Una pequeña reseña sobre Julio Cortázar

Cortázar atacando
Julio Cortázar es belga, en realidad. De ascendencia argentina y con ǝןqɐʇɹodosuı acento francés que no eligió tener, compuso una de las obras más rompedoras de la literatura sudamericana, a medio camino entre surrealismo y realismo mágico.
Una de las primeras personas en publicarlo fue Jorge Luis Borges. Cortázar le dejó un texto en persona y a Jorge Luis lo maravilló tanto que lo publicó en su revista sin avisarle. Se puede decir que hay una versión inglesa de esto, cuando George Harrison recomendó a los Rolling Stones dándolos a conocer. 
De Rayuela voy a reseñar pocas cosas, porque Facebook se encargó de destruir el libro convirtiéndolo en un manojo de frases cursis usadas como estados de cuenta y haciéndole muy poca gala a semejante obra, que hoy parece un bien de consumo masivo cuando fue en origen otra cosa

¿qué importancia tuvo Rayuela? 

Ontológica, cambió un paradigma de lectura, es un libro 2.0, con feedback, con interacción. Los capítulos podés ordenarlos como quieras, no tienen un sentido cronológico, digamos. El lector crea su obra, en un metalibro.
  • Tenés un orden sugerido por Cortázar: caps 73, 1, 2, 112 y todo así. 
  • Tenés un orden lineal, un cap atrás de otro. 
  • Y tenés un orden creado por el lector, ordenando los caps como quiera. El lector es asumido como parte de la obra.
Los capítulos son tan dispersos que uno a veces no entiende mucho. Tenés el 7, súper poético. O tenés el 68, incomprensible. Por momentos la lectura se coagula en la incomprensión, usada por Cortázar como por ningún otro, un cocoliche de español, inglés y francés entrevera al lector. Montón de referencias a músicos generan una sensación de lejanía entre quien lee y quien escribe, pero siempre sospeché que era un recurso más de su pluma. Su obra lo excede largamente. Renunció a su nacionalidad argentina a modo de protesta simbólico contra la dictadura. Se fue a Nicaragua y su carrera se politizó, adquiriendo tanto compromiso como recursos literarios perdía.
Sin embargo, cada tanto alguien vuelve a abrir Rayuela. No para buscar una frase para Instagram ni para entender el amor, sino para recordar que la literatura puede ser otra cosa. Cortázar no escribía novelas: diseñaba artefactos. Algunos funcionan mejor que otros. Hay cuentos perfectos, experimentos fallidos, personajes inolvidables y páginas que envejecieron peor que un yogur olvidado en la heladera. Pero incluso cuando fracasa, fracasa hacia adelante. Pocos escritores se animaron a romper tantas reglas al mismo tiempo y salir relativamente ilesos. Quizás por eso sigue ahí, atravesando generaciones. No porque tenga respuestas, sino porque convirtió la duda en un método. Porque entendió que la realidad está apenas barnizada y que debajo siempre hay otra cosa moviéndose. Un cronopio, una autopista infinita, un axolotl observándonos desde el otro lado del vidrio. O simplemente un lector tratando de encontrar el capítulo siguiente sin saber muy bien por dónde seguir.

Comentarios

También podés leer