciegan más que iluminan. Se habla con altivez de ferrocarriles, telégrafos y máquinas de vapor, como si en la multiplicación de los artefactos residiese el alma del mundo. Mas yo digo: el hombre europeo, que conquistó los mares y planifica los cielos del entendimiento, ha comenzado a extraviarse en las ciénagas de su propio artificio.

El oro y la máquina, esos nuevos dioses de hierro y humo, han reemplazado al Espíritu. El burgués moderno —engordado de intereses y estadísticas— se cree dueño del porvenir, cuando apenas es su siervo. Los pueblos se mueven no ya por ideales sino por mercados; los ejércitos no marchan por la gloria, sino por el precio del carbón. Y los jóvenes, embriagados de promesas científicas, olvidan que el progreso material no eleva al alma, sino que la adormece con el opio de la comodidad.

Veo venir un siglo veinte que será convulso, mecánico y sanguinario. Las naciones, henchidas de industria y orgullo, se arrojarán unas contra otras como fieras metálicas; el hombre creerá haber dominado la naturaleza, y la naturaleza se vengará con fuego y gas. Surgirán guerras sin honor, fábricas que producirán no pan sino muerte, y ciudades tan vastas que el individuo será una cifra anónima entre millones.

Mas también presiento que, tras el estrépito de la locura moderna, brotará una sed de espíritu más honda que nunca. Cuando Europa haya probado la náusea de su propio progreso, cuando sus torres de humo se derrumben sobre sus templos vacíos, entonces quizá —sólo quizá— el hombre vuelva a buscar la verdad no en las ruedas del vapor, sino en el misterio del alma.

Hasta entonces, que cada quien mire hacia el horizonte y oiga el rumor que viene: no es el futuro glorioso que prometen los periódicos de la industria, sino el galope de una nueva barbarie, nacida en el corazón mismo de la civilización.

Tramancio de Poledo
Madrid, año del Señor de 1879.

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