¡Queremos necios!

Qué peligroso el político que reconoce sus errores. Es peligrosísimo, te hace creer que por reconocerlos los cambiará. O ni eso, te hace sentir que por reconocerlos no volverá a cometerlos. ¡JA! Si habrá que tener cuidado.

Me asusta menos el extremista, quien generalmente está lejos del poder. Un ser que cumple a rajatabla con el teorema de Baglini, cuanto más se acerca al sillón más moderado se va tornando. Gente que promete mucho es porque sabe que no tendrá oportunidad de cumplir nada.

El dialogista, el racional, el autocrítico, ese es una bomba H. El mal no es el Sr Burns con una capa y un tridente pinchando a un jubilado en la cola del BPS, el mal es un tipo que se hace el dolobu, sonríe, te palmea la espalda y hasta te da consejos.

El mal es especialista en “dialogar”, porque una vez terminado el “diálogo” (que no fue un diálogo, fue una impostación que él te hizo creer para que vos sientas que alguien te prestó atención...) el resultado no va tener variaciones.

Mosquita muerta, santito, jamás pensó nada malo, quiere conciliar a todos, es fresco y renovador, ¡che pero qué linda energía tiene! es un hippie volando en LSD en pleno Woodstock, suele ser un candidato que la pelea y está ahí, a unas cuadras de casa de Gobierno.

El cínico cabeza de tacho que no te reconoce nada es ante todo un tipo que se está cavando su propia tumba, porque tarde o temprano la impunidad aturde y el poder tiembla, y cuando perdés un gajo de poder el resto se va sólo, porque eras sólo eso: Poder

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