Especially for Hurlingham

El tren avanzaba como si no tuviera apuro, sacudiendo las ventanillas sucias contra un cielo de Hurlingham que empezaba a nublarse prometiendo un diluvio. Sentado solo maticando un chicle rancio, mirando sin mirar, con los auriculares puestos más por costumbre que por entusiasmo, picando playlists en una app y mutando alguna idea volátil de las últimas lecturas que lo atravesaron. En algún momento, un chasquido apenas audible lo sacó de su letargo: de pronto la canción cambió de forma. El equilibrio de cómo sonaba la música se modificó completamente. Las voces se volvieron fantasmas lejanos, los coros quedaron flotando bien al frente, susurrando a mi oído con claridad, no había bajista y la batería sonaba como desde un sótano húmedo. Justo sonó Especially for Michigan, la canción de los Red Hot que tiene unos solos de guitarra de Omar Rodríguez, totalmente enfermizos patinando durante todo el track. Sonaba como si le hubiesen metido la guitarra dentro de su cráneo. Lo extraño fue que en esa rareza empezó a escuchar cosas nuevas, detalles escondidos: un rasgueo torpe de guitarra, un respiro en falso, durante otra canción apareció una risa perdida en el estudio de grabación.

Se quedó quieto, escuchando esa música deformada, como quien descubre una carta vieja en la que alguien escribió algo íntimo sin pensar que otro lo leería. Y se dio cuenta de que lo que lo conmovía no era la belleza, sino la grieta. La imperfección revelaba algo más verdadero que la canción pulida de antes. Al mismo tiempo su cabeza pensaba "estos auriculares están rotos", porque sabía que tenía que estar oyendo algo más. Lo que sonaba era removedor, maravilloso, mesmerizante, pero estaba mal, era el producto de algo roto. Asimismo, esas canciones (nuevas en tanto distintas a lo que conocía) ahora se presentaban como versiones que sólo podrían ser reproducidas por ese par de auriculares en puntual. De hecho, si trataba de romper otros auriculares como para lograr ese efecto no podría hacerlo, no sabría cómo. No tenía claro si estaba roto el cable, el auri en sí, el plus que hace masa o algo en su conexión.

El inspector pasó pidiendo boletos, una mujer estornudó con rabia, un adolescente discutía por teléfono a dos asientos de distancia. La vida seguía con su ruido torpe y contradictorio, igual que esa mezcla rota en sus oídos.

Se bajó en la estación equivocada sin darse cuenta y dejando los auriculares tirados, porque ya no sirven más, ya no cumplen su función completamente. Y
a estaba lloviznando y las gotas tapizabas los cristales cansados de los vagones cuando una afortunada se topó con esos auriculares mágicos que reproducen caprichosamente lo que se les antoja de una canción, escondiendo el resto, susurrando palabras que no sabías que estaban en una canción que creíste que te fanatizaba. Tal vez ella entendería el valor de un objeto que se volvió único por sus defectos. El valor de un humano que sabe romperse y no dejar todo atrás. Y ahí, entre las baldosas desparejas y el olor a gasoil llegando a su casa, pensará que tal vez no estaba tan mal escuchar el mundo desde lo roto.

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